Maestros entre dunas.

Que bonita la vida
Que da todo de golpe
Y luego te lo quita
Te hace sentir culpable
A veces cuenta contigo
A veces ni te mira
Que bonita la vida.

Que bonita la vida -Dani Martín-

Ya llega, ya está aquí, casi puedo sentirlo. Si en un futuro me preguntan, diré haberlo dicho y con orgullo, me han dado clases en los Campamentos de Refugiados Saharauis, maestros que no eran maestros. Y afirmaré haberlo dicho mil veces porque ya saben que soy muy aficionada a contar cómo era aquel lugar y cómo fueron aquellos años ¡ay esos años!.

Ha pasado tanto tiempo y tantas cosas que no sabría por dónde empezar. Te sorprenderías al conocer algunas, otras te entristecerían y con las de más allá reirías a carcajadas, seguro. Como me hubiera gustado tener cuadernos, una pizarra digital, ir al gimnasio o por lo mismo salir al patio y que sea una especie de parque en mi mismo colegio. Algo hubiera cambiado, seguro.

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En ocasiones se me hace imposible escribir sobre esa época, y tengo que hacer una especie de ejercicio emocional para contener las lágrimas. Pero rápidamente, mi cara dibuja una tímida sonrisa de satisfacción, me doy cuenta de todas las cosas que han cambiado desde entonces. De cómo habíamos cambiado en estos años. Todo igual, pero a la vez diferente, ya sabes. Todo cambia.

Bueno, a lo que iba,  tengo unas ganas terribles de volver a ese paraíso que tanta vida dio en el lugar más inhóspito del planeta, y perder la noción del tiempo y del espacio, tengo ganas de la noche de las mil estrellas – toda una tradición, os comento –, tengo ganas de ratos jugando, y esas mañanas que bien temprano los rallos de sol cada vez se adelantan más. Tengo ganas de contaros lo que está por venir. Tengo ganas de pies descalzos, melhfas de colores. De bailes, de reencuentros, de infinitos saludos. Tengo ganas de paseos al atardecer y cus-cus para comer.

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También, tengo ganas de risas infinitas y juegos improvisados. De hablar, de explicar. Tengo ganas de lo mejor. De sonrisas cómplices y gestos que delatan. Tengo ganas de llegar con el reloj puesto y aprender a vivir sin él por unos días. Tengo ganas de desconexión, de perder la clave del wifi de manera intencionada, de no saber si es lunes o sábado porque lo que realmente importa es si hoy comemos en casa o nos quedamos donde la vecina. Tengo ganas de disfrutar ese silencio, mientras todos duermen, con calma y siempre pensando lo mismo, ¡que injusto es el mundo, pero sobre todo, que injusto con ellos!

Tengo ganas de hacer algo por ellos (y por mucho que haga, sé que nunca es suficiente), de disfrutar de ese noble arte que sólo los saharauis saben transmitir, de dejarme llevar y contemplar el atardecer mientras me resisto a entrar en la jaima. No hay duda de que es el mejor momento del día, por eso no entiendo a la gente que se va justo en ese instante, creo que se pierden lo bueno de verdad. Tengo ganas de disfrutar como siempre y vivir como nunca. Tengo ganas de celebrar lo que sea, sin motivo o con todos de golpe. Porque cualquier momento es bueno para compartir con ellos.

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Tengo ganas de seguir sumando proyectos, ilusiones y, si es posible, multiplicando. De seguir planeando. De seguir siendo. En definitiva, de seguir soñando. Porque a fin de cuentas es lo que le da el punto interesante a todo esto. Por todos estos motivos – y algunos más –doy por iniciado al proyecto MAESTROS ENTRE DUNAS, sí a eso, que con tanto recelo por otra parte he mirado en tantas ocasiones. Ganas mil, y motivación a tropecientos, pero sobre todo ilusión.

Jóvenes, comprometidos, y con tanto por dar, desde aquí GRACIAS, y por supuesto; me quito el sombrero, seréis buenos maestros de eso -no tengo duda-, pero personas como vosotros ojalá más, porque mejor, lo dudo.

Pd: Os hablaba del proyecto de las ganas que tienen, pero no de quienes son; son jóvenes universitarios “Entre dunas” que van a ir a los Campamentos de Refugiados Saharauis a llevar material a las diferentes escuelas, pero sobre todo; trabajar, enseñar y motivar. De nuevo, como Saharaui, GRACIAS, sois grandes!!!

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: Denis Morín

 

 

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Yo voy, quiero que vayas…

No se puede tumbar a quien nunca se rinde.

Quiso el destino que este año el 14 de noviembre cayera en martes, día de la semana en el que, si no recuerdo mal se cumplirían 42 años del famoso acuerdo de Madrid. Nada que celebrar. También quiso el destino, o llámenlo como prefieran, que aquel año, hace hoy cuatro décadas, se considerase hoy, el día más negro de la historia de España.

Pongámonos en situación: la firma en Madrid no es más que el acuerdo por el que el último gobierno Franquista decidió la entrega del Sáhara Occidental a Marruecos y a Mauritania, una de las páginas más negras de la política exterior de un régimen agonizante, como el dictador que lo encarnaba. Con la firma del Acuerdo Tripartito, España no solo dejaba de cumplir su papel histórico de facilitar la Autodeterminación de un territorio no Autónomo bajo su administración, culminación lógica de cualquier labor colonizadora, sino que aviesamente ponía a un pequeño pueblo —el “noble pueblo saharaui”, así calificado por las más altas instancias del régimen— en manos de unos países vecinos decididos a anular su identidad y a anexionarse el territorio por la fuerza.

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Además, los acuerdos de Madrid constaban de una declaración de principios tripartita que serviría para instrumentar la entrega del territorio a Marruecos y a Mauritania, y de unos acuerdos-marco en materia de pesca y de cooperación económico-industrial. Estos últimos constituían en teoría la contrapartida por la entrega del territorio, pero se convertirían en puro papel mojado por falta de desarrollo. Cuatro décadas después y los Saharauis siguen divididos por el muro más grande del mundo; “Muro de la Vergüenza”.

Si me permitís; os confesaré que en muchas ocasiones; siento rabia, frustración y un enfado profundo al sentir que este mundo sigue sumido en un caos y un sinsentido que sólo nos reporta dolor y angustia. Que no todo vale y que basta ya de sufrimiento gratuito. Hagamos de una vez que se nos escuche, que se tomen medidas, que inicien las negociaciones que hagan falta, pero que se inicien ya. Por que como decía mi amigo Mohamed Ali de tan sólo 22 años “El día menos esperado, iremos a la guerra, y si ganamos recuperamos nuestra tierra, y si perdemos hablarán de nosotros” Insisto, de tan sólo 22 años.

Ahora, os preguntareis ¿el porqué de todo esto? Muy sencillo; mientras un sábado cualquiera muchos nos reuniríamos con amigos en torno a una pantalla de televisión para disfrutar del fútbol y la buena compañía, otros, a cientos de kilómetros, llevan cuatro décadas en el absoluto abandono. Sin embargo, familiares de esos mismos, viven bajo la ocupación marroquí (violaciones, secuestros, asesinatos, etc.) día sí y día también. Por eso; os invito desde aquí a participar en la manifestación estatal el próximo sábado 11 de noviembre. ¡No se queden en casa!

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Y hasta aquí mi reflexión de un domingo cualquiera. La historia de un pueblo que quiere ser libre. El trago amargo que hace que más adelante saborees las cosas de otra manera. La hoja llena de tachones y frases inconexas que nunca debieron ver la luz.

Al final, no es más que la necesidad de todo ser humano de querer que pasen cosas, a toda velocidad, sin darnos cuenta que, en la mayoría de las ocasiones, las cosas pasan cuando tienen que pasar, no cuando nosotros deseamos.

Pero no me tomen demasiado en serio. Ya saben que me encanta hablar de cosas bonitas pero, de vez en cuando, me entra mi vena intensa y necesito darle a la tecla sin mucho orden ni control. No era más que eso. Una tarde de reflexión, de pensamientos entrelazados. Nada que no pueda arreglarse. Nada que no esté arreglado hoy. Recompuesto. Con solución. Con planes. De esos muchos. Nada que unas risas y un paseo con la mejor compañía no pueda solucionar. Eso que dice que lo mejor, siempre, está por venir.

YO VOY, Y ¿TÚ?

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: Denis Morín López

 

 

 

Empieza tu viaje al Sáhara.

Los viajes se disfrutan tres veces: cuando los soñamos,

cuando los vivimos

y cuando los recordamos.

Diciembre, es el mes en el que todo empieza sin necesidad de que nada acabe, lo solemos recibir recordando el año, haciendo balances, y con muchas ganas de que llegue la Navidad, cuando lo cierto es que entre ambas fechas se suceden muchos días que, sencillamente, nos pueden cambiar la vida.

Y por eso, antes de llegar a este mes tan señalado, yo te digo, ve en diciembre, ve al Sahara… Ve al lugar que seguramente no conoces, o quizás incluso más que yo, por eso, ve. Estate el tiempo que quieras, necesites y por supuesto puedas, unos días, dos semanas, retoma esa vida a la que seguramente pondrás punto y seguido y que te está esperando para que completes una página que aún te puede cambiar para bien, créeme. Y es que, por si no te habías dado cuenta, te tengo un poco de envidia, un poco bastante.

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Yo te aseguro que, la primera impresión al visitar los Campamentos de Refugiados Saharauis será la de una profunda sorpresa. Pero sobre todo admiración. Porque cuesta creer que sus habitantes hayan podido sobrevivir allí cuatro décadas. En medio de un desierto estéril, donde unos pocos rebaños de cabras tienen que competir por los casi inexistentes residuos en las bolsas de basura y donde los camellos dibujan sus famélicas siluetas en el horizonte.

Pero como a todas las primeras apariencias, le faltan los matices que cargan de sentido la vida diaria de los saharauis, repartidos entre jaimas y casas de ladrillos de barro. Las mujeres y hombres saharauis han sido capaces de construir pilares básicos de un Estado en medio de la nada: colegios, hospitales, pozos, electricidad… Infraestructuras mínimas, precarias, pero que permiten habitar uno de los territorios más inhóspitos del mundo. No me digas que no es dingo de admirar.

 

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Yo, te aconsejo que te tomes tiempo – el que necesites- de apreciar todo, y cada una de las cosas que veas. Tómate tu tiempo para observar sin prisa, disfrutar de un atardecer diferente, de reír con ganas. Y por supuesto de llorar si lo necesitas. Prepárate, que lo suyo es sentarse a charlar contigo durante horas, y con otros que ni si quiera conocen. Tómate tu tiempo para mirarlos a los ojos, nunca antes un silencio significó tanto como las arrugas que dibujan los ancianos saharauis en sus rostros. Disfruta y mucho del camino que recorres en sus peculiares todoterreno, saca el brazo de la ventanilla, y que mantén contacto esa brisa especial del desierto, mientras intentas colocarte el turbante.

Descálzate cada vez que entres en una jama, y siéntate con las piernas cruzadas cada vez que estén tomando un té. Ni se te ocurra, olvidarte de pisar la arena descalz@, aquella arena atrapa. Quizás sea ese momento de desconexión cuando realmente te des cuenta que el lugar, no es más que la gente que lo habita.

Tómate tu tiempo para gozar de un rato con la familia, con los amigos que por allí pasan a saludarte, sin distracciones y a poder ser -sin estrés-. De jugar con los niños, y de romper tus propios esquemas. Haz, (y sin tapujos) lo que aquí no haces nunca, experimenta, déjate llevar. Y sabes ¿qué? “Merece la pena quien te la quita” y por eso, tomémonos el tiempo de ser curados por estos mismos y de hacer lo posible por curar también a quienes podamos. Tomémonos el tiempo de hacer de ese lugar un lugar mejor.

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Y, por eso, ve, conócelos, y sírvelos de altavoz. Empápate hasta arriba de lo difícil que sobrevivir en medio de la nada. Valora y mucho cómo viven el día a día, que no es nada fácil, te lo aseguro. Porque antes de lo que te imaginas, estas de nuevo en tu rutina, rascándole horas al día para sobrellevar la resaca post-campamentos. Ya me contaras qué tal lo llevas, porque no es nada fácil, créeme.

Elige el idioma que quieres hablar, piensa en la canción que te apetece bailar, la voz que  te gustaría escuchar y el sueño que deseas alcanzar. Este viaje, me suena tan bien… ¿Y a ti, a qué te suena?

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: Kevin Grant

Mi infancia.

16 añitos fiera
me creía el rey del mundo
con mi lema por bandera
lo que digan yo no escucho

No había nadie que pudiera lograr
que cambiara un poco el rumbo
con mi idea la primera
y que no agobiaran mucho.

16 añitos -Dani Martín-

Hace unos días, una amiga, me propuso escribir sobre mi infancia. Me pareció un tema bonito del que, además, pocas ocasiones había hablado o escrito y, en cuanto vi el momento oportuno me puse a ello. Debo admitir que me pareció más complicado de lo que pensaba. Por todo lo que supone, sobre todo en lo emocional.

“Hay cosas que no se cuentan y mueren en los corazones“. Esa frase que en algún momento leí, viene al hilo de esta maraña de ideas y pensamientos que a una le da por poner en forma de palabras en medio de un cuadro de calor y como el que estamos atravesando esta semana. (En serio, estas temperaturas, estos cambios de la noche a la mañana pueden conmigo). Dicho esto, yo estoy aquí para sincerarme (igual que aquel que hablaba de su libro), así que vayamos a lo interesante, más que nada porque yo no quiero que mueran esas cosas, no al menos en mi corazón.

¿Tuviste una infancia feliz? Me preguntó mi amiga la que me proponía este post, y a decir verdad nunca me ha gustado esta pregunta y siempre que me la hacen, o la leo por ahí, siento algún tipo de rechazo a continuar leyendo. Pero, si soy sincera, diré que es la primera cuestión que me vino a la cabeza cuando empecé a elaborar la entrada en mi mente.

¡Pues claro que sí! ¡La infancia siempre es sinónimo de felicidad! Por lo menos así debería ser… y así lo creo. Aunque debo reconocer que la mía al igual que todos los niños saharauis ha sido marcada un poco por las condiciones en las que nos hemos visto envueltas, eso a lo que algunos llaman madurez prematura. Un poco de ese estilo.

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Pero, bien, vamos al lío que me enrollo y no sé ni por dónde empezar. Mi infancia fue tremendamente feliz pero, en realidad, lo que tengo son recuerdos de momentos puntuales que, probablemente, son los que han marcado mis días, mi conducta y hasta parte de mi personalidad desde entonces hasta hoy. ¿Quieren saber cuáles son? Ahí van:

Recuerdo; que los días eran súper cortos, según amanecía mi madre se apresuraba a peinarnos a mis hermanas y a mí mientras mi padre preparaba el té y en ocasiones acompañado de un poco de pan y aceite. Aquel momento era un ritual, al que también su sumaban mis tíos, un encuentro que significaba poco más que ponerse al día pero sobre todo comentar algunas de las noticias que habían oído en la radio la noche anterior.

Mis mañanas se reducían a una jornada bastante sencilla; ir a clase (siempre corriendo, porque la puntualidad nunca ha sido lo mío, aunque ahora sea todo lo contrario). Deseaba con emoción la llegada del recreo, era ese momento en el que todos salíamos de clase a empujones para empezar a jugar; “la rayuela”, “a la una anda la mula”, “las canicas” entre otros, ocupaban nuestra jornadas lúdica. ¡Qué rápido se me pasaba aquella media hora!

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Recuerdo, que por la noche me quedaba dormida antes de cenar sobre aquellas alfombras de mi luminosa jaima y que me taparan a las tantas. O por lo mismo quedarme dormida en casa de mi abuela y que me llevaran a mi casa. No puedo hablaros de recuerdos de mi infancia, sin hacer una pequeña mención a la cantidad de libros que me tenía que forrar mi madre, y no era un forro normal, sino trocitos de cartones pegados o cosidos a los libros. Me fascinaba aquella técnica, que curiosa era, y cuánto tiempo duraban.

El tiempo nunca acompañaba, aunque a decir verdad, y seré yo la rara pero me gusta el frío, pero sobre todo, me gusta el invierno seco saharaui. Esa impresión al entrar en la jaima en busca del calor y dejar atrás el frío del exterior, esa sensación reconfortante en la cara. Los ojos vidriosos y los labios agrietados. Me gusta el sonido de las gallinas altas horas de la mañana, que daban comienzo a la jornada. Pero creo que no entendería un invierno en los campamentos sin el aroma que desprende el incienso mientras se consume, me encanta observarlo. Es una sensación única.

Recuerdo ser una niña feliz, más bien tranquila, de carita redonda, morena y pelo un poco lacio. Ojos abiertos, despierta, atenta. De gesto serio por naturaleza, pero con la sonrisa dispuesta en cualquier momento. Algo tímida, aunque ahora quienes me conocen lo niegan rotundamente. Delgaducha. Bajita por genética. Estoy segura que esa niña no se diferencia demasiado de lo que soy hoy en día. Esa niña que se sigue emocionando cada vez que cuenta un poco más de su escondida infancia, hoy (a petición de mi amiga) me he emocionado al volver a recordar aquellos pequeños momentos que nunca he querido que mueran, y no en mi corazón. Y sí, reconozco que en mi infancia, fui feliz.

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: Jalil Mohamed

La generación del exilio.

Que hable sin pensar las consecuencias,
Que digas tu verdad,
aunque lluevan piedras.

Que no pierdas esa fe
Que hoy es eterna,
Esa forma de no ser consciente de ella.

Pequeña gran revolución -Izal-

A lo largo de estas últimas décadas, ha brotado una nueva generación de jóvenes que, motivados por la aventura y el conocimiento (y ayudados un poco por las nuevas tecnologías), han levantado las anclas de sus tierras y se han lanzado a recorrer el mundo. Tal  ha sido su recorrido, que hoy en todos los rincones del mundo hay quien orgullosamente lo dice “soy Saharaui” cuando le preguntan de dónde es. Y que bonito suena, de veras.

Generalmente, son educados, críticos con todo lo que los rodea, han pasado por el muelle del sistema y no han quedado satisfechos con algunos de los principales pilares que lo sustentan. Por eso vuelan, queriendo o sin querer pero no hay quien los pare. Son inteligentes, respetuosos, han perdido el miedo a los cambios y han desvalorizado las posesiones materiales. Se trata de gente libre, independiente, que aprecia la compañía y también la soledad. En ocasiones les han llegado a bautizar incluso por gente hecha de otra pasta o todoterreno.

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Jóvenes que priorizan el tiempo frente al dinero, y que invierten todos sus recursos en busca de nuevas experiencias. Amables, predispuestos a compartir momentos con desconocidos y aprender cualquier actividad, sin restricciones de género ni prejuicios de clases. Les educaron para enfrentar las adversidades y crecieron a pasos de gigantes.

Son los miles de jóvenes, que nacieron en el lugar equivocado. En  el rincón más inhóspito del planeta, mamaron de la sed de rabia de aquellas mujeres que levantaron el Campo de Refugiado donde habitan tras cuatro largad décadas. Nómadas por naturaleza, son la generación del exilio.

Estos revolucionarios, porque lo son, admiran la naturaleza porque en sus genes tienen ese don beduino, y saben que el bienestar siempre se halla cercano a ella. Flexibles con los horarios, a veces incluso demasiado, y con los demás, defienden que nada ni nadie debe alterar su equilibrio emocional. Y mira que es difícil, pero ahí están como si nada.

Personajes estables, que no necesitan constantes halagos para motivarse, e inventan su propio destino en base a sus gustos y aspiraciones. Sin apegos, acostumbrados a las despedidas, y saben que los héroes fenomenalmente trascendentes existen, pero sólo en las películas. No idolatran, pero sí admiran.

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Conciben la temporalidad como un hilo que enlaza esfuerzos, descansos y pequeñas recompensas. No compiten con nadie, se alegran de los méritos ajenos, y tratan de mejorar sus aptitudes. Aprecian la pureza de los espacios naturales y se sienten atormentados cuando alguien quiere pasarles por encima sin que medie el respeto. Aman la justicia, la autonomía, y aborrecen la arbitrariedad. Son guerreros que luchan contra la desigualdad y, aunque no presumen de sus cualidades, el carisma que les regala la experiencia, hace resonar sus contundentes mensajes.

Esta generación nómada, que no lo ha tenido nada fácil, es una pequeña porción humana que rompe los esquemas. Constituyen una masa en auge, que no está dispuesta a vivir la dura vida que los suyos ya han vivido. La revolución está proclamada, y ellos son parte de los luchadores que cambiarán el rumbo de las futuras generaciones. Son el preludio, el prólogo del libro que aún está por escribirse, por que como decía Rubén Darío “para qué querré yo la vida, cuando no tenga juventud”.

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: Marcelo Scotti.

 

Acuérdate, y que no se te olvide.

La respuesta siempre será así
No hay alternativa
Si la hubiera no me gustaría
Mira la ciudad por la ventana
De la cafetería
Y me dice que sonría.

La mujer de verde – Izal-

Acuérdate de cada viaje alrededor del mundo, horas de vuelo, en barco, en coche, andando. La cantidad de maletas que has hecho y deshecho en cuestión de segundos. Acuérdate de cada recóndito lugar descubierto, cada imagen clavada en tu memoria, las nuevas amistades y la sensación de paz que uno encuentra al darse cuenta de que nadie vive las experiencias como tú las estás viviendo ahora mismo.

Acuérdate de cada uno de tus primeros pasos: los que te han hecho llegar donde estas. La primera vez que viniste a España, la colección de tus primeras fotos, aquellos carretes que revelabas con tanta ilusión. Acuérdate, y mucho de los primeros chapuzones en la piscina con aquellos manguitos que al principio te daban miedo y con el paso del tiempo se convirtieron en tus mejores aliados.

Acuérdate de las primeras caídas en bici. De tus familias, los que tienes allí y los que tienes aquí. De la familia que has escogido, tus amigos, aquellos que te eligen a ti antes que a los demás. Acuérdate de los que decidieron marcharse sin mirar atrás, ellos también dejaron su huella.

Acuérdate de aquellos que se fueron de esta vida, los que siguen tus pasos y cuidan de ti sin que tú te des cuenta. Y por supuesto, acuérdate de aquellos que siguen a tu lado, los que están por y para siempre, los que no tienen ningún “pero” detrás de frases como “estoy aquí, cuenta conmigo”. Pero sobre todo acuérdate, de aquello que te hizo ser quien eres hoy.

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Acuérdate de los pasos que vas dando, recuerda que lo importante es el camino y nunca la meta, como nos quieren hacer creer. Acuérdate de cada vez que te dijeron “no podrás” y tú sabías que sí, y lograste todo lo que te propusiste. Porque ya lo decía Paulo Coelho “sólo hay una cosa que hace que un sueño sea imposible de lograr: el miedo al fracaso”.

Acuérdate y mucho de la arena que dejaste atrás, del calor bajo ese sol esplendido, de la luz entrando por la ventana, de cada atardecer y cada madrugada, de cada paseo bajo la luna y las mil estrellas, y que te conste que no todos tienen la misma suerte de ser de donde tú eres. ¡Ah¡  y que no se me olvide recordarte que no se te olvide nunca, que uno es más del donde viene, que del dónde va.

Acuérdate de cada sonrisa robada, cada abrazo conseguido, cada lágrima derramada. Acuérdate (siempre, siempre) de tus padres, tus hermanos, tu familia. De su esfuerzo por ayudarte a cumplir tus sueños, por intentar que seas feliz. Pero sobre todo, acuérdate de que siendo feliz tu que lo sean ellos también.

“Un viaje de diez mil kilómetros empieza por un solo paso”

Benda Lehbib Lebsir

Fotografía: Víctor Jiménez

Volviendo a la rutina.

Ya dependo de no depender de na´, 
si supieses lo bonito que es a veces
acertar,
cuando aprendes que el paisaje
también tiene nubes grises
es el momento perfecto para empezar
a volar.

Esencial, Beret

Volver al lugar donde fuiste feliz. De donde nunca querrás irte. Donde nunca te dejarán marchar. Volver. Volver después de, meses o años, da igual cuando sea, pero siempre, volver.

Volver donde jamás nada volverá a ser lo mismo o puede que nada cambió demasiado. Volver y seguir siendo la misma, y que los demás sigan siendo los mismos. Como si nada hubiera pasado. Como si el tiempo se hubiera detenido con la única diferencia de que en eso no tienes razón, y por desgracia ha pasado y mucho. Aún así, vuelves.

Volver a tus raíces. Volver a tu pasado, si se puede llamar de ésta manera a un pequeño puñado de años acumulados sobre tu espalda.
Volver para recordar, para traer al presente el sabor del pasado. Momentos que no volverán para ti, pero que en otros se están produciendo justo de la misma forma. Porque, al final, nada cambia, todo vuelve, todo es, todo será. Y al fin y al cabo todo será cuando tenga que ser.
Volver siempre. Una y otra vez. Un año tras otro. No olvidar. Sí recordar. Pisar donde saltaste. Andar lo caminado. Y respirar aquello que siempre será tu mundo. Sólo tuyo. De nadie más. Así de simple, por eso vuelve, cuantas veces necesites, cuantas veces consideres. Pero sobre todo, vuelve.

Este verano, he vuelto a esos lugares tan mágicos, tan especiales y tan intensamente míos en los que soy capaz de abstraerme de prácticamente todo lo mundano y volar allá donde mi imaginación y mi mente deseen. Puedo hasta viajar en el tiempo…para que luego no lo quieran llamar magia, ¿En serio?

Por eso siempre vuelvo a ese desierto, a ese mar en calma, a ese rincón escondido que sólo algunos privilegiados conocemos, los que nos conocemos. Porque de pronto ves que, aunque pasen los años, los meses y los días, todo continúa sin apenas alterarse y que eres tú la que cambia, evoluciona, da vueltas, vive experiencias, se cae, se levanta, llora, ríe, espera y desespera…. Sólo tú, ¿te das cuenta de eso? Cambias mientras ese lugar permanece inerte, sin apenas moverse, esperando un nuevo regreso. Año tras año. Verano tras verano.

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Y, de repente, todo parece ir a otro ritmo, bajo de revoluciones, reduciendo la velocidad, de forma lenta, muy lenta. Y una vez más te ves allí, mientras aquel sol vuelve a aparecer como cada amanecer a la misma hora para ponerlos a prueba durante horas de esa forma tan extraña. Tan particular. Y como sobreviven de veras. Como todo…vuelve.

Miras a la gente a los ojos y son los mismas que los de ayer y, probablemente, serán los de mañana. Te saludan, y se van como si nada, como si un “hasta luego” se estirase tanto con la intención de volverte a ver, de que vuelvas, y así todos los días. Las mismas personas. La misma luz. La misma sensación de paz que respirabas hacía meses vuelves a sentirla hoy. Y así será siempre. Nada cambia, todo vuelve.

Porque, insisto, la única que cambias eres tú. Tus circunstancias. Tus vivencias… y tus experiencias. Y resulta que todo lo que necesitas es regresar a ese, a esos lugares que no cambian nunca para coger impulso, para respirar profundamente mientras cierras los ojos y te cargas de energía y buenos pensamientos, algo imprescindible para seguir adelante. Para evolucionar. Para convencer y convencerte de que todo, absolutamente todo pasará y eso que tanto ansías llegará cuando no lo esperes. Porque así ha sido siempre y no encuentras el motivo por el que ésta vez no vaya a funcionar del mismo modo.

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Y una vez más, estás volviendo a coger aire, impulso y pulso para afrontar los nuevos retos que te esperan en la siguiente hoja del calendario, los que sabes de antemano y los que la vida se encargará de ponerte en el camino.

Y vuelves de nuevo a reafirmarte en la idea de que ese es tu sitio favorito. Al que siempre sentirás la necesidad de volver cuando todo haya pasado, cuando no quede nada o cuando todo esté por hacer. Porque tú podrás moverte pero ese lugar siempre, siempre, te estará esperando. Por eso vuelve, te lo aconsejo yo, y te lo dirá el tiempo.

 

Benda Lehbib Lebsir.