Maestros entre dunas.

Que bonita la vida
Que da todo de golpe
Y luego te lo quita
Te hace sentir culpable
A veces cuenta contigo
A veces ni te mira
Que bonita la vida.

Que bonita la vida -Dani Martín-

Ya llega, ya está aquí, casi puedo sentirlo. Si en un futuro me preguntan, diré haberlo dicho y con orgullo, me han dado clases en los Campamentos de Refugiados Saharauis, maestros que no eran maestros. Y afirmaré haberlo dicho mil veces porque ya saben que soy muy aficionada a contar cómo era aquel lugar y cómo fueron aquellos años ¡ay esos años!.

Ha pasado tanto tiempo y tantas cosas que no sabría por dónde empezar. Te sorprenderías al conocer algunas, otras te entristecerían y con las de más allá reirías a carcajadas, seguro. Como me hubiera gustado tener cuadernos, una pizarra digital, ir al gimnasio o por lo mismo salir al patio y que sea una especie de parque en mi mismo colegio. Algo hubiera cambiado, seguro.

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En ocasiones se me hace imposible escribir sobre esa época, y tengo que hacer una especie de ejercicio emocional para contener las lágrimas. Pero rápidamente, mi cara dibuja una tímida sonrisa de satisfacción, me doy cuenta de todas las cosas que han cambiado desde entonces. De cómo habíamos cambiado en estos años. Todo igual, pero a la vez diferente, ya sabes. Todo cambia.

Bueno, a lo que iba,  tengo unas ganas terribles de volver a ese paraíso que tanta vida dio en el lugar más inhóspito del planeta, y perder la noción del tiempo y del espacio, tengo ganas de la noche de las mil estrellas – toda una tradición, os comento –, tengo ganas de ratos jugando, y esas mañanas que bien temprano los rallos de sol cada vez se adelantan más. Tengo ganas de contaros lo que está por venir. Tengo ganas de pies descalzos, melhfas de colores. De bailes, de reencuentros, de infinitos saludos. Tengo ganas de paseos al atardecer y cus-cus para comer.

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También, tengo ganas de risas infinitas y juegos improvisados. De hablar, de explicar. Tengo ganas de lo mejor. De sonrisas cómplices y gestos que delatan. Tengo ganas de llegar con el reloj puesto y aprender a vivir sin él por unos días. Tengo ganas de desconexión, de perder la clave del wifi de manera intencionada, de no saber si es lunes o sábado porque lo que realmente importa es si hoy comemos en casa o nos quedamos donde la vecina. Tengo ganas de disfrutar ese silencio, mientras todos duermen, con calma y siempre pensando lo mismo, ¡que injusto es el mundo, pero sobre todo, que injusto con ellos!

Tengo ganas de hacer algo por ellos (y por mucho que haga, sé que nunca es suficiente), de disfrutar de ese noble arte que sólo los saharauis saben transmitir, de dejarme llevar y contemplar el atardecer mientras me resisto a entrar en la jaima. No hay duda de que es el mejor momento del día, por eso no entiendo a la gente que se va justo en ese instante, creo que se pierden lo bueno de verdad. Tengo ganas de disfrutar como siempre y vivir como nunca. Tengo ganas de celebrar lo que sea, sin motivo o con todos de golpe. Porque cualquier momento es bueno para compartir con ellos.

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Tengo ganas de seguir sumando proyectos, ilusiones y, si es posible, multiplicando. De seguir planeando. De seguir siendo. En definitiva, de seguir soñando. Porque a fin de cuentas es lo que le da el punto interesante a todo esto. Por todos estos motivos – y algunos más –doy por iniciado al proyecto MAESTROS ENTRE DUNAS, sí a eso, que con tanto recelo por otra parte he mirado en tantas ocasiones. Ganas mil, y motivación a tropecientos, pero sobre todo ilusión.

Jóvenes, comprometidos, y con tanto por dar, desde aquí GRACIAS, y por supuesto; me quito el sombrero, seréis buenos maestros de eso -no tengo duda-, pero personas como vosotros ojalá más, porque mejor, lo dudo.

Pd: Os hablaba del proyecto de las ganas que tienen, pero no de quienes son; son jóvenes universitarios “Entre dunas” que van a ir a los Campamentos de Refugiados Saharauis a llevar material a las diferentes escuelas, pero sobre todo; trabajar, enseñar y motivar. De nuevo, como Saharaui, GRACIAS, sois grandes!!!

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: Denis Morín

 

 

El tiempo, vuela.

Más de dos meses han pasado desde la última vez que me asomé por aquí. Demasiado. “Hace mucho que no publicas en el blog” “¿Por qué no escribes?” “¿Cuándo vuelves?” Son algunas de las preguntas sin respuesta que me han hecho durante estas últimas semanas de retiro casi absoluto. Mentiría si dijese que yo tampoco me las he hecho en algún momento, puede que casi a diario. Pero es que ni yo sabía por dónde empezar, ni mi propia cabeza era capaz de ordenar tantas emociones, cambios, trabajo nuevo, conocer gente nueva, nuevos rincones, y sentimiento a flor de piel. Y por sino lo he dicho, estoy encantada. Ilusionada, mejor dicho: FELIZ.

Y aquí, empieza  “mi vuelta al cole”, un poco tarde, pero mas vale tarde, que nunca.

¿Cuál es tu mayor tesoro?

Ese “algo” al que tanta estima le tienes y que cuidas como oro en paño. Aquello que proteges y que rara vez compartes, si acaso con mucho celo y sólo con quien sabes que lo va a apreciar de verdad. Que no es cualquiera, no nos engañemos. Aquello sin lo cual nada sería lo mismo, ni siquiera tú mismo.

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Lo que te podría quitar no sólo el sueño, sino el aliento. Lo que te suma jovialidad y hasta algún tono de más en tus mejillas. Aquello por lo que perdemos la cabeza, aunque tratemos de negarlo. Lo que nos alegra cualquier mañana gris y aleja hasta el último de los nubarrones más negros. Lo que pone voz a silencios rotos y anima cuando lo demás se ha perdido. Lo que abraza cuando de lo que menos tengas ganas sea de eso, pero te abraza, y se queda.

Los habrá para quienes sea una persona en concreto. Una madre ejemplo de vida, puro ejemplo de superación; o un padre que ejerce las veces de héroe sin igual. Quizá se trate de un amigo especial, de esos con los que te une algo muy fuerte, incluso más que un vínculo de sangre. Por quien darías todo. O, por quienes eres, y quieres seguir siendo.

Los habrá para los que su mundo sea su trabajo. Su seña de identidad, su logro más logrado. Y puede que hasta no puedan ni imaginarse la vida más allá de su trabajo, cogiendo uno nuevo, empezando de cero. De cero o desde el tejado. Dejándolo todo o casi todo. Aquí o allá. Superando miedos y afrontando retos. Demostrando que pueden si quieren, que merecen.

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¿Y el tiempo, qué me dicen del tiempo?

Nada como abrir un viejo álbum de fotos, de esos que cogen polvo en alguna estantería y cuyo color empieza a amarillear. Ver aquellas imágenes que parecen de una vida pasada, hasta lejana y que hoy te producen risa y hasta vergüenza. ¿Y esas pintas? Comprobar que no hace tanto tiempo que se hicieron, o quizá sí. Pero si te paras un segundo a observarlas con detenimiento, es como si volvieras a posar para aquellas instantáneas. Yo soy muy dada a echar la vista atrás, y no perder aquellos recuerdos de infancia que seguro todos tenemos algunos un poco mas “heavys” que otros.

Nada como tener la ocasión de reencontrarte con la familia. Con todos aquellos a los que no sueles ver, a los que están más lejos, y a los que aunque estando cerca, la rutina los lleva por caminos distintos. Nada como verlos pasado un tiempo y observar los cambios, a veces para bien, y a veces no tanto. Reencuentros que llegan a encogerte el corazón, y dejarte en un “ay”, por sentir que el tiempo pasa. Y ahora, -que estoy un poquito más lejos- valoro un poco más si cabe a mis familias. Y, por supuesto, a mis amigos.

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Que el tiempo vuela.

Y no espera que le sigamos el ritmo. Ni se detiene por nada ni nadie. Avanza imparable, siempre al mismo paso, siempre hacia delante. Regalando oportunidades a quien las quiera coger. Recordando lo efímero que puede ser a quien lo quiera escuchar.

Escapándose de entre los dedos de quienes no lo saben cuidar.

De niños soñábamos con ser mayores, con crecer y comernos el mundo. Con ir a la universidad y tener el trabajo por el que cualquiera suspiraría, nos envidiaría, lo querría para sí. Soñábamos con viajar hasta los confines de la tierra y con ser el alma de cada fiesta a la que fuéramos.

En nuestros sueños  triunfábamos siempre, éramos libres y felices y a nada temíamos. No existían los problemas, para todo teníamos solución. El tiempo se congelaba, nadie se iba de nuestro lado y a nadie echábamos de menos.

Parece que fue ayer.

Y aunque nos decían y repetían que el tiempo, conforme te haces más mayor, más rápido se te pasa, no quisimos creerlo.

Y llegamos a la universidad, o no. Tuvimos nuestro primer trabajo. Incluso dos a la vez. Y detrás vinieron muchos otros, y puede que ninguno fuera el que habíamos soñado. Y tuvimos miedos, muchos, y con ellos tantas cosas que se quedaron en el camino. Como vuelos que no cogimos, personas a las que no nos atrevimos y fiestas en las que no bailamos.

Que todo pasa porque tiene que pasar, nos dijeron.

Que no es posible dar marcha atrás y retroceder en el tiempo. Que lo que alguna vez dijimos, alguien lo escuchó, y lo que no, aún estamos a tiempo de decirlo. Que aunque hay cosas que es mejor guardar para uno mismo, las hay que por sí solas no tienen sentido.

No perdamos más.

Vivamos. Al día y sin mirar la hora. Con personas que se quedarán el tiempo que quieran y el que se lo permitamos. Con personas que nos aporten, que nos creen valor. Y aprendamos de los que no. Hagamos que valga la pena.

Viajemos. Aceptando sin tanto miedo, arriesgando cuando sea el momento, que por serlo, puede ser cualquiera. No tomemos lo que no es nuestro, ni guardemos viejos rencores. No llevemos de más, sino lo esencial.

Bailemos. Con música y sin ella. Inventando acordes e improvisando los pasos sobre la marcha. Que si los finales son bonitos, los principios no lo son menos. Olvidando vergüenzas, indecisiones  y excusas que nos retengan.

Olvidemos que la vida pasa sin olvidarnos de vivirla.

Y que todo pasa.

Y que el tiempo vuela.

 

Benda Lehbib Lesbir.

Fotografías: Beatriz  Garrote.

El verano bajo los 50 grados.

Por favor no me empuje, me puedo caer; yo en mi nube estoy bien no me va a convencer, ya conozco unos cuantos que son como usted, que me ofrecen veneno cuando tengo sed.

Trozos de Cristal, Fito y Fitipaldis

Hace unos días afirmaba de una forma convincente y rotunda que soy de esas personas que les encanta el verano. Siempre he sido muy friolera y algo maniática también con esa estación llamada invierno que tan mal humorada me pone. Por eso, me gusta el bueno tiempo -lo justo-  y, sobre todo, el que te permite dormir, comer y no te hace sudar demasiado.

Resulta que este gusto tan…¿particular? me ha ido acompañando durante toda la vida de una forma u otra. Sí, no me vayan a malinterpretar pero, a veces, me sorprendo observando a la gente quejándose del frío, del calor, de la niebla y por supuesto de que terminan sus vacaciones, y me imagino sus gestos, sus movimientos espontáneos y naturales, sus palabras y hasta su forma de moverse. Todo esto habla mucho más de nosotros de lo que creemos.

He aprendido que, esto de quejarnos por todo, dibuja la personalidad de uno mismo, los que hablan sin palabras, los que ofrecen su optimismo previamente. Es ese el lenguaje no verbal tan determinante del que se llenan capítulos en las clases de psicología y en los libros de autoayuda.

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Gracias a esta ardua – e involuntaria – labor de observación que me ha llevado años, 25 para ser exactos, me he dado cuenta de que sería injusto y, hasta en cierta parte, egoísta quejarnos por el mero hecho de quejarnos. Sí porque sí, y ojo (que alguna vez me quejo). Me frustro. Me enfado conmigo misma, y es un poco fruto de la comodidad a la que me he acostumbrado que -afortunadamente- me han dado unas circunstancias u otras de la vida.
¿A quién no le ha pasado alguna vez eso de coger el móvil para consultar la hora o mandar un Whatsapp y acabar en el Facebook sin saber muy bien por qué? Las redes sociales pueden ser adictivas, ¡casi como un acto reflejo!. Eso sí,  hay cuentas en diferentes redes sociales, que me tienen irremediablemente enganchada, en las que me asomo siempre y me empapo de una realidad casi similar a la mía.
Una de ellas, de Carolina, Carol para los amigos (en los que me incluyo) es una mujer valiente, enorme para ser exacta, de esas que cuando te hablan te convencen a la primera. Enamorada del Sahara y por supuesto: de los saharauis, reivindica la causa con una elegancia asombrosa y lleva su melhfa de colores allá por donde vaya -con más estilo que yo-.
Sencilla, y la gusta demasiado “complicarse la vida” con los saharauis, (que no somos nada fáciles), por eso de vez en cuando viaja, y lo hace en verano bajo los 50 grados y aún sabiendo que en su casa saharaui, no tiene ni luz ni aire acondicionado. Pero, ella va y desde ahí diariamente nos cuenta a tod@s como es el día a día en los campamentos en esta estación tan particular.
Gracias a eso, este post hoy puede tener un sabor un poco más especial si cabe porque con el testimonio de Carol, yo me he ido a los campamentos, estando en Palencia.
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Allá voy:
Ah, el verano… Mi estación predilecta… De pequeña me encantaba porque eso significaba: vacaciones en paz, piscina, playa, etc. Y no tan pequeña, porque justo erala inversa: volvía a los campamentos e iba a visitar a mi familia tras un año sin vernos. Y sólo eso, hacía que los exámenes finales de junio fueran un poquito más llevaderos.
A lo largo de estos días, hemos ido viendo cómo aterrizaban los niños en diferentes puntos de España, como la labor de muchas horas de trabajo de las asociaciones veía su recompensa y cómo las familias en un intento fallido en muchísimos casos de no llorar al abrazarse con los niños. Nos arrancaba una lagrimilla a todos los ahí presentes.
También, hemos ido viendo (algunos más que otros) como los jóvenes estudiantes saharauis volvían a su casa tras un año intenso, y desde aquí mandar un beso tan grande como la distancia que me espera de ella: a mi madre. Por su paciencia, por esperar siempre que al otro lado del teléfono la diga voy tal día, por empujarme a hacer lo que quiero y por supuesto: por estar.
¿Y qué es un verano bajo los 50 grados?
De cuando el verano significa, levantarte pronto, con prisas; disfrutar de un té en familia, y a la misma hora que se desayuna se está preparando la comida porque el día promete.
Los saharauis, siempre piensan que el día más caluroso fue el qué pasó aunque el que venga mañana sea peor, es una forma un poco de amenizar su rutina. Y quizás también, eso justifica un poco como resisten a tanto calor y en las condiciones en las que están.
Lejos de las piscinas, playas, Terrazas, helados, ventiladores y aires acondicionados, en los campamentos su lucha va un poco más allá: comer, intentar dormir y sobre todo luchar por mover las placas solares, y regar las pitacas de agua para que conserven su temperatura.
De cuando en la misma habitación, debajo de unas ventanas pequeñitas casi a ras de arena duermen más de ocho personas, cuando moverte por ese espacio se convierte casi en una lucha titánica por intentar no despertar a nadie de los ahí presentes. Deporte no recomendado para los torpes como yo, que entre que voy dormida y que siempre termino pisando la melhfa y por ende cayéndome al suelo… aquello es un mundo.
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De cuando ir al servicio, se convierte en una lucha interna entre tú y tus necesidad por evitar salir “al infierno”
De cuando, refrescarte consiste en mojar un trocito de la melhfa evitando a toda costa que se secase al segundo.
De cuando dudas entre ir en coche, andando y si pudieras volar también sería una opción dudosa, por las altas temperaturas.
De cuando moverte se reduce a tres horas diarias porque el calor te acaba apagando hasta el estado de ánimo.
De cuando lo ultimo que te apetece es comer. Porque visualizas a quien está en la cocina bajo una temperatura infernal, y se te quitan automáticamente las ganas de comer.
De cuando tú pelea con las moscas se convierte en una batalla casi familiar, porque cada vez hay más, molestan y apenas te permiten pegar ojo. Por que no se vosotros, pero a mi me molestan demasiado cuando están por ahí “zarandeando”.
De cuando pagarías la vida por sacarlos de ahí, darlos una vida un poquito mejor y unas condiciones algo más humanas… de cuando vives eso, y encima no los oyes decir “ni mú”, lo de quejarte, queda en segundo plano.
“Así como una coma cambia una frase, una simple actitud cambia una historia.”
Benda Lehbib Lebsir
Fotografías: Jennifer Bernal Quintana

Amor del que aún, no hemos hablado.

Gracias por aguantar ese dolor
Por inventar ese sabor
Por hacerme siempre lo que quieres
Gracias por los consejos que me das
Por olvidarme si te vas
Por no quererme un poco más
Por esas cosas que no se pueden contar.

Gracias -Despistados-

“Tengo el concepto de la mujer, que tengo, gracias a mi madre”

En uno de esos caminos en tierras mallorquinas, oí esta ingeniosa e increíblemente cierta reflexión. Venía de una persona a la que quiero, admiro y por ende: respeto. De esa clase de personas que hablan poco pero con calidad. Que no le mueve el simple cotilleo sino el generar buen rollo. Y de los que carga de razón todas y cada una de sus palabras.

Siguiendo con la conversación, me detuve apenas unas segundos después. Ésta vez, era con la presencia de su madre. Ella, captaba mi atención. Una mujer, sabia, sencilla y que te habla con el corazón en la mano.

Despertó mi curiosidad su cercanía, sobre todo conmigo (que hasta entonces no me conocía de nada), me recordó un poco a mis madres, al más puro estilo modelo de madre entregada, luchadora y que desde el minuto uno, y contra todo pronóstico hizo de ese niño, un hombre.

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“Mi objetivo, era hacer un hombre de bien. Que llegase a la puerta de la universidad y que ahí eligiese su propio camino” reconocía entre orgullo, satisfacción, bajo la tímida mirada de ese hombre que se agachaba la cabeza por contener sus lágrimas de lo mismo; emoción, orgullo y durante unos segundos se respiró un ambiente cargado de amor, respeto… aquello era plato de gusto de quienes hemos vivido una historia similar, sencillez, en su estado puro.

Sus miradas se cruzaban, y para hacer más amena e incluso divertida la conversación tiraban de vez en cuando de alguna que otra anécdota, en su conjunto, era una bonita estampa, de las que te hacen pensar que hace mucho que no escuchas hablar con tanto amor incondicional, que esa historia no pudo ser sino es por el esfuerzo de esa valiente mujer. De eso, no tengo ni la menor duda.

Parecía haber pasado una eternidad, desde la última vez que me había parado a pensar en lo bonito que es querer incondicionalmente. Y a decir la verdad, ya ni recordaba la última vez que alguien me había hablado de ese amor de madre -que no parió, pero si crió-.

Pero sí, recuerdo la última vez que alguien me había hablado de lo agradecido que está con ella, y con ello había puesto mis emociones patas arriba. Siempre a la expectativa. De más y mejor. De cuando menos siempre es más. Porque, no se vosotros, pero yo siempre digo que no somos de donde nacemos, sino de allá donde empezamos a escribir nuestra historia. Desde el principio y sin saltarnos ningún capítulo. Con más o menos faltas de ortografía y muchos punto y seguido.

Es posibles que, con distintos colores y subrayando lo bueno que nos pasaba. Que era casi todo, o por lo menos mucho. Saliéndonos de la línea más de una vez y tachando a fondo como si nos fuera la vida en ello. Borrando a toda prisa lo que no nos convencía y repitiendo una y otra vez lo que sí.

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En este caso, no sé muy bien quién apostó más. Si él o ella. O todos en general o de quién fue la idea… O si fueron los dos los que llegaron a un acuerdo de prohibido rendirse. De continuar la marcha, al mismo ritmo, aunque a veces cueste.

Y así, se materializó la independencia personalizada.

Nunca le gustó hacer lo que “había que hacer”, preferió ser el mismo, bajo su cabezoneria, humildad e infinita generosidad de esconde un corazón blandito que odia las despedidas pero que es un verdadero fan de las sorpresas que te dejan con la boca abierta.

Dicen, que pertenecemos al lugar donde crecemos. En el que aprendemos de nosotros y de los demás, a base de tropezones, de golpes y de deslices. Y que también de nuestro arte. En el que conocemos nuestros primeros amigos y hasta a algún que otro enemigo. Donde empezamos a creer, a crear, a ser. Donde empiezan nuestros orígenes, nuestros proyectos y hasta la mayoría de nuestros miedos.

Que nada nos define más y mejor. Y por si fuera poco: La seva mare le dijo en su día “Quédate con nosotros, por si acaso” y aquí sigue.

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: Georgia Ninet

Hola, verano.

Soñé un verano que se hiciera eterno
Desde el momento en que vi tu mirada
Me derretiste con esa mirada
Pero el verano se volvió un invierno
Cuando vi que otros brazos te esperaban
Me congelé mientras yo te esperaba
Cuando nadie ve, -Morat-

Todo aquello que no planeas, suele ser lo que mejor sale. No sale bien, sale de miedo. La improvisación es un riesgo, pero la recompensa puede ser increíblemente infinita. El tiempo vuela, vuela ya sabes.

Es una de esas verdades que calan y que no pueden ser más ciertas. Hace dos días como quien dice os estaba hablando de las ganas que le tenía al verano, de los miles de planes que teníamos (todos) para él y la de locuras que íbamos a vivir.

Y llegó, por fin. Más ruidoso que discreto, tardó un poco, se cargó por el camino esos días largos, esas llamadas, mensajes que parece mentira pero era la única forma de enfrentarnos a los dichosos kilómetros. Esos audios de más de cinco minutos, y emoticonos que parecía que no, pero que de vez en cuando erizan la piel, y de alguna manera nos trasladan en el tiempo… y sí, llegó.

El tiempo, vuela… eso debí pensar yo la primera vez que me dijeron que venía a España, cargada de nervios, ilusión y con los ojos como platos intentando absorber todo o casi todo o que veía a mi alrededor.

Los días previos.

 

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Fueron como un suspiro que se pierde sin remedio. Así como una gota de lluvia, condensando en su interior toda una tormenta por venir. De esas que vienen y se llevan todo lo que sobra. Sin preguntas y sin miramientos. Dejando a su paso un camino despejado y preparado para ser recorrido desde el principio.

Es algo que flota en el ambiente, que se siente, que nos empuja hacia adelante. Es esa sensación melancólica y nostálgica que nos invade a los soñadores como yo, amantes de tiempos mejores y bonitos recuerdos pasados. Una certeza que anticipa el cambio, las ganas de renovarse, las ganas de volar. Es la emoción contenida, el frenesí por hacer y deshacer. Las ganas de ir y volver.

Son momentos de conocerlo todo, incluso el atardecer, de sacar las chanclas, y no salir de la piscina. Son los parques guiñándote el ojo, -yo que soy del desierto-, me dejo querer (y a día de hoy, un poco más)por la cantidad de agua que sale de las fuentes, ahí podía estar observándola durante infinidad de tiempo. Son los días cortos, la cantidad de helados que pude comer. Las tormentas que nos suelen sorprenden sin paraguas y el olor a tierra mojada.

 

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El verano, no es más que eso…

levantarte tarde, sin prisas, sin despertador; disfrutar de las terrazas en cualquier momento del día, siempre hay algún amigo disponible para tomarse algo; evitar el temido corte de digestión guardándote dos horas de bañarte; jugar al futbolín para matar el tiempo; comidas fresquitas, mucho gazpacho y sobremesas eternas; vivir del aire acondicionado, los ventiladores y abanicos; andar por la sombra. Eso, para los sureños, los del norte no conocemos ni los ventiladores.

El verano significa ¿playa o piscina? ¡Da igual!, la idea es estar en remojo; decir con una sonrisa en la cara “me voy de vacaciones” helados y granizados a toda hora, porque hace calor, porque apetece, porque sí; el Tour de Francia y los fichajes futbolísticos; las tranquilas siestas para llevar mejor el calor y reponer fuerzas para la tarde; poder lucir tus uñas pintadas de los pies y andar descalza.

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El verano significa vacaciones; viajar en familia o con amigos, al pueblo, a la playa, pero irse lo más lejos posible de la rutina; los reencuentros; amores de verano al más puro estilo Sandy y Danny, de esos que te pillan por sorpresa pero que tienen fecha de caducidad; las fiestas de los pueblos y las verbenas en la calle, donde darlo todo bailando y riendo, hasta que el cuerpo aguante; festivales de música y conciertos al aire libre; días más largos que las noches; la canción del verano y el tradicional anuncio que todos tenemos en mente que asociamos a esta bonita estación.

El verano significa el protector solar a tutiplén; las raquetas, una toalla cualquiera, las chanclas; la gorra y las gafas de sol; los castillos en la arena, las palas y algún cubo; los hinchables para flotar o para volcar al que duerme plácidamente… El verano, no es más que el paréntesis que todos hacemos en medio de nuestra ajetreada vida invernal.

Y me quedé pensando en lo bonito que es tener ese recuerdo de los dos meses que te hacen salir de la nada, para conocerlo absolutamente todo. Porque es verano y todas las memorias están esperando suceder.

“¿Amas la vida? Pues si amas la vida no malgastes el tiempo, porque el tiempo es el bien del que está hecha la vida.” (Benjamin Franklin)

 

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Amaia Carracedo Arana

Cuando nadie nos lo dice, Vacaciones en Paz.

A veces me elevo, doy mil volteretas
A veces me encierro tras puertas abiertas
A veces te cuento porque este silencio
Y es que a veces soy tuyo y a veces del viento
A veces de un hilo y a veces de un ciento
Y hay veces, mi vida, te juro que pienso:
¿Por que es tan dificl sentir como siento?
Sentir ¡como siento! ¡Que sea dificl!
-Cuando nadie nos ve- Alejandro Sanz

La música amenizaba de fondo, muy bajita, casi en modo ambiente. La mesa se iba llenando por momentos de las más suculentas tapas. Patatas fritas, aceitunas, huevos rellenos, tortilla, y mis queridas croquetas, cómo no,… Todo casero. Y con cariño. Menos mi postre. Que lo llevaba con mucho cariño, sí, pero comprado, bajo mi vergüenza y responsabilidad. Sé que la excusa de falta de tiempo puede sonar a eso, a excusa, pero últimamente es lo que hay. Falta de tiempo, pero sobre de todo, de experiencia. Y de aquí, un guiño a mis mamis que cocinan tan bien, que cualquiera compite con ellas. ¡No seré yo, Dios me libre!.

En torno a la mesa discurrían las más variopintas conversaciones, algunas muy clásicas entorno a los estudios, trabajo, anécdotas de nuestra época “loca”, amores y desamores. Otros, sin embargo, debatían efusivamente sobre el futuro político del país. Todo un intercambio de “Yo haría”, “Lo que no puede ser” “Hay que votar siempre”. Yo, de verdad, pienso que mis amigos, les hacen los deberes a los tertulianos del debate de la Sexta noche, sin duda.

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Mi grupo, somos de lo más heterogéneo y homogéneo que os podéis imaginar, si es que es posible. Amiga de ellas desde que me alcanza la memoria y amiga de ellos, desde que entraron a formar parte de sus vidas. Y afortunada yo, de tenerlos a todos a mi lado. Como dicen, los amigos de mis amigos, son mis amigos. Parejas incluidas.

El tiempo cambia y se vuelve cada vez más escaso, cada vez disfruto más de estas reuniones. Cada vez más ocasionales, pero a la vez, más interesantes. Me gusta, me encanta observar a cada uno de mis amigos, reír sus gracias y discutir de lo que haga falta. Que para eso estamos.

Que es bien cierto que hoy en día, y gracias a las nuevas tecnologías, todos estamos mucho más conectados y sabemos los unos de los otros con tan solo un click. Vivimos al instante. Pero es curioso también comprobar cómo esa mayor conectividad genera a su vez un menor contacto físico. ¡La de cafés que estamos desperdiciando!

Bueno voy, a lo que voy que me enrollo y no paro.

En esas conversaciones salió el tema estrella por estas fechas: Benda, ¿pero los niñ@s saharauis que venís no os da pena volver? Tiene que ser muy duro ¿verdad?, me decía mi amiga Ana, toda una experta en interrogatorios, y entre silencio y silencio, casi todas las miradas se dirigían a mí, como si lo que yo fuera a comentar en ese momento, nos salvase de algo. Y, si… me hicieron reflexionar.

Y aquí, os lo cuento.

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Dicen…

 Que todo lo que se nos presenta en la vida, lo hace con un motivo. Absolutamente todo, y todas y cada una de las personas que conocemos, lo creamos o no. Vienen con un propósito auténtico y único. Real y sólido. Un porqué con respuesta, aunque no lo parezca, al menos de entrada. Un para qué más que preciso. Una intención bien definida que nos lleve a una finalidad muy clara. Una razón que no siempre es fácil entrever y a veces es hasta difícil de digerir.

Los niñ@s, aterrizan en nuestras casas, para quedarse.

Algunos dirán que de la nada. Y como si nada. Como si fuera incluso posible. Como esa visita inesperada que te encuentra desprevenida y fuera de juego. Llegan de sorpresa, como si hubieran aguardado el momento perfecto detrás de alguna esquina. Mirando de reojo, decidiendo cuándo sí y cuándo mejor no. Como si hubieran andado de puntillas hasta haber llegado a tu lado. Para elegir. Para saludar. Para entrar sin avisar. Y sin resistencias.

Y claro que se acaban adaptando. Y ahí aparecen nuestras inseguridades, los miedos, el ¿qué hago en esta situación, qué le digo?…etc. Esas inquietudes que sacamos a relucir queriendo y sin querer. Las que más. Las mismas que tan a menudo nos impiden ver lo que tenemos delante. O justo al lado, tocándonos apenas lo necesario para recordarnos el valor de la decisión que hemos tomado. Las que nos colocan un fino velo en los ojos para filtrar lo que vemos y lo que no.

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El tiempo, pasa volando. Y tanto, si pasa volando.

Quédate con que, el tiempo vuela, pero más volarán vuestras conversaciones. Tardes de piscina. Helados, infinitos kilos de pipas, y largas carreras en bicicleta. Apura los minutos de espera cada vez que le digas que se prepare, cárgate de paciencia porque son/somos lentos por pura genética. Olvídate de esas prisas con las que vives el resto del año, y ve poco a poco aprendiendo a priorizar: esto sí, esto no. Todo lo que en otra ocasión contarías junto a una taza cargada de café.

Porque de un gesto tuyo, inesperado y casual, vendría uno mejor y más multitudinario. Con sabor a quiero y puedo. Rodeada de una buena compañía, de las mejores, de las que por años que pasen, siguen intactas. Tu familia y amigos, que se sumarán a esta aventura llamada “vacaciones en paz”. De las que te acaban sabiendo a poco y acaban pensando en la próxima.

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Qué bonita forma de atesorar momentos veraniegos. Dos meses diferentes, monótonos en un principio. Que no prometían mucho, hasta que empiezan a prometer muchísimo. Que empezaban como otro cualquiera, hasta que se transformaron en dos semanas que valdrían la pena recordar. Y no por grandes cosas, sino por un pequeño “accidente” como diría mi amigo Adrián.

Y de ahí, se crean los lazos bien fuertes, que ninguna tijera puede cortar.

Y es que dicen, que una sonrisa, es la mejor de las medicinas que podamos tomar. Se prescribe sin receta y sin ser titulado médico. Se contagia con asombrosa y gran facilidad sin importar raza, edad o sexo. Liberan todo tipo de analgésicos naturales que no los busque en farmacias, no, porque no los encontrarás.

Una sonrisa trae felicidad, para ti y para todos aquellos que estén contigo. Genera confianza, buen rollo y positivismo. Atrae, seduce y enamora. Es el mejor vestido que puedas llevar puesto y no hay maquillaje que la iguale. ¡Y es gratis! Cosa rara en estos tiempos.

Es llave que abre la puerta de las reconciliaciones, esas que en ocasiones parecen insalvables. Es capaz de obrar milagros, calmar tempestades y crear las mejores melodías musicales. Es capaz de aliviar nuestras penas, aunque no las solucione, eso es cosa nuestra. Nos relaja, nos da energía, nos da vida. Nos damos vida.

No la escondas y compártela, dicen que no es bueno ser egoísta.

Un gesto sencillo, pero especial. De los que nos gustan a todos. De los que debería ser un hábito diario, como lo es comer no sé cuántas piezas de fruta al día y hacer ejercicio. Derecho y deber. Sonreír sí o sí. De los que nacen solos, sin pensarlo, sin obligarnos a hacerlo. Natural y espontáneo 100%.

Alguien me dijo una vez que las casualidades no existen.

Que nada ni nadie llega a tu vida por cuestión del tan socorrido azar, o por haber sido bendecido por la tan deseada suerte. O por cualquier otra excusa que se quieran inventar. Ni por haber tentado y haber ganado la partida, sea la que sea. Ni siquiera por haber sido tocado por alguna varita mágica o creer en su existencia.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografía: Feelsahara

 

Su historia.

Caminar
Poner sonrisa a cada paso
Y respirar
Será bonito lo que quede por llegar
Mirar al frente y no bajar la vista
Nunca más.

Caminar -Dani Martín-

Dicen que lo invisible crea lo visible. Eso que se oculta en nuestro interior, protegido o no, eso depende de nosotros mismos. Eso que está ahí, aunque no se vea; que nos habla, nos grita, nos sacude y hasta nos hace sentir. No puedes verlo, tampoco tocarlo, pero sabes que está. Simplemente lo sabes.

Es como un poder que te ayuda a crear las oportunidades que tú quieres, a edificar tus sueños más anhelados y a construir las situaciones que te lleven a ello. Es una capacidad de crecer por dentro y por fuera, de aprender de ti mismo y de los demás, de reinventarte continuamente. De fortalecerte, de transformar lo que no te guste, de ir a más.

Que en ocasiones, simplemente se sabe. Se siente. Algo nos lo dice, sin saber muy bien el qué. Presentimos que esta vez sí, que no es un simple “pasaba por aquí”. Que el vacaciones en paz, llega para largo, que no está de paso, ni para tonterías. Al menos de momento. Que ese niño/a quiere y pretende quedarse. Y compartir su tiempo. E invitarnos a su historia.

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Y es que cada niño/a es toda una historia en sí misma. Una historia en pleno proceso creativo, en un continuo escribiendo, en un emocionante to be continued. Con sus fotos tanto improvisadas como ensayadas. Tanto las más impresionantes como aquellas que quedaron borrosas.

Una historia que en muchas ocasiones desconoces tú, y todo tú alrededor. Pero que te dejas llevar. Sí, así como lo oyes. Por su inocencia, timidez, sencillez e incluso por sus travesuras, y sus difíciles conjugaciones verbales que en más de una ocasión te robaran una sonrisa.

Porque ya ves, cada uno tiene su historia con sus personajes de todo tipo, protagonistas, secundarios y hasta suplentes. Que para todos hay cabida. Con sus mil y un hilos argumentales que se entremezclan a menudo entre sí, dándose sentido entre ellos, quitándoselo a aquello que se queda fuera. Y por difícil que te parezca, vas a ser más protagonista tú que ellos.

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Una historia con sus más pero también con sus menos. Aquello que no todo el mundo ve o lo que no todo el mundo muestra. Serás cómplice de sus lágrimas, sus meteduras de pata, sus “tierra trágame”. Sus anotaciones en una esquina para no olvidar detalles. Sus páginas dobladas, sus borrones, tachaduras y faltas de ortografía. Y de sentido. Y de emociones.

En su día a día, verás cómo se asoma, como saluda, que se presenta en primera persona. A su manera. A veces con sus mejores galas para causar la mejor de las impresiones. Y en otras, con las legañas pegadas y el pelo alborotado. 100% natural, sin complejos, sin importarle lo que otros piensen de él/ella. Y que te dejará embobada.

Postureo cero, lo quiero llamar yo.

Su historia engancha, como las de los libros. Esos que devorar es poco. Esos que relees en más de una ocasión y hasta te aprendes algún fragmento de memoria. O aquellos que una vez empiezas, no consigues dejar ni por un segundo. De los que llevas contigo a todos lados, de los que cuidas como si fuera un valioso tesoro. Historias de las que te saltarías algún trozo por plantarte antes en el final.

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Pero que al final, las mejores historias son las que están por conocer. Las que no están en los libros, ni serán jamás escritas. Las que no conocen de reglas, de principios prometedores ni de finales felices. Y es que las buenas historias, las de verdad, no tienen final.

Así como te decía al principio, lo invisible, al igual que las decisiones importantes es como ese amigo que siempre está a tu lado. Incondicional como pocos, sincero  como debería siempre ser. De esa clase de personas que aún sin  buscarla, aunque lejana físicamente o ausente en apariencia, aparece cuando se necesita. Dispuesto a darlo todo, y sin exigir nada a cambio.

Es una palabra de ánimo en el momento oportuno, o el gesto que encuentras cuando crees perdida la señal para continuar. Es lo que te impulsa hacia adelante y te impide desviarte del camino. Tu camino. Es la fuerza, conocida como voluntad, que te da lo que necesitas para hacer lo que quieras hacer.

Es la llamada que cambia tu vida en un segundo, tan inesperada como impactante. Es la intuición que te dice que todo irá bien, aunque nada lo haga. Es la mano en el hombro o la palmadita que sin palabras, hablan por sí solas. Es el empujón que nos obliga a caminar o el codazo que nos dice: por ahí no.

Y ahora te toca, bievenid@ a la historia del vacaciones en paz.

Benda Lehbib  Lebsir.

Fotografías: Feel Sahara.

Las estrellas.

Esa gente que sabe cómo, cuándo y dónde hacerse presente con un abrazo, una palabra, o un me quedo. Esa, es imprescindible.

Dicen que creer que algo es posible, es el primer paso para hacerlo cierto, dicen. También dicen que, cuando piensas en positivo automáticamente, el cerebro empieza a mandar mensajes positivos y todo lo que te rodea pasa a ser positivo. Que es un poco cuestión de cómo vemos las cosas, como concebimos lo que nos rodea, pero sobre todo; como nos tomamos las situaciones.

Y como siempre digo, hay momentos en los que nos tomamos un café con la suerte, y otras, la suerte se toma el café con nosotros. Pero entre una y otra ronda, siempre cabe un poquito la imaginación.

Microcuento:

El cielo azul ejercía una influencia sobrenatural en ella. La atraía como un imán que no ofrece posibilidad ninguna de resistirte. Implacable, fuerte y potente. Una fuerza que te absorbe, que te emboba y te cautiva, sin tregua y sin remedio.

Bajo él, se sentía como un pequeño punto perdido en la inmensidad. Sin comas ni signos que lo acompañen.

Sin tener esa costumbre, le encantaba salir de paseo por el barrio, de la Daira donde se alojaba. Aquel que conocía como la palma de su mano y donde se sentía libre como un pajarillo. Eran esas noches en las que acababa tumbada en algún lugar del amplio desierto, más allá del límite que marca las cuerdas de las jaimas y de aquella tenue luz que iluminaba aquel pintoresco poblado.

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Y así solía perder la noción del tiempo, mientras contemplaba el cielo en las noches claras. El silencio de la noche, solo era interrumpido por algún que otro vehículo que pasaba por ahí. Sentía la fría arena acariciándole la piel, la brisa traía sonidos aislados y singulares, pero extrañamente, nunca la inquietaban.

Ahí se quedaba ella. Ajena a lo que pasara más allá de sus ojos y absorta en su propio mundo. Se dejaba perder en aquel manto de llanuras desérticas, cuya oscuridad se diluía en el fulgor de infinitas estrellas. Algunas de ellas, tímidas y tenues, se ocultaban entre las más resueltas y enérgicas. Y supongo, que de ahí nació el dicho que aquel lugar, era el hotel de las mil estrellas. ¡y que verdad!.

Le gustaba aquello de pedir deseos a las estrellas fugaces. Pensaba que cerrando los ojos hacía más fuerza para que se cumplieran. Que si lo deseaba con todas sus fuerzas se realizarían. Soñadora despierta y empedernida. Cualquier momento era bueno para dejar volar la imaginación, pero cuando las luces se encendían tras caer el sol, era el más especial.

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La cuestión era no dejar de creer.

Creía en la magia de las constelaciones y en la fuerza del universo. Ese que dicen que puede conspirar a tu favor para ayudarte a conseguir todo aquello que te propongas. Quizá no sea cierto, pero a todos nos gusta creer en ello.

Creía en la ilusión que mueve a la gente, en la magia de los atardeceres y en el desconocido futuro. En ella misma y en los demás. En el hechizo de la luna y en los deseos por cumplir que prometen las estrellas.

Creía en el valor de la sencillez, por ver tanta vida en aquel lejano lugar y tan pobre de recursos y tan rico en valores, ¡qué curioso, verdad!.

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Creía que casi todo es posible, pero sólo si se intenta. Que de nada sirve correr, si no miras lo que pasa delante de tus ojos; mejor caminar y no perderte detalle. Quedarte hasta con lo más pequeño, aquello que pasa desapercibido totalmente, es lo que contarás el día de mañana.

Su imaginación la llevaba a recorrer el universo, de principio a fin, sin dejarse nada, yendo allá donde quisiera en cada momento. Como hacía el Principito, ese cuento que desde que leyó pasó a ocupar un lugar privilegiado en su estantería.

En su viaje conocería a historias y extraños personajes, a cada cual más loco. Hablaría con desconocidos y se engancharía aquel lugar, y cuando volviera a su pequeño planeta, podría escribir muchos cuentos sobre todo, de ellos.

“Hay almas a las que uno tiene ganas de asomarse, como a una ventana llena de sol”

Federico García Lorca

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Amaia Carracedo.

Reflexiones.

Sé el cambio que quieres ver en el mundo

Ghandi

 

Yo soy. Tú eres. Nosotros somos.

Ser. Identidad. Imagen.

Qué difícil es presentarse. Salirse de lo fácil para ir más allá de tu nombre y apellidos, de tu lado más visible, de tu superficie, de tu escudo. De tu acento particular. Y tus rasgos tan sumamente definidos, que en ocasiones son tu propia presentación. Qué complicado, es arriesgarse a adentrarnos en terreno personal e íntimo. En esa zona de arenas movedizas, corrientes marinas y montañas rusas. De guerreros y guerras, de dragones y magia. Ese lado que mantienes intacto y oculto, incluso de ti mismo.

Qué difícil es presentarse, de verdad y no caer en tópicos o estándares. Hablar de sentimientos, emociones y de estados que no sean civiles. Mostrar lo bueno y lo no tan bueno. Las cicatrices, las medallas y los trofeos más preciados. Esos, que tantas horas, disgustos y lágrimas te han costado. Pero ahí están, y que orgullo, de veras.

Qué difícil es resumir. e ir a lo importante, no perderse dando una vuelta que no llegan a ningún lugar. No acabar en lo que queda bien, sino en lo que nos sienta bien. A ti, a mí, a nosotros.

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Salir de la zona de confort. Nuestra zona. No es fácil, pero tampoco es imposible.

Muy bonito de decir, leer y gritar a los cuatro vientos. Como si supiéramos a ciencia cierta el modo. Como si conociéramos el camino, el primer paso y hasta el paisaje. Como si el riesgo y el miedo fuera mínimos e incluso minúsculos. Como si el resultado fuera siempre positivo. Como si tan sólo con pensarlo, pudiéramos lograrlo. No es fácil, pero tampoco es imposible. Os lo digo de verdad. Y de aquí, creo que nació el refrán todo esfuerzo tiene su recompensa, y la tiene, de verdad.

En muchas ocasiones, por no decir muchísimas, los que estamos lejos intentamos acortar distancias. Algunas veces lo conseguimos, y otras nos consuelan las redes sociales, las llamadas, los audios y alguna que otra imagen que nos transporta directamente a los campamentos. Con nuestro entorno y con nosotros mismos.

Ahora bien, respira hondo y dime qué ves.

No vale hacer trampa.

Tómatelo con calma y no pienses en abrir los ojos. Aún no. No hay prisa. Relájate y cuenta hasta diez. O hasta veinte. O cuenta ovejitas. No mejor no, no vaya a ser que te distraigas. Como  haría yo, que me iría con ellas por lbadia y me perdería en la sabana del desierto. Céntrate y visualiza todo. No te pierdas detalle.

Abre los ojos.

Vuelve a la realidad. ¿Es muy distinta a lo que has visto? ¿Qué has notado? ¿Qué has sentido? ¿Era todo negro o de color? Felicítate si has visto algo, mucha gente no lo logra. Está más pendiente de lo que le dicen, de cerrar los ojos, de intentar concentrarse. Le echan la culpa al ruido, y si no lo hay, se lo inventan.

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Y ahora ciérralos de nuevo y mírate a ti mismo de aquí a cinco años… por ejemplo.

¿Qué ves ahora?

Una vez más, sin trampas. No lo hagas por mí, hazlo por ti. Por muy topicazo que suene. Si alguien se lo pierde eres tú. Y recuerda, tu visión es tuya, si quieres la compartes, si quieres te la guardas, pero a nadie más le importa.

Céntrate en lo que ves, no te despistes. Puede que te cueste un poco al principio, quizá lo veas muy lejano, como si no fuera contigo la cosa. Sin sonido, sin movimiento, ni sentimiento. Sin energía, sin chicha ni limoná. Quizá hasta te preguntes en qué estabas pensando cuando me hiciste caso en eso de cerrar los ojos…

O quizá sí ves algo, aunque no sabes muy bien el qué. Puede que lo veas un pelín borroso, en blanco y negro y hasta del revés. Quizá lo veas a través del negativo de una película fotográfica. Esos que hasta que no revelas no te queda claro si la instantánea es buena. O quizá no visualices bien las caras, los gestos, la manera de moverse o incluso el sonido. Quizá no reconozcas el idioma ni aunque te pongan los subtítulos.

Pero puede ser que muy poco a poco algo cambie. Se acerque. Se vuelve nítido hasta parecer real. Puede que dé un paso adelante y se sitúe en el centro del escenario, el lugar al que todos los focos apuntan. Que se deje ver, que se deje sentir, que se deje saborear.

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Quizá lo viste claro desde el minuto cero.

Quizá no es lo que esperabas. Porque seguro que “esperabas” ver algo. Tenemos esa bonita costumbre de esperar siempre algo. A veces es bueno, otras no tanto. Los hay que esperan siempre más y no tienen límite. Frustraciones y altas expectativas suelen andar ligadas de la mano ¿lo sabías?

Y dime, ¿te ha gustado lo que has visto? ¿Era lo que esperabas? ¿Era algo esperado, deseado, soñado? Quizá te ha dejado indiferente y frío como un trozo de mármol. Quizá simplemente estás leyendo para ver dónde lleva esto mientras te ríes, te burlas, de mi.

O quizá sí has visto algo. Y ese algo tiene un significado muy fuerte para ti.

Quizá te ha puesto la piel de gallina y te ha hecho poner el freno. Quizá te ha emocionado y hasta te ha hecho soltar alguna lagrimilla. Con un poco de suerte, a lo mejor he conseguido que veas algo que no habías visto ni imaginado hasta ahora. Que ni se te ocurría ni lo hubieras pensado en tus mejores sueños. Y si te hubieran preguntado al respecto, lo habrías negado en rotundo. ¿Yo? Sí hombre, por favor ¿estamos locos?

Esa fui yo.

Y ahora piensa. Lo de cerrar los ojos lo dejo a tu libre albedrío. Si me permites el consejo, te diré que ayuda. Y mucho.

Piensa. En dónde estás y dónde te has visto. En si realmente quieres estar allí. El subconsciente tiene sus propias formas de hablarnos. Pero hay que dejarle. Y escucharle.

Piensa en lo que te falta para llegar si es a dónde quieres llegar. El cómo, el cuándo, el dónde. Algo tendrá cuando te ha venido a la mente, no lo dudes.

Piensa si vas por el buen camino, si te has torcido a propósito o te has dejado perder. Si te has parado a coger moras o te has quedado en el bar del pueblo anterior. Hay  espejismos donde se vive muy bien. Cada uno elige.

Y ahorra, cierra los ojos y dime…

Por lejano y difícil que parezca. No desistas. Recuerda que el primer paso inicia cualquier viaje, por largo que sea.

 

Pd: Hay días, que me da por reflexionar, y plasmo lo que pienso, y hoy me ha dado por reflexionar un poquito sólo.

 

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Dahman Bani.

 

Mi primer verano en España.

Y ahora que pequeño sale a caminar,
No necesita depender de los demás.
Mira al frente y saca todo de su piel,
Es su arma, poder mirar ser quién es.

-Pequeño- Dani Martín.

No sé qué tendrán los aeropuertos, pero me chiflan desde que tengo uso de razón. Será por ese ir y venir constante de gente, cargada de maletas y prisas por llegar a donde sea. Será por esos abrazos que parecen no terminar nunca, tanto para los que vienen como para los que se van. Será por esa cara de felicidad que a cualquiera se nos queda cuando llegas y ves que te esperan en la sala de llegadas.

Pero en ocasiones es difícil de entender. Ese cúmulo de emociones. Una mochila llena de consejos. Una lagrima en la mejilla de tu madre mientras te intenta tapar con su melhfa del sol. Un nuevo comienzo, un día cualquiera de junio. De esos de los que a todos nos gusta recordar. Un antes y un después. De pronto, oyes que te toca coger la mochila, siendo la primera vez que te separas de tus padres. De tus gente. Ahora te toca a ti, vuela. Y lo curioso de todo, es que no sabes dónde vas aterrizar. Te llenas de valentía, y para “lante”.

Y, es difícil por supuesto que sí. Pero si me diesen a elegir: volvería mil veces a ese día.

Difícil, como cambiar de país cuando más allá de la barrera del idioma, te vas sin nada y lo dejas todo. O no, según como lo mires. Te vas tú, con tus 7 años, tus dudas y tus inquietudes, pero también con tus ganas de aprender, conocer y de llevarte el punto del partido, pero sobre todo: de disfrutar. Que lo que se queda está ahí, aunque no lo veas a diario, pero seguro que lo sientes en todo momento. Que si es difícil irse, también lo es volver. Créeme.

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Durante ese verano del 2001.  Aprendí un puñado de cosas que desconocía por completo.

Que el cariño, al igual que la felicidad, repartido crece más. Que se siembra primero. Y se recoge después. Que la tierra ayuda mucho a que germine, pero la semilla importa. La dedicación. Y el tiempo, más aún.

Nadar. Una de mis asignaturas aprobada con notables, desde el día que mi padre de acogida se propuso que lo de los manguitos no iban conmigo, e hizo gala de su maestría en la enseñanza, día sí y día también. Me enseñó, a sumergir la cabeza debajo del agua, hacer largos de ida y vuelta, a perder de vista ese miedo de tirarme de cabeza. Y a ganar la batalla a la hidrofobia. Mejor dicho a cogerle cariño al agua. Si lo pienso hoy, no fue para tanto. Pero para mí lo fue. Y desde entonces, es pura adicción.

Pero también tuve miedos. Muchos miedos.

Al dormir sola. Y de aquí un homenaje a mis hermanas y a mi madre, que se quedaban noches y noches esperando a que me durmiera. Que paciencia tuvisteis conmigo, de veras. Cuando venía acostumbrada a dormir toda la familia juntos a tener mi propia habitación. ¡qué diferente todo y que enriquecedor a la vez!

A las alturas. Mirar por la ventana. Subirme en el ascensor, aunque este último cobró más importancia cuando me di cuenta que subir las escaleras costaba hacer más esfuerzo aún. Y ahí que subía y bajaba al día unas 20 veces sin exagerar. A los perros. Y a mi juicio diré que este miedo tiene su justificación… etc.

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Anécdotas varias que cuento ahora que todo ha pasado y de las que me río a carcajada limpia. Y las hay peores, pero me las guardo. Un poco de dignidad y seriedad, nunca está demás, aunque sigo siendo la misma caótica, despistada, que hace 19 años.

Y luego están las despedidas…

Cuestan. Y duelen. Podemos intentar camuflar nuestra pena bajo entusiastas y falsas sonrisas, bajo nuestros mejores deseos y palmaditas en la espalda. Podemos acompañarlas de palabras tranquilizadoras y de “todo irá bien”, que es lo primero que a todos nos sale. Que nadie se lo cree, no nos engañemos. Pero no vamos a decir lo contrario, ¿verdad?

Despedidas que a nadie nos gustan y se nos hacen muy cuesta arriba. Es fingir estar bien, cuando por dentro naufragas como el Titanic, a toda velocidad. Aunque hay ocasiones en que son necesarias, que también las hay. Y otras que son simplemente irremediables, llegan de pronto y toca asumirlas. Como la lluvia o como la declaración de la renta. Pero eso es otro tema.

En silencio, los aeropuertos son testigos de los más emocionantes reencuentros entre familiares que vuelven a casa, no sólo en Navidad. O de parejas que se funden en un conglomerado de besos y abrazos tras un tiempo de forzosa separación.

¡Que no todo son despedidas, porque un hola en un lugar, es un hasta pronto en otro!  

Benda Lehbib Lebsir

Tu viaje.

Jamás, lo vi, mirar al miedo con tanto coraje, jamás.
Ganar una partida tan salvaje, y yo,
Aún llevo tus consuelos de equipaje.
Jamás, lo vi, tener tanta sonrisa escapará del jamás,
Callar tantos tormentos y desastres, y tu
Otra vez cambiando lágrimas por bailes.
Heroe – Antonio Orozco-

Ese destello temprano, esa chispa precoz. Como ese primer haz de luz que ves caer del cielo al anochecer. Silencioso, discreto y elegante. El atrevido del grupo. El que da comienzo. El que tira de los demás. El preludio de una bonita lluvia de estrellas. ¿A quién no le gusta contemplar un cielo estrellado?

Puede ser tan rápido que se te escape y te quedes desorientada, preguntándote si fue o no fue, si tu imaginación te jugó una mala pasada. Si intentas seguirle el rastro o te quedas dónde estás. Cada paso deja su huella. Cada pensamiento deja unas miguitas que llevan a él. Que  te llevan a ti mismo. A tu mente.

El “Imán” al otro lado de la Daira, llamando a la oración. Todo un clásico en los campamentos que cuando aterrizas por primera vez siempre te acaba enganchando. Y de alguna manera, te acabas aficionando a aquel sonido tan peculiar.

Los niños. Ay los niños, los que van al colegio, los que llegan tarde. Los que van sin desayunar, bostezando y con alguna que otra migraña por falta de tiempo y por las prisas que tienen de llegar a tiempo. La rutina. El té que reúne a toda la familia, el desayuno que hace justicia del buen ambiente que se crea alrededor de unos trozos de pan, aceite, y en ocasiones leche y un poco de sopa “ncha”.

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Cuando abres los ojos. Cuando despiertas en esa realidad, un nuevo día, no importa la hora que sea. Cuando tomas conciencia de que te has de poner en acción, para hacer lo que sea que tengas previsto hacer. E incluso cuando el único plan que tienes es no hacer absolutamente nada. Esa, es la esencia de los campamentos. llegar, y estar.

Ahora te digo una cosa.

Siéntate en primera fila, no hay prisa. Observa todo, descubrirás grandes cosas, que ni sabías que estaban ahí. Los colores que se filtran y cambian de tono según el capricho del sol, los sonidos que se funden con la tranquilidad del silencio. El olor a incienso de algún desayuno casero, los fuertes latidos de un corazón. El tuyo. ¿Te gusta?

Céntrate en aquello que te gusta, memorízalo al detalle. Recuérdalo de vez en cuando, cuando sientas que el cielo se vuelve negro y el viento te impide asomarte a la ventana. Cuando la lluvia se filtre por el rincón más pequeño y el frío te haga acurrucarte, en busca de calor, en busca de sosiego.

Un ancla protectora.

Con lo que no te guste… podemos intentar cambiarlo. Sentarnos en otra silla para observarlo, en otra jaima,  o en incluso en otra daira.  Podemos acercarnos poco a poco, darle una y otra vuelta, hasta que nos guste cómo queda. Cogerlo de la mano y sacarlo a pasear. Podemos cambiarle el nombre, tratarle como a un niño pequeño que necesita aprender. Podemos hasta pedir ayuda.

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¿Qué sientes?

Cuanto más conozcas los campamentos, más desarrollarás estos sentimientos: Felicidad, enfado, tristeza, rabia,… Desahógate. Dicen que a los miedos les encanta robar sueños. Que con sus dulces cantos de sirena te aprisionan en la mazmorra más profunda del castillo más infranqueable. Del que no se sabe salir. Del que no se quiere salir. Te habitúas a él, a sus cadenas y a tus apegos.

De vez en cuando, mira las estrellas. Habla con ellas. Lanza la mirada, hazle un guiño a la luna. Seguro que no volverás a tener esa conexión, ahí entenderás que el amor a primera visita –con permiso al amor maternal- existe. Y no te pierdas de vista, que dicen que quien conserva la mirada, de alguna manera no vuelve completo.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Juan Francisco Seller

 

Tus raíces.

No es miedo
Si me tiemblan hoy las piernas no es por miedo
Es más bien porque este amor no tiene freno
Y se intuye el huracán, lo veo venir
Que yo soy viento y tú la furia de las olas
Ya lo ves lo que provoca el corazón a ti y a mí.

El arte de vivir -Antonio José-

 

Dicen que somos de donde nacemos. Y yo diría que somos de donde una sonrisa nos hace sentirnos a salvo.

Allá donde empezamos a escribir nuestra historia. Desde el principio y sin saltarnos ningún capítulo. Con más o menos faltas de ortografía y muchos punto y seguido. Es posibles que con distintos colores y subrayando lo bueno que nos pasaba. Que era casi todo, o por lo menos mucho. Saliéndonos de la línea más de una vez y tachando a fondo como si nos fuera la vida en ello. Borrando a toda prisa lo que no nos convencía y repitiendo una y otra vez lo que sí. Lo sencillo. Lo real. Lo que nos daba la vida.

Sin dominar aquello de decir adiós, o al menos en mi caso, las despedidas siguen siendo mi asignatura pendiente. Sin traumas o apegos, o incluso con ellos. Sin entender muy bien por qué esperar, cuando se puede hacer ya. En el momento presente y por uno mismo. Cogiendo la mochila, y saltándonos a la piscina con los ojos cerrados. Perdiendo miedo, y sin atender en muchas ocasiones la incertidumbre. El qué pasará. Actuando fuera de guion. Sin imaginarnos nada de lo que un día vendrá, pero sin permitirnos que ello nos lleve al desespero, al sinvivir y a vivir continuos sinsabores.

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Dicen que pertenecemos a nuestra familia. La misma que nos da la mano cuando damos los primeros pasos. Titubeantes pero decididos. La que nos ve caer y nos ayuda a levantarnos, nos anima a empezar de nuevo, nos abraza cuando sabe que es lo que queremos. La que celebra cada uno de nuestros aciertos. Y nos alienta a superar los fallos. O al menos, nos hace verlos más pequeños, más ridículos, menos dolorosos. Y superables, siempre. La que nos suelta la mano cuando arrancamos a andar solos.

Quedándose a nuestro lado, por si acaso.

También dicen que pertenecemos al lugar donde crecemos. En el que aprendemos de nosotros y de los demás, a base de tropezones, de golpes y de deslices. Y que también de nuestro arte. En el que conocemos nuestros primeros amigos y hasta a algún que otro enemigo. Donde empezamos a creer, a crear, y por supuesto: a ser. Donde empiezan nuestros orígenes, nuestros proyectos y hasta la mayoría de nuestros miedos.

Que nada nos define más y mejor. Que ese lugar en donde realmente somos felices. De ese que dicen que estamos compuestos.

Y de personas.

Como aquella abuela que siempre estaba ahí. La misma cuya mirada tambaleaba hasta el mismo cimiento de aquellas habitaciones de adobe. Que sus manos arrugadas eran uno de tus mayores tesoros, y sus buenos días juntando a toda la familia alrededor del té no te saltabas por nada del mundo. La misma que borraba el dolor de cualquier herida que tuvieras y te daba el consuelo que ninguna otra persona pudiera darte. Ay los abuelos. Como siempre digo, si alguien merece ser eterno: son los abuelos.

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Plantamos raíces allá donde vayamos. Porque puede ser que en algún momento elegimos cambiar de lugar. Con total libertad, o sintiéndonos obligados a ello. Cambiando de personas, de entorno y hasta de sueños. Y no es fácil. Porque en ocasiones es por falta de trabajo, por estudios, por una pareja  o por seguir viviendo aventuras. Que el motivo es el de menos, es el de cada uno. Es personal y único.

Aunque no sea fácil.

Al igual que raíces, cuantas más mejor.

Porque puede ser que estando cerca, te sientas lejos. Que teniendo mucho o poco, sientas que algo te falta. Que algo no cuadra, que algo falla. Que aunque parece que todo está bien como está, algo no está, o algo sobra. Quizá no para los demás, Pero sí para ti. Que ni mejor ni peor, pero que no. Que no es que no. Que no te reta, que no te completa, que no te hace sentir vivo.

Porque al final todo se reduce a eso. A vida, a vivir. Con arte o sin él, con prisas o a cámara lenta. Pero vivir, sentir, ser. A tu manera. Saber que nada se te escapa y que nada te dejas por el camino. Que haces lo que deseas, que vives como gustas. Que los que están, son los que son, y que nadie te falta.

Porque puede que no estés en donde empezaste. Puede que no te encuentres con las mismas personas y que hasta viajes sin compañía. Puede que sepas que ni tú eres la mismo ni lo serás. Puede que no sepas ni a dónde te diriges ni quién te espera allí. Pero tampoco te importa.

Pero tus raíces siguen. Las llevas contigo siempre. Cada día, en cada lugar.

Por que junto con tu sonrisa, de todo eso que llevas puesto, son lo que mejor te queda.

Y que, allá donde quieras, puedes echar (más) raíces.

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: Vega Halen

Enamorada.

Que bonita la vida
Cuando baila su baile
Que se vuelve maldito
Cuando cambia de planes
Ahora juega contigo
Otras tantas comparte
Que bonita la vida. 

Que bonita la vida. -Dani Martín-

De niños soñábamos con ser mayores, con crecer y comernos el mundo. Con ir a la universidad y tener el trabajo por el que cualquiera suspiraría, nos envidiaría, lo querría para sí. Soñábamos con viajar hasta los confines de la tierra y con ser el alma de cada fiesta a la que fuéramos. Todos hemos pensado eso alguna vez. ¡Y quien diga que no, que levante la mano!

En nuestros sueños  triunfábamos siempre, éramos diferentes, libres, felices y a nada temíamos. No existían los problemas, para todo teníamos solución. El tiempo se congelaba, nadie se iba de nuestro lado y a nadie echábamos de menos. Vamos, la típica escena de película americana que nos han colado a todos, que sabemos a la perfección el final aún sin haber empezado.

Parece que fue ayer.

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Y aunque nos decían y repetían que el tiempo, conforme te haces más mayor, más rápido se te pasa, no quisimos creerlo. O al menos en mi caso, hace poco me reía de los “frikis” del running, y hoy os puedo prometer que a diario necesito esa hora de gimnasio, me da la vida. (Me llegan a decir en el 2018, que confesaría esto, y os seguro que me reiría a carcajada limpia).

Y luego, llegamos a la universidad, o no. Tenemos nuestro primer trabajo. Incluso dos a la vez. Y detrás vendrán muchos otros, y puede que ninguno fuera el que habíamos soñado. Y tenemos miedos, muchos, y con ellos tantas cosas que se van quedando por el camino. Como vuelos que no cogimos, personas a las que no nos atrevimos y fiestas en las que no bailamos.

Olvidemos que la vida pasa sin olvidarnos de vivirla.

Y que todo pasa.

Y que el tiempo vuela.

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Con motivo del pasado 14 de febrero, y haciendo honor a “San Valentín”,  sentada en una cafetería oí una conversación que me llamó bastante la atención. Eran dos chicas, jóvenes, incluso creo que tendrán mi edad y no se crean que se nos ha pasado el arroz, solo rozamos la cuarta parte del siglo.

Bueno a lo que voy; las chicas hablaban de lo enamorada que está una de ellas,  con lo que la gustaría que la sorprendiesen ese día , y haciendo gestos, con sus manos, comentó: “un  ramo de flores, unos bombones y quien sabe alguna que otra sorpresa”. Puse más atención a la conversación, y rápidamente con cara de sorpresa  la otra amiga la preguntó: ¿pero tú, tan enamorada estás?.

E hice mía su conversación, para este post tan personal. Y sí, yo sí que estoy enamorada.

Estoy enamorada de la gente que quiere a diario y no espera que el calendario se lo recuerde.

Estoy enamorada, de la gente que sabe lo que quiere y va a por ello. De frente y sin titubeos. Sin arrollar a nadie, pero sin abandonar por opiniones de terceros. La que se sacrifica cuando es necesario y la que se viste de gala cuando toca celebrarlo. La que es transparente, sin estar a merced de los demás. La que reconoce sus faltas y de seguido se pone a superarlas. La gente que da sin esperar.

Estoy enamorada, de la gente que siente y no se avergüenza de ello. La que lo expresa y lo demuestra sin miedo. La que no oculta las lágrimas, sean de alegría, rabia o de pena. La que da abrazos que curan cualquier mal y de los que no te soltarías en la vida. La que te habla sin palabras y te conmueve con gestos. La que acaricia con miradas y te transmite sensaciones. L@s locos de la solidaridad bien entendida. La gente que siempre tiene una sonrisa en la cara, y un buen gesto hacia los demás.

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Estoy enamorada de, la gente que dice lo que piensa y que realmente piensa lo que dice. Que no es fácil. La que defiende sus ideas y sus emociones, porque son suyas y sinceras, sin juzgar a quien piensa diferente y sin compararse con quien no las comparte.

Estoy enamorada de, la gente que vive. La que no está pasando el rato. La que se compromete, arriesga, decide. La que se levanta una vez más, a pesar de haber perdido la cuenta de las veces que ha caído. La que no se rinde. La que siempre tiene algo por lo que seguir, cuando los demás ya se rindieron. La que no acepta un no como respuesta posible. La que deja huella.

Estoy enamorada de, la gente que perdona pero no olvida. La que recuerda sin rencores. La gente que aprende de la experiencia y pasa página. La que cree, pero no se conforma con lo que ve. La que crea sin destruir. La que camina, anda, corre y hasta vuela. La que comprende, y si no, lo intenta, pero no lo finge.

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Me enamora la gente que baila sin pensar. Y más aún, la que canta en voz alta, (justo lo que hago yo a todas horas, y se me da verdaderamente mal). La que no espera gustar, sino disfrutar. A la que no le importa si lo hace bien o mal, sino que se deja llevar por el momento, por la música, por la emoción. Estoy enamorada y mucho de la gente que te arrastra a bailar con ella, la que te da una vuelta y te hace olvidar ese sentimiento de pato mareado.

Estoy enamorada, y hasta las trancas de mi gente. De mi familia. De mis amigos y que narices, estoy enamoradísima de todo lo que  he hecho. Lo que hago. Y lo que haré.

Quered un 14. Un 15. Y si os dejan un 30 de febrero, también quered y mucho. Que odiar, es de flojos.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Vega Halen.

La esencia del Vacaciones en Paz.

“Todas las cosas aparecen y desaparecen por la concurrencia de causas y condiciones. Nada existe completamente solo; todo está en relación con todo lo demás.

-Buda Gautama-

Hace un tiempo, alguien me dijo eso de que las casualidades no existen.

Que nada ni nadie llega a tu vida por cuestión del tan socorrido azar, o por haber sido bendecido por la tan deseada suerte. O por cualquier otra excusa que se quieran inventar. Ni por tener un destino escrito o saber jugar bien sus cartas. Ni por haber tentado y haber ganado la partida, sea la que sea. Ni siquiera por haber sido tocado por alguna varita mágica o creer en su existencia.

Aparecen. Así, sin hacer ruido, sin ser conscientes a veces que se pueden convertir en absolutamente todo. Y aparecen.

Algunos dirán que de la nada. Y como si nada. Como si fuera incluso posible. Llegan de sorpresa, como si hubieran aguardado el momento perfecto detrás de alguna esquina. Mirando de reojo, decidiendo cuándo sí y cuándo mejor no. Como si hubieran andado de puntillas hasta haber llegado a tu lado. Para elegir. Para saludar. Para entrar sin avisar. Y sin resistencias. Para quedarse.

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Dicen que todo lo que se nos presenta en la vida, lo hace con un motivo. Absolutamente todo, y todas y cada una de las personas que conocemos, lo creamos o no. Vienen con un propósito auténtico y único. Real y sólido. Un porqué con respuesta, aunque no lo parezca, al menos de entrada. Un para qué más que preciso. Una intención bien definida que nos lleve a una finalidad muy clara. Una razón que no siempre es fácil entrever y a veces es hasta difícil de digerir.

Que no imposible, ojo.

Pero esa es otra historia.

Los niños saharauis, llegan a tu casa, llegan a ti con una enseñanza debajo del brazo. Como el pan que dicen traer los niños al nacer. Algunos lo llaman suerte, otros fortuna. Algo que quizá nadie más te podrá dar o enseñar. O al menos, no de la misma manera. Quizá en otro momento y sobre otro escenario. Pero ya no será lo mismo, será otra la enseñanza.

Llegan para ayudarte, con algo o con alguien. Porque estás atascado, o por todo lo contrario. Por ser hora de mover ficha o de cambiar de zapatos. Nada del otro mundo. En tiempo presente o con aires de pasado, por aquello de avanzar, de dar más de ti, por aprender… La cuestión es saber verlo, estar dispuesto a oírlo, a interpretarlo, a llevarlo a nuestro terreno. Y sobre todo, querer actuar. Querer dar, pero sobre todo: recibir.

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Llegan para hacerte cambiar. De golpe o poco a poco. A tu ritmo. Por ti mismo, por tu propia voluntad y deseo, nadie habla aquí de fuerza. Quizá sólo te hacen  cambiar el modo en que coloques tus prioridades. O puede que sólo lo necesario para notar un “algo” distinto. O puede que des tal giro, que ni tú mismo te reconozcas al mirarte en el espejo.

Llegan para hacer un regalo, uno muy especial. Siempre. Uno de esos regalos que lleva el nombre del “querer, aunque no sea de la misma sangre” en letras grandes y se esconde bajo un enorme lazo rojo, que no puedes esperar a deshacer. Quizá camuflado debajo del brazo, hasta imperceptible en un principio. O puede que seas de esas personas a las que les cuesta trabajo aceptarlo, por no mostrar tu debilidad, por no creer merecerlo, por no atreverse a cogerlo. Pero ahí está, esperando. Esperándote.

Dicen que los regalos hablan por nosotros.

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Llegan… porque es su-vuestro momento. Porque tienen que llegar. Sí o sí. Porque quieren llegar. No tanto por ser lo que toca, sino por conocer, compartir y querer(os) a partes iguales. Aquí y ahora. Ni antes ni después. Porque llegó su soplo de aire fresco, su minuto de oro, su verano y el tuyo.

Y puede que llevaras tiempo esperando. Esperando a algo o alguien. Alguna señal. Alguna pista que despejara tus dudas o aclarara tus ideas. O puede que realmente no lo esperaras para nada. O ambos. Puede que te cansaras de esperar y decidieras no volver a hacerlo. El orden de los factores no altera el resultado.

Lo que ha de ser será. Y no por casualidad.

Pero llegar, llega.

Siempre, siempre, por causalidad. Hay regalos con nombres propios, experiencias que enganchan, corazones que se tocan, y de eso no se habla en los libros ni en las películas.

Y, como me decía mi amiga María, el otro día haciendo nuestras “valoraciones” del vacaciones en paz, “esta experiencia me ha dado la hermana que nunca he podido tener, y sólo por eso lo repetiría mil veces”. María, lleva acogiendo 20 años, y  este año está más nerviosa si cabe porque acogerán por primera vez al hijo de la que fue su primera niña del vacaciones en paz. Que os digo yo una cosa: ¡un Goya a tod@s los que año tras año os sumáis a esta aventura por casualidad o por destino, jugáis un papel INCREIBLE!

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Francois Eyt.

Miradas.

“El alma que puede hablar con los ojos, también puede besar con la mirada”.

(Gustavo Adolfo Bécquer)

 

“Antes de instagram, no sabía que mis amigos eran tan felices”.

En un repaso rutinario a mis redes sociales, leí esta ingeniosa e increíblemente cierta reflexión. Venía de un amigo de esos que publica poco pero de calidad. De los que no le mueve el simple cotilleo sino el generar buen rollo. Y de los que carga de razón todas sus palabras.

Siguiendo con el repaso, me detuve apenas unas segundos después. Esta vez, era una foto la que captaba mi atención. Una chica, muy mona ella, sonreía desde una ciudad lejana. Un paisaje casi bucólico, gracias a algún filtro Nashville o Mayfair, seguro. Lucía sonrisa y melena al viento, al más puro estilo modelo de revista. Espontaneidad en estado puro. O eso quiero creer.

Mirada en conjunto, era una bonita estampa, eso sin duda. De las que te hacen pensar que hace mucho que no viajas y que te cambiarías sin pensarlo por esa chica. Recorrerías esa misma ciudad de pe a pa, conocerías esos mismos lugares, y en mi caso iría a todos y cada uno de los restaurantes para degustar algo (la comida y yo tenemos una relación, de pareja de hecho) e incluso posarías de la misma manera.

O a la tuya. El caso es que harías exactamente lo mismo.

Dicen que la cámara no es lo más importante en cuanto a la fotografía, sino el fotógrafo en sí mismo. Su capacidad de reflejar lo que ve y de transmitir. De emocionar incluso y hasta enamorar hasta la médula. Su ojo para saber inmortalizar, el qué y el cómo. Que se puede ser aficionado, y aun así ser de los buenos. Lo mismo pasa con la escritura, y con la música. Nada del otro mundo. .

Como vosotros.

Vosotros. Que de un simple vistazo captáis lo imprescindible y os olvidáis del rodeo. Que en silencio y sin haceros notar, buscáis la esencia y la encontráis mejor que nadie. Que con estilo y sin arrogancia dais un giro para saliros de lo habitual y sacáis brillo donde otros sólo ven polvo.

Vosotros. De manera libre, buscáis captar el mensaje. Transmitir una realidad casi desconocida. Dando un bofetón a quienes cómodamente se ha olvidado de su existencia. Y lo conseguís de verdad.

Uno de esos viajes organizados con tiempo, y sin programa ninguno pero siempre con final feliz made in Sahara. Una de esas experiencias que tan sólo vuelve la cámara y el foco. De las que no hay vuelta atrás ni puntos suspensivos. De las que se presentan sin avisar y no te dan opción a olvidarte de ellas. De las que te hablan, para que vuelvas pronto.

Siempre fuisteis la independencia personalizada.

El otro día hablando con un gran amigo, fotógrafo de profesión que ha viajado en varias ocasiones a los campamentos y del que tengo varias imágenes tanto en este blog, como en las cuentas de instagram, facebook, etc me decía esto:

“Nunca nos gustó hacer lo que “había que hacer”, preferimos ser nosotros mismos. Ni tampoco nos gustó lo que se nos antojaba fácil y seguro. En su lugar, preferimos luchar y complicarnos inútilmente. Valía la pena. O eso pensábamos entonces”.

Por eso desde aquí: Gracias.

Por daros cuenta de que hay: heridas que se abren pero se sienten pasado un tiempo. Que no les das importancia al principio y crees que se cerrarán bien pronto. Pero ahí están 43 años resistiendo.

Porque: el tiempo vuela y no espera a nadie. Que por mucho que corras, no siempre subirás en ese avión que te esperaba en la estación. Haber llegado antes te dirán. Ni tampoco todo lo organizado que lo puedas tener encaja con air algerie, ni con el ritmo de vida de los saharauis.

Gracias por darle valor callando está injusticia, callando cuando menos deberíamos. Porque aunque hay silencios que hablan por sí solos, no siempre son interpretados como toca. O por quién debería. Y ahí estáis vosotros@s detrás de la cámara.

Nos dais un chute de miradas. Una sobredosis de realidad más absoluta.


Y como digo siempre:

Las miradas. Que por mucho que algunas transmitan, no todas se entienden de la manera correcta. Porque las habrá que irán cargadas de intenciones y se percibirán carentes de emociones.

Las sinceras y limpias, de las que son fáciles de creer. Las habrá claras y transparentes, de las que sabes que nada ocultan. Las habrá suaves y dóciles. Las habrá salvajes y atrevidas.

Las habrá que pidan a gritos una respuesta, un gesto o una palabra.

Miradas que piden miradas.

Miradas que hablan.

 

Benda Lehbib Lebsir.

 

Mi pequeño homenaje a algunos de mis fotograf@s favoritos. GRACIAS!!!

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Francois Eyt
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Víctor Jiménez
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Jalil Mohamed
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Beatriz Garrote

 

Seguid trabajando. Seguid luchando. Seguid transmitiendo. Seguid dándonos el gustazo de viajar estando al otro lado del charco. Seguid, vuestro trabajo es imprescindible.

Orgullo.

Yo solo pido pausa y tú me das ojos de huracán
Yo solo pido calma y tú haces espuma el agua del mar
Solo pido silencio y gritas que no digo la verdad.

-Pausa- IZAL.

Me pasa sobre todos los domingos por la tarde que me pongo melancólica y me estreso. Tengo la sensación de que los días pasan volando, como si corrieran en un sprint permanente cuyo ritmo no puedo seguir. Que siempre voy por detrás y con la lengua fuera. Y que cuando llego al fin de semana es como si tuviera algunas horas de menos… ¿Sabéis de esa sensación de la que hablo, verdad?

Yo, es que me frustro por todas las cosas que me gustaría hacer y no he hecho. Como escribir. Que de hecho, no me gusta, me encanta. Y sin embargo, lo dejo para lo último a conciencia. Con la falsa idea de “disfrutarlo”. Como cuando dejas hueco para el postre que tanto te gusta y que dejas para el final, pero te has comido el primer, el segundo y te has hinchado a pan. Y cuando llego, estoy tan agotada que lo dejo para otro día.

Procrastinación en estado puro.

Y creo que el gran problema, o al menos el mío, es que nos autoengañamos pensando que mañana será un mejor día. Como si hoy no contara. Que haremos todo lo que queramos, que tendremos tiempo y energía ilimitada para completar esa interminable e inverosímil lista que nos hemos propuesto, y que hoy miramos de reojo para no sentirnos culpables.

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Dicen que un vaso puede verse medio lleno o medio vacío según el estado de ánimo, la actitud o la predisposición que tenga la persona que lo mira. Según sea más optimista o menos ante la vida, según su experiencia, su pasado y sus expectativas de futuro. Y lo que más me gusta, es que aseguran que es un hábito que puede cambiarse. Ya ves, lo de siempre.

También dicen que el valor de los sentimientos no depende tanto del tiempo que duran, como de la intensidad con que ocurren. De cómo nos hacen sentir o actuar, de cómo nos influyen y nos afectan. De cómo cambian nuestro comportamiento, nuestras palabras y nuestros pasos. De cómo nos transforman.

Y aquí os hablo yo de mi amigo, el orgullo. Que no soberbia, ojo. Esa sensación que emerge como de la nada en determinadas ocasiones. Sea a solas o en compañía. Un sentimiento de doble signo, con dos caras. La buena y la mala. La positiva y la negativa. La blanca y la negra. La más visible y la más oculta.

Puestos a elegir, yo me quedo con la mejor de ellas.

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Cuando el orgullo es compartir lo que tienes, sea poco, mucho o nada. Es cuando no hay peros que valgan ni “es que” que te arruinen el momento. Ese que sabes que es único. Ese que sabes que lo recordarás durante mucho tiempo. Para siempre y hasta con nostalgia. Como suele pasar con algunas cosas. Y lo recordarás con celo por querer protegerlo, con ilusión por haber formado parte de él y alimentarás tu ego por sentirte único tú y único el momento.

Y lo empezarás a echar de menos conforme empiece. Lo bueno siempre sabe a poco. Tratarás de memorizar cada sensación, cada detalle y cada pensamiento. En tu memoria. En tu caja fuerte y bajo llave. En un rincón al que volverás cada vez que lo necesites. Cada vez que algo te vaya mal. Cada vez que necesites un empujón, una palabra de aliento o un simple motivo para continuar.

Porque maneras habrá miles, como también excusas. Ni mejores ni peores, pero serán de otros. Vendrán de fuera. Y cada resultado tendrá infinitas opiniones que lo juzgarán. Lo alabarán, lo menospreciarán, lo cuestionarán y hasta se lo autoadjudicarán. Como todo. Pero hay que ir un poquito más allá.

Pero lo importante es lo que queda. Lo que se ve, pero también lo que hay detrás. Lo que sólo tú conoces. Lo que significa para ti. Lo que te aporta. Lo que te suma. Lo que te hace crecer. Lo que nadie más sabe valorar. Lo que será tu orgullo. Orgullo por tu felicidad. La que es tuya, y nadie te la puede quitar. Orgullo por tu esfuerzo. Motivación. Ganas.

Orgullo por ti y por lo(s) tuyo(s).

Pd: Un post, un tanto diferente, pero me puse al teclado y eso salió tras una desconexión de mucho tiempo. Siento la chapa, pero a veces “desnudarnos” no está demás.

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: François Eyt

 

Para cuando te acuerdes de mi.

“Antes de nada dejaremos claras
las páginas que nos importan.
Las de libros abiertos de vidas cercanas,
paredes que por siempre callan.”

Prólogo, Izal

Más de dos meses han pasado desde la última vez que me asomé por aquí. ¡Demasiado tiempo!. “Hace mucho que no publicas en el blog”. “¿Por qué no escribes?”. “¿Cuándo vuelves?”. Son algunas de las preguntas sin respuesta que me han hecho durante estas últimas semanas de retiro -casi- absoluto de este espacio.
Mentiría si dijese que no me las hice también en algún momento, puede que casi a diario. Pero es que ni yo misma sabía por dónde empezar. Esto del “mundillo laboral” cuesta lo suyo, y como diría mi madre, “se está mejor estudiando que trabajando”. Y en eso tiene toda la razón, ¡no me diréis que no!…Aún así, ¡qué afortunada soy, trabajando y de lo mío!.
Volviendo al tema, ¿qué tal lleváis el viaje?. ¿Muchos nervios?. Espero que sí, porque es un viaje fantástico, de desconexión, de cargar pilas, de exprimir al máximo todo, de dejar atrás el reloj, el estrés, las prisas, etc…
El post de hoy, es un poco diferente, espero que lo disfruten tanto como o más que yo cuando intenté plasmar esta historia.
Microrrelato:
Llevaban años sin verse, y con tiempo, puede entenderse más de tres o cuatro años.
Ella jugaba al despiste, intentando que las horas pasaran lo más rápido posible. Ella se dedicaba a recoger, a organizar, a planificar.
Estaba ansiosa. La visita que recibiría esa misma noche -en cuestión de horas-, era su sueño hecho realidad. Su hermana Lucía, aterrizaba en el Sáhara.
Ellos consumían las últimas horas que les quedaban antes de tomar el avión, que les llevaría a aquél lugar del que nunca se irían. “Algo de mí se quedará aquí para siempre”, dijo Lucía, entre suspiros, la primera noche que llegó a los campamentos.
En el mismo instante que entre abrazos, guiñó a la luna, agradeciéndole volver a unirlas de nuevo.
Pero esta vez allí, en el desierto. Muy lejos de la plaza del pueblo, de la piscina, de la playa, que habían sido testigos durante tanto tiempo de sus cómplices sonrisas.
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Jadiya, esa figura quebradiza escondida tras una lánguida melena morena, abrió las maletas sabiendo lo que buscaba, queriendo encontrar ese recuerdo del que no quería desprenderse. Abrió sin hacer mucho ruido, necesitaba ese momento para ella, con el silencio de una habitación a medio hacer y rodeada de maletas. Con luz tenue y el sol que apenas se dejaba ver, entre la cortina de la habitación que daba justo con la jaima de su madre. Cogió aquellos pequeños detalles con mucha ilusión, incluso con lágrimas en los ojos. Un regalo que, sin que ella lo supiera, marcaría su futuro a medio plazo.
Esa carta con la dedicatoria más simple y sosa que jamás se haya escrito, esa en la que sabes que no hubo demasiado esfuerzo por la otra parte, casi un acto mecánico por el simple hecho de rellenar un espacio en blanco, y fue la que, con el tiempo, le haría llorar desconsoladamente cada vez que su mirada se cruzase con aquella sencilla hoja doblada, y con una letra que apenas se llega a entender.
“Para que cuando la leas te acuerdes de mí. Siempre habrá una luna que nos ilumine a las dos”.
Sin pensarlo mucho decidió que aquélla carta le acompañaría en su largo, y quién sabe si definitivo, viaje. Una carta que apenas había ojeado, pero que necesitaba tener cerca por algún motivo inexplicable. Era como si ese simple gesto la mantuviese unida por un pequeño hilo invisible a su hermana. Como si nunca se hubiera ido. O no del todo.
Pasaron los días tan rápidos que no fueron conscientes de que ya tocaba volver a la rutina. Y como siempre pasa, llegó el momento de la partida. Lucía, debía poner rumbo al aeropuerto para llegar con la suficiente antelación y así facturar aquellas dos pesadas maletas sin agobios ni prisas. Además su despiste era tal que sabía que tendría que dar alguna vuelta de más. En cuestión de minutos cerraría la puerta con su consiguiente portazo, dejando atrás recuerdos, vivencias, alegrías, tristezas y, al fin y al cabo, una experiencia que jamás hubiera imaginado.
Con paso firme y la mirada perdida en sus pensamientos, salió dispuesta a todo, siendo consciente de que las despedidas siempre fueron amargas, y esta vez no iba a ser diferente…
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Éste es un pequeño relato que un día escribí casi sin darme cuenta, y sin saber muy bien porqué. Pero lo cierto es que me ha hecho reflexionar sobre cómo, a veces, la vida nos pone en una encrucijada: ese dejar ir, ese aprender a vivir como siempre, pero diferente. Madurar, crecer, evolucionar….Puede que todo sea una cuestión de perspectiva, pero lo cierto es que todos tenemos de una manera u otra, esa dedicatoria eterna que nos mantiene enganchados a una persona, a un momento, a un recuerdo durante mucho, quién sabe si demasiado, tiempo. Y el tiempo es justo el que necesitamos, el que cada uno se toma, ni más ni menos.  Pero siempre, y mires por dónde mires, ahí está para curarlo todo.
“Para que cuando la leas no te acuerdes de mí”.
Porque sí, siempre me acordaré de ti, de ti también, ¡cómo no hacerlo!.
De la misma manera que ella se acordará de esa persona cada vez que mire aquella carta, y cada vez.
Gracias por acordaros siempre de los niños saharauis, y de alguna manera también, gracias por seguir empujándome a seguir compartiendo con vosotr@s las  vivencias de los niño@s, porque hay hilos que se estiran, se aflojan, pero nunca se cortarán.

“Hay almas a las que uno tiene ganas de asomarse, como a una ventana llena de sol”

Federico García Lorca

Benda Lehbib Lebsir.
Fotografías: Beatriz Garrote

Echo de menos.

Yo he peleado con cocodrilos
Me he balanceado sobre un hilo cargando más de 500 kilos
Le he dado la vuelta al mundo en menos de un segundo
He cruzado cien laberintos y nunca me confundo
Respiro dentro y fuera del agua como las focas
Soy a prueba de fuego, agarro balas con la boca.

Por ti -Calle 13-

Os pongo un poco en situación, que seguro que me entenderéis:

¿Sabéis esos días en los que el sol entra a altas horas de la mañana por tus ventanas, y que las temperaturas son tan altas que parece y tienes la sensación de estar allí?. Sí. ¡¡Allí mismo, en los campamentos de refugiados saharauis!!. Esos días en los que el verano parece querer quedarse una temporada larga, y ha conquistado las calles.

Pues bien, esos días en los que estás fuera de casa y te asalta la melancolía, la nostalgia, porque si algo odio-quiero-odio-quiero así en ese orden de las redes sociales, es que en días como hoy, se llenan de fotos, videos, y quieres, deseas estar allí, pero no… Esos días te echo de menos, hogar. ¡Mi casa, mi gente, los míos!.

Echo de menos aquellas tardes sin nada que hacer, y que el silencio sea el dueño de todo lo que me pasa por la cabeza. Mirar al cielo, que el sol te dé en la cara, y quedarte así durante un instante para disfrutar de su calor. Con tus amigos riendo y charlando y que lo único que pueda interrumpir ese encuentro sea el Imán llamando a la oración.

Echo de menos encontrármelos a todos, con un té entre las manos, y todo el día por delante para no hacer absolutamente nada más que hablar y hablar. Hasta que nos quedemos en silencio. ¡Y qué narices, eso nunca pasa!.

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Echo de menos esos días en los que te levantas, y apresuras el tiempo para preparar el desayuno, que no es más que un poco de pan, aceite de oliva y sopa “ncha”. Esos días en los que tu única preocupación es la de comer, y si vas a tener un guiso o alubias blancas. En los que no pides nada más que eso, tranquilidad. Y de fondo, esta vez, el sonido de la televisión, una telenovela un tanto absurda pero cómica, que te vale para pasar la tarde en compañía de tus hermanas, primas y amigas. ¡Y sentirte realmente en casa!.

Echo de menos el reflejo en el espejo, con mis amigas buscando un pequeño hueco para darse los últimos retoques. Echo de menos correr hacia “lidara” en un día caluroso, y el sabor de la victoria al lograr repartir la comida antes de que anochezca. Parece mentira, pero no lo es tanto. Y personalmente el día que lo consiga, os prometo que bailaré sin parar.

Echo de menos volver a casa con las bolsas del zoco en la mano, y un camino que parece interminable pero que con buena compañía, no lo es tanto.

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Echo de menos las cenas familiares alrededor de un mantel, sentados en el suelo, en los que dedicas un momento a observar a los demás y sus caras de felicidad conversando con el resto, y te sacan una sonrisa. Y piensas en lo afortunada que eres.

Echo de menos, volver a clase los lunes y cantarle al profesor los “buenos días”, y ahora que lo pienso bien (qué locos estábamos). ¿Qué es eso de cantarle al profesor los buenos días?. Pues sí, señores. Les cantábamos los buenos días, y así comenzaba la jornada y ahora que me dedico a esto, -soy yo la que los canta- y no os imagináis cómo sube la adrenalina.

Echo de menos el silencio. La generosidad de los míos, de compartir lo poco o mucho que tienen. De ofrecer el té, colonia, invitar a comer o a cenar aún sabiendo que tienes prisa, y que es misión casi imposible, pues ellos lo intentan. Y les queda muy, pero que muy bien. Echo de menos la sencillez con la que viven. El despegarme literalmente del reloj, y no saber ni la hora ni el día en el que vivo.

Echo de menos tumbarme en las alfombras de mi madre, apoyar la cabeza en los cojines, y ver cómo pasa el tiempo, como si de un placer se tratase. Y lo es, creedme. Me estaré haciendo mayor, pero confieso que cada vez que voy de visita, me tienen que poner una colchoneta porque lo del suelo y yo cada vez nos llevamos peor.

Echo de menos callejear en mi Daira, saludando a unos y a otros, y percibir que todo sigue igual, que la única que ha cambiado realmente, soy yo.

Echo de menos que mis pies se hundan en la arena, el intentar ponerlos al día de mi día a día, quedándome embobada con todas las novedades que me cuentan acompañándolas con aquéllas misteriosas explicaciones que dan de todo. Ellas, mis hermanos y mis amigos.

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Echo de menos, el saludo de dos horas y la ausencia de despedidas, porque como he dicho por aquí muchas veces: los saharauis saludamos durante dos horas, llegando a preguntar hasta por las cabras, pero nunca nos despedimos. El descalzarme nada más entrar en la jaima. Echo de menos lavarme las manos en el magsel, llenar “Bitaka” de agua y ponerla a la sombra para que mantenga el agua fresquita. (Esto, último que no lo oiga mi madre, que no me reconocería)

Echo de menos eso, pero sobre todo a lo que hace que todo eso merezca la pena, y que allí donde la gente no vive, sobrevive. ¡Mi gente!.

Dicen que hasta que no sales fuera no aprecias del mismo modo tu zona de confort. Puede ser. Cada vez que vuelvo siento que algo ha cambiado. Tal vez la que ha cambiado he sido yo. Qué más da. Pero lo que tengo claro es que mis años allí, con sus momentos buenos y sus malos, no los cambiaría. Espero que algún día te pases e intentes sentarte en las alfombras cruzándote los pies, ya me dirás qué tal la experiencia. Yo no sólo soy de los Campamentos de Refugiados. Soy saharaui, que suena mejor.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Fito Álvarez.

La despedida.

Ya ha comenzado la cuenta atrás, se acabará.
No es que no me importe ..
es que simplemente sé que lo hará.

¿De qué me serviría pensar que nunca sucedería?
Prefiero preparar .. una fiesta de despedida
por cada uno de aquellos días que fueron tan ..

Rápidos, tan fáciles…

Despedida -Izal-.

Dos de las cosas que más nos asustan en la vida son las decisiones y los cambios. No me digáis que no. Nos pasamos la vida retrasando el momento de decidir algo y aplazando ese cambio que tanto necesitamos pero que nos resistimos a llevar a cabo.

Hace no mucho os decía que creo que las cosas realmente buenas, las experiencias que dejan huella y marcan nuestra vida, no ocurren dentro de la zona de confort sino que hay que salir a buscarlas. Esto no siempre resulta fácil. Todos tenemos una rutina, unos hábitos, unas costumbres que nos hacen sentir bien, personas cerca con las que nos gusta estar y que alegran nuestro día a día…

A menudo nos da miedo lo desconocido, probablemente de aquí salió el famoso dicho “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Nunca he entendido este refrán. ¿Y si lo que queda por conocer es muy muy bueno? ¿Por qué conformarse?

V A C A C I O N E S E N P A Z

Así con las letras bien grandes, porque esto sí que son vacaciones. Dos meses por delante para disfrutar, hacer amigos, jugar, caernos de la bici, comer helados de chocolate hasta aborrecerlos, mancharnos, ponernos un poco más morenos si cabe, rasparnos las rodillas, estirar las horas en la piscina hasta que nos echen, dormir mucho de día y trasnochar un poco de noche porque quién se va a perder la verbena del pueblo.

Dos meses de aventuras inciertas y todo un mundo por descubrir.

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El caso es que siempre que pienso en el verano me vienen a la memoria todos estos recuerdos. Quizá sea ese listón tan alto que dejé en el pasado, el motivo por el que mis expectativas estivales sean difícilmente alcanzables y, aún menos, superables. Aún así, aún sabiendo con certeza que los dos meses se reducen a dos o tres semanas y que lo de montar en bici nunca fue lo mío, este año sí, este año tenía (muchas) ganas de verano.

Llegado hasta aquí voy a lo que iba: las despedidas.

Mientras estoy escribiendo estas líneas os confieso que me vienen a la mente un montón de recuerdos: los preparativos, las compras de última hora, la báscula pesando una y mil veces porque ahí sí que las líneas argelinas son exigentes. El esto sí, esto no, y los ‘por si la niña lo necesita’ como decía mi madre una vez y hasta siete veranos seguidos. ¡Que paciencia la suya!.

El otro día una amiga me decía: “Mohamed está loco por irse, no hace más que contar los días que le quedan”. Me lo decía entre miedo e incertidumbre. Mi reacción no fue más que la de reírme y pensar qué tiempos aquellos, porque yo también viví esos días, y es algo que –aunque lo intenté- inexplicable.

Los niños, han disfrutado su verano, y se llevan la mochila llena de recuerdos, pero sobre todo el contraste emocional es brutal, por una parte se quieren ir y por otra, quedarse. Y siempre diré que de pequeña les decía a mis padres de acogida: yo voy, saludo a mi familia y me vengo.

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Pero también, es cierto, que de qué pasta están hechos estos niños. Lo digo por ese temido momento de la despedida. Cuando no hay vuelta atrás y el hasta pronto es la única palabra aceptada. Os confieso que no es nada fácil. El momento de subirse al avión, ese silencio, el último abrazo, la responsabilidad de estar atentos a su maleta, el llegar a casa, el abrazo de su madre, el reencuentro…abrir las maletas e intentar contar con pelos y señales cada detalle, y de esta manera hacer partícipes a su familia biológica y a sus amigos, de lo que seguramente haya sido la mejor experiencia de su vida, etc.

(Es que se me caen las lágrimas solo de revivir esos pequeños recuerdos).

Si ahora cierro los ojos, os aseguro que puedo transportarme a ese instante, sin moverme del sitio. Puedo recorrer con la mente cada uno de los pasos que dais desde que salís de casa hasta que despliega el avión que los lleva de vuelta a casa, pero sobre todo, de poner cara a cada sentimiento que estaréis viviendo muchos estos días. Y me incluyo. Así que disfrutad, que arranca la vuelta atrás y tan solo diez meses quedan para que estén de vuelta de nuevo.

He dejado para el final (igual que las decisiones) algo que llevo tiempo con ganas de escribir. Mi hermana, y su familia. Gracias por haber sido su hogar. Porque habéis sido testigo de sus juegos, risas y enfados. La habéis enseñado un idioma, una cultura, unas costumbres, pero sobre todo, la habéis dado la oportunidad de absorber todo y crecer un poco más. Gracias de verdad.

Era su primera verano y desde el minuto uno habéis puesto todo de vuestra parte porque fuera su verano, y así ha sido. Su mejor verano. Os confieso que, tenía miedo, es mi hermana pequeña (nació viviendo yo ya en España) y siempre digo que mi vinculo con ella es un poco más especial que con el resto, es mi ojito derecho como diríamos aquí. Y no os imagináis lo feliz que vuelve a casa, lo bien que se lo ha pasado, y lo mucho que os quiere, eso no lo digo yo (que también) lo dice ella sin decir ninguna palabra. ¡Gracias!.

“Porque tenemos recuerdos para llenar las penas. Si quieres apostamos, corazón”

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Adrián Bermejo.

¿Puede el Vacaciones en Paz no ser lo que esperábamos?

Antes de nada dejaremos claras
Las páginas que nos importan.
Las de libros abiertos de vidas cercanas,
Paredes que por siempre callan.
Y al resto del mundo deseo sincero de éxitos en la batalla.
Que pensemos despacio,
Queramos deprisa
Y caminemos con la frente alta…

Prólogo -Izal-

Siento estar algo desaparecida últimamente, no es mi intención, lo prometo, pero hay momentos en los que prefiero parar a respirar, tomar impulso, aire y, de esta forma, poder escribir de otra manera y, también, todo sea dicho, a otro ritmo. En este mes han pasado cosas interesantes, otras no tanto pero, al final, todo salió bien, muy bien. Y lo que queda…

Cómo sabréis que, en muchas ocasiones, empleo este pequeño espacio como desahogo. También que, para mí, escribir es un poco eso. Forma parte de mi vida, de mi felicidad, también de mis momentos menos buenos, por eso, a veces necesito gritar. Pero, mi grito no es de ahogo o desesperación, ni mucho menos, es mucho más suave, sale en forma de letras, puntos, comas y comillas. Sale para que leáis entre líneas, para que viváis conmigo ese sentimiento que quiero transmitir, para que viajéis donde jamás imaginasteis ir y para que recapacitéis de la misma manera que alguna vez yo también hago. Ahí se encuentra el meollo de todo este tinglado.

Bueno, a lo que voy (que me enrollo y quiero ir al grano).

¡Allá voy!

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El otro día, en un encuentro con los niños y niñas saharauis, que vienen a pasar el verano a España, -una cita casi obligatoria para los pequeños embajadores- y para quienes se suman a esta experiencia, ósea las familias acogedoras. Y en la que me he sentido muy pero muy identificada. Hacía 11 años que no estaba en un encuentro de los niños y ya aproveché un poco para viajar en el tiempo, y nunca mejor dicho. Además, intenté en la medida de lo posible exprimir al máximo el tiempo que estuve con ellos.

Sus caras lo decían todo. Había quienes aprovechaban para comentar sus anécdotas, la piscina, el mar ganaban la partida por goleada desde luego. Otros sin embargo, sus viajes, su familia de acogida, en cuestión de horas he llegado a poner cara a cada uno de ellos, y hasta les llegué a conocer sin conocerlos.

Otros, escuchaban sin más y de vez en cuando intentaban asomarse a la conversación y luego estábamos los que flipábamos literalmente con sus expresiones, gestos, y no menos importante sus ganas de transmitir todo o casi todo lo que han vivido hasta ese día. Era su momento. Su día de reencuentro y no defraudó. Y de ese día, llegué a la conclusión de que sí algo nos caracteriza a los saharauis sin duda es lo muy expresivos que somos. Es una pasada como una mirada lo dice absolutamente todo.

Lo dicho, me senté con una mamá de acogida, a tomarnos el café post la comida, (todo un ritual en mi rutina), y hablamos de todo, lo bueno y lo no tan bueno. En ese ratito, me comentó que la experiencia no estaba siendo todo lo que esperaba. Qué la habían llamado la atención varias cosas que según su punto de vista no se ajustaban nada a lo que ella pensaba: “Le encanta estar al teléfono, podría estar horas hablando…” “Yo creo que los niños de ahora no son como los que venían antes” “Me pide muchos caprichos, que sí te digo Benda no soy capaz ajustarme a eso” me decía literalmente, y a deciros verdad me quedé un poco impactada. Me llegaron sus palabras, y de alguna manera me dolieron. Estaba ante una realidad que hasta entonces conocía y desconocía a la vez. Por que al igual que me fascinaron las caras de aquellos niños, la suya hablandome de esta realidad me arraño un poco el corazón. Y de ahí me prometí escribir este post.

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Hoy me gustaría hacer una reflexión, pequeña, no demasiado profunda, no os asustéis. Simplemente creo que, por norma general, desde los campamentos deberíamos dejar de intentar controlarlo todo, cada minuto, cada instante, cada paso, cada palabra. Y que los niños sean ellos mismos. Algo habremos ganado seguro. Llegados a este punto, imagino que si alguien que me conoce (muy bien) me está leyendo, le estará entrando un ataque de risa e incredulidad simultáneo de narices. Estoy segura.

¿Tú? ¿Benda? ¿No controlar? Eso es imposible.

Pues sí. Los niños no son igual los de ahora que los que por ejemplo veníamos en el 2001. Las circunstancias tampoco. La educación no sé si habrá variado supongo que sí, porque las sociedades son cambiantes, pero si preguntamos incluso a una madre estoy segura que nos diría que de sus seis hijos no ha educado a dos iguales. Cada uno es como es. Y con esto pasa un poco lo mismo. Los niños, son niños. Aquí, en el Sáhara y dónde sea. Les gusta llamar la atención y de alguna manera no sé porque pero siempre lo acaban consiguiendo. Sus caprichos los tienen (en mayor o menor medida) pero los tienen. Y como siempre digo, somos los adultos quienes debemos limar eso.

Cierto es también, que ahora vienen más mayores, -política que respeto, pero no comparto- pero ahí está, y no sé si podremos hacer algo o no pero creo que los niños y niñas más pequeños son más ‘manejables’ se adaptan mejor, juegan más, interactúan más y sobre todo ganan mucho más que siendo más mayores y con otras expectativas. Insisto, es una opinión personal, pero no tiene porque ser la correcta.

Cierto es, también, y esto es un llamamiento a los/las organizadores que debemos trabajar más en los campamentos. Sensibilizar más a las mamás sobre el tema del vacaciones en paz. Hacerlas más conscientes de la realidad que se vive aquí en España, y que si de 4000 niños y niñas que están en los campamentos sólo logramos que vengan 800, por lo menos que se porten de manera adecuada. Que disfruten pero sobre todo: que aprovechen la oportunidad.

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Es cierto, y también, esto es un llamamiento a las familias acogedoras, poned NORMAS, por favor, evitad el SÍ a todo. Evitad las comparaciones. Intentad que los niños y niñas se ajusten a vuestras posibilidades tanto familiares, económicas, sociales, etc. Y viceversa. Y antes de que se me olvide, GRACIAS, millones de gracias por permitir esta experiencia.

Ahora bien, puede que vuestra experiencia en el vacaciones no haya sido todo lo que pensabais, no pasa absolutamente NADA. De todo se aprende. Supongo que la vida tiene sus caprichos, tiene sus propios planes… y a veces es sólo una forma de ver qué podemos mejorar tanto nosotros como los niños y niñas que hemos tenido en casa. Creedme que sí funciona o no, los niños llevan la mochila cargada de recuerdos y eso no se olvida nunca. Quedaros con eso.

Hasta aquí, (me guardo muchas cosas para el siguiente post, y estoy abierta a todo tipo de opiniones, sugerencias. Porque es un debate muy, muy amplio)

Pero no me tomen demasiado en serio. Ya saben que yo quiero hablar de cosas bonitas pero, de vez en cuando, pero me entra mi vena intensa y necesito darle a la tecla sin mucho orden ni control. No era más que eso. Una tarde de reflexión, de pensamientos entrelazados. Nada que no pueda arreglarse. Nada que no esté arreglado hoy. Recompuesto. Con solución. Con planes. De esos muchos. Nada que unas risas y un paseo con la mejor compañía no pueda solucionar. Nada que la canción adecuada en el momento adecuado te haga ver lo importante, lo realmente importante. Eso que dice que lo mejor, siempre, está por venir.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Víctor Jiménez.

De una madre Saharaui, gracias.

La mujer de verde
Se ha vuelto a poner el traje
Para rescatarme
¿Qué sucederá cuando las balas no reboten
Y los malos sean más fuertes
Y volar no sea tan fácil
Y conozcan nuestros planes?
La mujer de verde -Izal-
No puedo decir que mi ausencia del blog durante estas semanas –dos meses para ser exacta–, haya sido producto de la casualidad porque no es verdad. Lo hice de forma intencionada, y sabiendo que necesitaba un tiempo lejos de la pantalla, no para olvidarme de ella, ni mucho menos, pero sí para seguir pensando en historias que contar.
Aún así, siento la espera.
El caso es que hace un par de días decidí volver a retomar mi cita con este mundillo de la blogosfera, coger el ordenador y empezar a dibujar con palabras mi post de vuelta…
Y esto es lo que ha salido.
¡Allá voy…!
Hace varios días me topé con un reportaje fotográfico que me dejó embobada, pegada a la pantalla del ordenador y mirando fijamente aquellas imágenes mientras mi mente dibujaba 18 años de recuerdos, toda una vida desde el primer día que llegué a Palencia, una realidad extraordinaria. ¡Qué rápido pasa el tiempo, y qué bien, de verdad!.
Resulta que el otro día hablando con mi madre -afortunadamente tengo dos-, pero en este caso mi madre biológica, volví a recordar, y empezamos a poner cara a cada uno de esos momentos (algunos desconocidos para mí, supongo que serán esos sentimientos de las madres que pocas veces percibimos los hijos).
Mis nervios, sus nervios. Su ¿qué pasará ahora con su hija de tan solo siete años que nunca había montado en un avión?. ¿Dónde aterrizará?. ¿La querrán, la tratarán bien?. ¿Estará a gusto?…
Un sinfín de preguntas, que con el tiempo fue respondiendo una a una, y sin dejarse ninguna por el camino. Y curiosamente, 18 años después, vuelve a vivir la misma experiencia. Esta vez es diferente, ya que se trata de mi hermana pequeña, la más pequeña de todos.
Y aquí he querido plasmar sus palabras:
Quiero dar las gracias a las madres de acogida que han tratado tan bien a mis hijos. Gracias por arroparles. Enseñarles lo más básico de vuestra cultura, que acaban haciendo un poco más suya: comer con utensilios, respetar las señales de tráfico, subir en un ascensor, o por las primeras brazadas en la piscina.
Gracias por quererlos de la forma que los habéis querido y queréis. Estaré eternamente agradecida por lo feliz que han vuelto verano tras verano, dos meses que yo  estaba separada de ellos, y en ningún momento he sentido que mis hijos estuvieran a disgusto, todo lo contrario. Por eso, ¡gracias de corazón!. Si sois madres me entenderéis, estoy segura.
Cuando eres madre, el miedo por el qué les pasará a tus hijos cuando están lejos siempre te acaba ganando la batalla, te vuelves mucho más sensible, e incluso insegura. Sentimiento que en ocasiones intentas hacer frente, y en otras dejas pasar como si nada.
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Os reconozco -madres de acogida- que soy la primera que siente cierto miedo a lo desconocido, a lo nuevo, a ese jardín secreto por descubrir. Esa especie de vértigo interior en el momento en el que decides ver qué hay fuera de esa zona que algunos llaman “de confort”.
Aunque también es cierto que de vez en cuando, no estaría mal echar un vistazo a ese otro lado, a ese mundo desconocido que sólo está a un paso, atrás o adelante. Esa zancada que empiezas a dar a medias, solo para olfatear eso que se cuece detrás del muro. Por eso, para mí sois valientes, por crear ese vínculo que en muchas ocasiones llega a ser de por vida. Por tapar nuestros miedos, el mío y el de todas las madres, que como yo el otro día despedíamos a nuestros pequeños entre lágrimas.
Os confesaré también, que cuando di un beso a mi hija y la vi montarse en el camión, en cuestión de segundos veía a una mujer en vez de una niña. La miraba y la veía segura, decidida y feliz. Es la experiencia que todo niño saharaui desea con tanta ilusión, por eso creo que las despedidas siempre se hacen un poco más amenas.
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¡Gracias!. Una y mil veces gracias,  por ponerles manguitos y enseñarles a nadar. Por presentarlos a vuestra familia y entorno. Por subirlos a la bici que tanto les gusta. Gracias por decirles que no al exceso de helados, por miedo a que se pongan malos. Por llevarles a su revisión de médicos como si yo misma los acompañara. Gracias por subirlos al tren que no habían visto nunca, por hablarles del peligro de conducir sin el cinturón abrochado, por ajustar vuestros horarios y rutinas a las de mis hijos. Por quererles enseñar todo, incluso reforzar lo que ya sabían.
Gracias por acoger a mis hijos. Gracias por romper moldes. Por derribar muros, o a destruir barreras. Por no tener ese miedo que podríamos tener cualquier madre a afrontar lo nuevo, y a afrontar esta gran responsabilidad, que sé de antemano que lo hacéis de maravilla. ¡No tengo ni la menor duda de ello!.
Gracias por no tener miedo a la hora de tomar las decisiones que creéis que mejor convienen a mis hijos, por ser mis cómplices en este reto tan complicado de hacerlos hombres y mujeres de bien. A los aciertos y a los errores. Gracias por estar con ellos, y por supuesto con nosotros, sus padres.
Gracias de una madre a otra. Pero sobre todo, gracias por querer tan bien a mis hijos. No sé cómo agradecértelo, pero ojalá algún día en mi jaima y en un Sáhara libre sin ocupación, podamos dar un paseo en las playas del Sáhara. Estoy segura que será un día de esos que jamás olvidaremos. Jamás olvidarán nuestros hijos, los míos que también son vuestros.
“Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo” (Eduardo Galeano)
Benda Lehbib Lebsir.
Fotografías: Laura Bermejo.

Instrucciones para acoger a un niño saharaui.

Antes de nada dejaremos claras
las páginas que nos importan.
Las de libros abiertos de vidas cercanas,
paredes que por siempre callan.

Prólogo, Izal

Mucho se escribe sobre el secreto del vacaciones en paz: dónde contactar, cómo y de qué forma acoger a un niño saharaui. Mucho se habla sobre las familias que, se han visto cara a cara con este proyecto, sus sentimientos, sensaciones, experiencias y que en la mayoría de los casos han decidido no soltar.

Acoger, no es tan complicado como parece no se asusten, para nada. En ocasiones, tengo la sensación de que la gente no acaba de entender bien ciertos conceptos. Que lo niños saharauis no carecen de cariño, ni de amor, todo lo contrario. De eso, van sobrados. Acoger no es sinónimo de riqueza, ni de puesta en escena, a ver quién tiene más que quien, quién da más… que quien. Acoger es mucho más que eso. Es enseñar, compartir, vivir pero sobre todo ser.

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Es ser una familia normal, con intención de aprender, pero sobre todo; enseñar. Es compartir las cosas más simple (y no hablo de lo material que eso: es jugar otra liga) anécdotas, historias, noches de verano, tardes de piscina. Es despertar y ver que hay alguien más en casa, que hay una pequeña personita que anda descalza, que come con la mano, duerme en el suelo porque ¡Ojo!, eso es otro mundo que descubren con ustedes. Es ir a la piscina y tener convalidado el titulo de socorrista sin darte cuenta, porque el niño o la niña no saben nadar, y tengas que estar pendiente.

Veréis, tampoco se trata de eso. Para mi acoger es:

  • Acoplar a los niños saharauis a vuestras vidas: rutinas, normas, costumbres, tradiciones, etc.
  • Es sentir que es uno más en casa; si hace algo mal, se les riñe como si fuesen vuestros propios hijos/as.
  • Es entender su causa, porqué vienen los niños saharauis. Cuál es su realidad, porqué viven como viven… y qué podemos hacer desde aquí por ellos.
  • Es no planificar el verano, (como algo fuera de lo normal, porque están en casa) sino hacer lo que hacemos siempre, que sientan que son parte de la familia.
  • Es si tenemos que decir NO, se dice. Flaco favor les hacemos diciendo que sí a todo. Están dos meses; pero es justo que les eduquen (no quiero decir que sean maleducados, no. Solo hay que establecer normas y hacerlos saber dónde está el límite de cada cosa).
  • Si hay que castigar, se castiga. ¿Por qué no? Insisto, son vuestros hijos/as bajo todos los efectos, y en el Sáhara también nos castigan no se crean ustedes que allí no lo hacen.
  • Acoger, es aportar. Compartir. Entender. Enseñar. Aprender. Aprovechar al máximo la experiencia, exprimir los más pequeños detalles.

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No tengo la menor duda de que muchos ya tenéis aprendidas de la a A la Z todas las instrucciones habidas y por haber, que las habéis puesto en marcha e incluso alguna que otra se me habrá quedado en el tintero. No obstante, me dirijo sobre todo a las familias que se suman a esta aventura, que se suben por primera vez a este tren, os lo digo desde aquí: es una experiencia única, merecerá la pena. Creedme. Es más, siempre he pensado que la solidaridad no es un estado de ánimo, sino que más bien responde a esos – pequeños – momentos en la vida de una persona que hacen que todo merezca la pena. Además, pienso que para ser felices no necesitamos demasiado. A veces en la nada encontraremos todo. Esa felicidad es la que compartís con nosotros, los niños y niñas saharauis. Y conmigo, también. ¡Os leo, y me encantan vuestros mensajes!

Que tengan un feliz arranque de semana, estos sólo son unas instrucciones…unas instrucciones para acoger a los niños saharauis. Ni más, ni menos.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Isalmu Lbar

Queridas madres.

De vez en cuando la vida
afina con el pincel:
se nos eriza la piel
y faltan palabras
para nombrar lo que ofrece
a los que saben usarla.

-De vez en cuando la vida- Joan Manuel Serrat

He dejado para hoy lo que llevo tiempo queriendo escribir. Pero tenía que sumarme al aplauso unánime del día en el que volvéis a demostrar que sois únicas, y no lo digo yo que también,  sino echad un vistazo a las redes; están repletas de fotos y textos súper bonitos, “porque como vayan ellas y lo encuentren…”

Esperad, dadme unos minutos, no creo que tarde demasiado en escribiros esto aunque como ya sabéis eso que dicen por ahí: que una sabe cuando comienza pero no cuando acaba. Siempre me cuesta un mundo dedicaros unas palabras, no sabría deciros el motivo pero el caso es que se me hace tremendamente complicado soltarme y dejarme llevar, perderme y dejaros entrar en mi mundo inconexo de letras y pensamientos sumergidos.

 

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A ver cómo empiezo…

Mamá (S). Cuatro letras, dos sílabas. Simple, sencilla, universal y, sin ninguna duda, la palabra más bonita que uno pueda imaginar, decir o soñar. Cuantas veces lo habré dicho, y cuantas lo diré; no hay nada como poder añadir S a esa palabra tan bonito.

Ahora sí. A ver cómo sigo…A ver cómo me enfrento a una página en blanco y un teclado deseando ser acariciado para definiros. No, no es exactamente eso lo que busco. Más bien trataré de poner palabras a esos sentimientos tan profundos, tan íntimos, tan único, y tan puros que una madre puede despertar en un hijo. En todos, creedme.

Mamá (S).

Gracias es la palabra que elegiría por encima de todas. La primera que enseñáis a pronunciar a vuestros hijos con tan definida sencillez, en cualquier lugar y situación. Gracias por el cariño, aún cuando uno aún no somos conscientes de lo que nos esperaba. Gracias por protegernos de todos los monstruos, por curar heridas, por agarrarnos de la mano en todo momento y no soltarnos nunca. Gracias por recordarnos “que no hay que tirarse por un puente si nuestras amigas se tiran.”

Gracias por ser la sombra y la guía a lo largo de todo el camino, por alimentar nuestro cuerpo y alma, por enseñarnos a sanar la ignorancia y a guardar silencio. Gracias por mostrar la parte buena y la no tan buena de este mundo, por darle valor a los pequeños detalles, que son muchos por sacar de donde no hay. Gracias por dedicar el tesoro más preciado que el ser humano posee, el tiempo, vuestro tiempo, por estar siempre y por ser…vosotras. Por ayer, por hoy y por mañana. Y que sean muchos más, os lo pido “por favor y por favora.”

Gracias a las mamás de acogida, a las que os convertís en improvisadas madres. Abrazáis, mimáis, queréis, influís, dais, demostráis, y estáis siempre a la sombra, porque sin quererlo ni buscarlo; convertís por arte de magia esa palabra en plural; Madres. Andáis en silencio, sin hacer mucho ruido, preocupadas por vuestros niños: dónde estarán, qué harán… “Porque tomen el zumo, que sino se van las vitaminas” Gracias a las que aguantáis la doble profesión del querer y poder, por ponerle cara alegre a cada situación, por apostar por lo imposible porque mira que sois valientes, nadie os enseña a serlo, pero sois la cara del Vacaciones en Paz.

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Después de esto, llega el turno del amor. Porque estaréis de acuerdo conmigo en que un sentimiento de gratitud tan inmenso viene de la mano del amor más irracional y natural que pueda existir. AMOR en mayúsculas. Sin máscaras. Sin poses. Amor de verdad. Ese que viene de serie desde el momento en el que todo comienza, sin avisar ni preguntar, ese amor que no se explica, que se tiene, que no se mide, que se da, que no acaba…porque es imposible de derrocar. Un amor que se confunde con un sentimiento de protección y admiración tan profundo e intenso que llega a rozar la veneración.

¿Me sigues?

Y después de esto,  después de esto ¿qué? ¿Cómo seguir? ¿Qué decir? Imposible, creedme. Ahora sí,  me perdonáis, me dirijo a mis mamis. Ya sé que no está bien que yo lo diga pero es así, sois las mejores, no hay otro motivo oculto. Y siempre, todo, parecerá nada. Porque nada será suficiente para definiros…madres. Porque jamás estaré a la altura de escribir y reflejar en mis palabras todo lo que para mi significáis. Porque siempre es complicado describir sentimientos, poner letra a los caprichos del alma. Porque siempre es mucho más difícil sentir que escribir, creedme.

Pd: si el banco de España tuviese un nombre más original, también se llamaría mamá.

Feliz día, MADRES.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Georgia Ninet.

Lo que me enseñó el Vacaciones en Paz.

¿Por qué, por qué, por qué?
Te veo en el espejo aunque no estés
Reconozco tu voz, sé que hay algo aquí entre los dos
Siento, siento, siento
Que te conozco de antes de hace tiempo
Que el destino cumplió su misión.

Yo contigo, tu conmigo. – Álvaro Soler y Morat-

Antes de entrar en el tema, quería agradecer a todas esas familias que año tras año se suman al Vacaciones en Paz, a las veteranas y a las novatas. A estas últimas deciros; que sois valientes y no os arrepentiréis. Esto es una aventura que sin vosotros no tendría sentido. Ya saben, yo soy muy fan de este proyecto, y pienso que es la forma más directa que tenemos desde aquí de sumar nuestro pequeño granito de arena a la causa saharaui.

Siempre que se acercan estas fechas, toca hacer memoria y repaso de todo lo acontecido y, sobre todo, de lo que he aprendido. Porque hay momentos en los que te das cuenta que esto de la vida es un aprendizaje constante, que hay que mantener los ojos bien abiertos para no perdernos ninguna escena de la película porque luego nos preguntan y debemos saber qué contestar. ¿Sabes de lo que te hablo, verdad?

¡Allá voy!

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El vacaciones en Paz, me ha enseñado a conocer, querer, y admirar a una familia, MI FAMILIA. Una cultura, un idioma y por supuesto unas costumbres, un sinfín de cosas que seguro que alguna que otra se me escapará. Me ha enseñado, que para subir a un tercer piso, hay que esperar a que baje el ascensor, que las puertas se cierran cuando entramos en casa. Que la ropa se lava en una lavadora, y que el color blanco es más bonito de lo que imaginaba. También, me ha enseñado a montarme en bici –aunque a decir verdad, esto nunca ha sido lo mío-. que los “frigo píes” se derriten sino se comen a tiempo. Y que lo mires por donde lo mires el mar no tiene fin, y el agua del grifo es inagotable.

El vacaciones en Paz, me enseñó que en los mejores momentos sólo me preocupe de disfrutar. Que me haga todas las fotos que pueda, y de ahí nació mi afán de capturar todos los momentos habidos y por haber. Que los álbumes hay que guardarlos como un tesoro. Aunque para hacer justicia a mis veranos del Vacaciones en paz, tengo que hacer una pequeña mención a la coleccionar de pulseras que me dedicaba a comprar como sino hubiera mañana.

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Dicho esto; hay que seguir disfrutando de los pequeños momentos que la vida nos ofrece, esos de los que está hecha la felicidad, siempre. Nunca me cansaré de decirlo, pero es que es la pura verdad. Hacedme caso. Que los pequeños detalles, son los que marcan la diferencia, y uno de esos detalles es acoger en verano. Que siempre estaré agradecida a mi familia de acogida por todo lo que me ha dado, enseñado, aportado, compartido, demostrado… Que la sonrisa es una buena terapia para todo y siempre hay motivos por los que esbozar una.

Hace poco leí esto: “memories are souvenirs too”. Pues eso. Prefiero coleccionar recuerdos. Recuerdos eternos. Y estos últimos 18 años afortunadamente me han dado unos cuantos. El Vacaciones en Paz, me enseñó tanto, que olvidé aprender a despedirme. El amor mueve montañas, no lo olviden.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Jalil Mohmed

 

 

 

La noche saharaui.

Palabras
Que anuncian las despedidas anticipadas
Que explotan en mil pedazos cuando se callan
Que suben por tu garganta entrecortadas
Que matan.

Palabras -Amaia Montero.

Recuerdo llegar a los Campamentos tras un año en España, y que la lluvia nos diera la bienvenida desde el mismo momento en que descendíamos por las escaleras del avión. Esa lluvia que hace, si cabe, más bonita la hamada. Y mira que odio las tormentas, los cambios bruscos pero, lo cierto es que los campamentos bajo la lluvia se crecen, aumenta su romanticismo, su ambiente bohemio, relajado, su encanto aparece en el olor a tierra mojada, mientras tanto yo me empeñaba en resguardarme bajo la melhfa, como si aquella tela me fuera a salvar.

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Los que viajan a los campamentos se pueden clasificar perfectamente en dos grupos: esos que lo observan todo, no pierden de vista ningún momento, les quedan grabados a fuego, de por vida, para siempre. Sí, son esos que aprecian los ratitos especiales. Miden cada instante en una fotografía. Esos que intentan trasladar esa conexión instantánea que se crea a través de las miradas, de los silencios absolutos. El todo y el nada, y viceversa. Ese cumulo de sentimientos, ese estar y no. Viven tan intensamente la experiencia que hablan de saharauitis eso que padecemos algunos cada vez que nos montamos en el avión de vuelta…

Pero hay otros, los más silenciosos y cohibidos, que narran, sienten y viven el viaje de una forma mucho más sencilla pero, también, mucho más especial.  Los que saben de verdad disfrutar de los pequeños momentos de felicidad sin ningún tipo de distracciones, los que viven de forma distinta una de las cosas más mágicas de los campamentos: la noche.

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Una vez una conocida tras su viaje a los campamentos, me dijo “que la noche saharaui una auténtica lluvia de estrellas fugaces, te traslada directamente a aquellas largas noches de agosto”.

Y aquí me detengo. Si te paras un segundo a leer de nuevo ésta última frase, despacito y sin prisa, encontraras poesía dentro de ella. Yo, al menos, no puedo entenderlo de otra forma: lluvia, estrellas, noches y agosto.

¿Necesitas más pistas? Pues ahí van unas cuantas:

Un día en las dunas.

Un paseo de una jaima a otra sin linterna a poder ser, es el sitio de mi recreo, a oscuras. Me chifla.

El silencio de la noche, ese detalle que sólo puede dar la bienvenida a eso… a la magia.

Una manta, mientras tomas un vasito de té, charlas, y te olvidas totalmente del reloj… rodeado de personas que no dejan de sumar, siempre hay que quedarse con ellas…

Risas nerviosas. Miradas atentas, ojos que no parpadean.

Las chancletas conforman el dress code de la noche, que así es infinitamente mejor, y no te olvides de quitártelas cada vez que entras y sales de la jaima. Aunque puestos a pedir; ve descalzo, familiarízate con la arena, es una sensación única.

Ya lo he dicho mas de una vez;  que viajar a los campamentos es más sencilla de lo que crees.  Yo soy de las que se emocionan con las cosas pequeñas que en el fondo son inmensamente grandes. Que a pesar de ser más diurna que nocturna, si vivo una noche de esas noches me quedo con ellas y no las suelto. Ahora sí, disfruta de tu viaje como sea de noche o de día, pero sobre todo; quédate con todo.

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: Omar Lamín

 

Caminar.

A caminar poner sonrisa cada paso y respirar
Será bonito lo que quede por llegar
Mirar al frente y no bajar la vista nunca más
-Caminar- Dani Martín.

Mi vida. Mi familia. Mi salud. Mis estudios. Mi trabajo. Mi futuro. Mi risa. Mi llanto. Mi siesta. Mi café a primera hora. Mi onza diaria de chocolate. Mi teléfono avisando de bombas nucleares de WhatsApps que hay que contestar incluso antes de haberlos abierto. Mi vida entera pasando delante de un ordenador mientras escribo los post, leo, hago trabajos o simplemente para desconectar un poco viendo una de mis series favoritas. Mis compras a tiempo y a última hora. Mis pensamientos de ahora, después y más tarde. Mi manzanilla de después de comer. Mi colección de fotos vistas una y otra vez. Mi vida. Mi yo.

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Soy de las que creen ciegamente que todo trabajo tiene su recompensa. Que para llegar donde uno quiere sólo hace falta un poco de tiempo, ganas y en ocasiones “quebradas de cabeza”, nada que no se solucione con la satisfacción de conseguir lo que te has propuesto. Que no importa el tiempo que tardas en conseguirlo, de veras, ni tampoco el recorrido que lleves para -qué te voy a engañar-, sino tan sólo haz lo que te haga feliz.

Siempre nos han dicho las malas o buenas lenguas que en la vida nunca podemos mirar a un lado. Salvo en el amor, eso se olvidan de apuntárnoslo en el manual que no nos dan, cuando un buen día nos lanzan a la piscina, sin manguitos, y sin decírnoslo nos dicen: ‘Nada, que quien nada no se ahoga’. Y te tiras una y mil veces y ahí, justo en ese instante te das cuenta que, quien no arriesga, no gana.

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Y en ese momento, tampoco se acuerda nadie de decirnos que en cosas del “yo quiero, yo puedo” sí que hay que mirar a un lado, concretamente al lado en el que se encuentran nuestras ganas, nuestro esfuerzo. Mirar al frente está muy bien, como cuando vas conduciendo, que tienes que poner la mirada en el horizonte para no hacer tal día un año. Justo en ese momento, mirando al frente, estás cuidando de ti. Pero el golpe lo tienes asegurado si no echas una mirada de soslayo a los retrovisores de ambos lados. Sigues mirando por ti porque sigues al volante cuidando de tu vida, pero te preocupa lo que tengas al lado.

Con el tiempo te vas dando cuenta que tus prioridades cambian, que tú también cambias, pero nunca un cambio puede ser malo, y de hecho en ocasiones, es más que necesario. Echas de menos a los tuyos, vas alcanzando tus sueños, te vas haciendo huequitos sin hacer ruido en el mundo en el que nunca antes te habías desenvuelto con tanta facilidad…

Y Justo en ese momento sabrás que tienes al lado tu suerte, tu familia. Quienes se encargan de sacar todo lo que tienes reprimido dentro de ti, los que te complementan y no te anulan, los que son capaces de ponerse a los pies de los leones para que tú mires el espectáculo desde un sillón de terciopelo, provisto de comida y bebida. O los que a pesar de sus temores, dudas, no dudarían en ti en ningún momento.

Y te sientes bien. Y sonríes. Deseas parar el tiempo porque estás tocando con tus propios dedos tus sueños. Estás viendo la meta. Y vuelves a sonreír porque algo provoca que tus niveles de adrenalina se disparen hasta la inconsciencia. Es lo mismo que el cuerpo te pide, que no dejes de experimentar. El esfuerzo y las ganas unidos en una sencilla frase: Esto te va a costar, pero disfrútalo.

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Esto te va a costar, disfruta. ¿Por qué?

Porque al final uno termina quedándose con lo verdaderamente importante: sus resultados. No hay éxitos sin espinas, nos lo han vendido desde el inicio de los tiempos, y ahora no va a ser menos. Y te digo una cosa; no hay forma de que un artículo salga adelante sin haber rehecho cada línea tantas veces como para agotar la paciencia.

Hay que coger los sueños, como se coge un folio, y borrar. Borrar mucho sobre el mismo folio para aprender a escribir. A querer. Para que después de haber odiado cada letra sobre ese folio, haberte dado ganas de abandonar y presentar tu dimisión emocional, cojas tu artículo, que tanto has emborronado, y sepas que nunca tendrás un compañero mejor de faenas.

Después de todo este tocho, sólo me queda decirte que si sueñas que tu sueño sea tan alto como tocar las estrellas. ¡Que puedes!. Que mientras los tengas, ve a por ellos. Y eso es la única forma que tengo de creer en la suerte. Porque por imposible que sea ahora mismo, mañana ya es un poco menos imposible de lo que es hoy, probablemente. Así que, adelante.

Pd: Hoy es uno de esos días que a una la apetece “desnudar el alma” y proyectar el futuro. Escribir, y que salga lo que tenga que salir.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Marta Fernández.

 

Nostalgia, lo llaman.

Y qué genial
Qué astuto
Qué indecente
Qué maravillosamente oportuno
El soplo de viento…

Qué bien -Izal-

Hace mucho tiempo que no estoy un año entero en los Campamentos, once años para ser exactos, y en ocasiones no viene mal tirar de recuerdes para regresar al lugar que me da fuerza y energía. Que me relaja y me divierte a partes iguales. Ese lugar de bruscos cambios de temperatura, donde el té es el café de las 24 horas, la gente no dice que NO a nada, y por supuesto donde llegar tarde a lo que sea está más que asumido.

Ese lugar, en el que cerrar los ojos y respirar hondo es el único esfuerzo que hay que hacer. Respirar y cerrar los ojos. Ese lugar de atardeceres, de puestas de sol, de brisa tenue y el silencio más relajante y conmovedor que uno pueda sentir. Donde el tiempo se para, todo parece ir más lento, sin móvil, (y aunque parezca mentira, en mi caso me viene de cine) ni tampoco reloj. Ni de compartir fotos en redes sociales, de eso, ni hablar.

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A veces, nos enfrentamos a un contraste emocional importante. Y qué decir de la famosa nostalgia, que no es más que; esa sensación que experimentas cuando estas lejos de los tuyos. Cuando disfrutas de una video-llamada un sábado por la noche y mueres por el cus-cus cualquier día de invierno. Cuando te rindes al puro estilo saharauis, una melhfa cualquiera porque tu gusto no se ajusta a la “moda”. O en mi caso, la primera melhfa que pillo, me la pongo.

Cuando sabes que la felicidad se cuenta por momentos. Momentos como escuchar esas canciones que oías en la radio de pequeña y que te recuerdan a tu abuela, o a tu madre. Momentos como descubrir en tu álbum aquellas fotografías de hace años, y que te trasladan directamente a lugares inverosímiles de la mano de los mejores recuerdos.  Porque sí, son los mejores. Y que nadie diga lo contrario, porque aquí todos tenemos esa foto con los pelos despeinados, en la mano un trozo de pan y como no, descalzos…

Cuando cuidas todos y no se escapa ninguno de los detalles. Cuando te interesa la política, y los partidos del fútbol incluidos. Cuando dejas de quitar la parte más negra del plátano para comértelo entero. Y el pescado dejó de ser aburrido hace tiempo porque acompaña al arroz más rico que has comido. Y que me perdone la paella, pero donde esté “maru hut” de mi madre que se quite el resto.

Cuando echas de menos. Y, a veces, echas de más.

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Cuando disfrutas del sencillo arte de no hacer nada, sin necesitar nada más, tampoco a nadie más. Cuando buscas la felicidad en las cosas más sencillas; una tarde de lluvia, un paseo relajada por el zoco, una tarde sin parar en “lidara” esperando el reparto de la comida.

De cuando sacar una bandeja de cacahuetes, acompañando al té se convierte en una merienda excepcional, y además en un sitio especial, como puede ser el patio de tu casa, sentados toda la familia en unas esterillas mientras hacen cachitos de cartón para dar de comer a las cabras.

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Una vez, leí en algún sitio que cuando la felicidad está presente no hay tiempo de hacer fotos y mucho menos de compartirlas “subiendo” nada a ningún lado. No. No hay ganas porque ese lugar es nuestro. Eso es felicidad, paz. Y eso se vive, no se comparte. Y yo quiero volver a vivirlo. Y compartirlo. Andar sobre esas arenas que ya nos conocen, porque juraría que más de una vez nos intentan guiñar como diciendo volveréis, no os intentéis engañar. Y pasar la tarde como siempre. Sin más. A veces uno no necesito más que eso.

Porque no sé si la nostalgia es más un estado emocional o de plenitud. Si responde a momentos puntuales o está con nosotros de manera permanente. Pero lo que sí tengo claro es que la puerta que nos conduce a ella está más cerca de lo que pensamos. Y mientras nos sigamos ocultando tras la máscara del “si yo tuviera…si yo fuera…si yo estuviera…”, algo que llaman vida, la nuestra, irá pasando de la mano del tiempo sin que podamos hacer nada para impedirlo, siendo siempre tarde para recuperar lo perdido.

Por que cuando todo se reduce a la sencillez, a no tener miedo a casi nada, cuando toca andar descalza y despeinada. Cuando quieres como nunca y más que antes. Cuando estás ahí, y una sonrisa tonta se dibuja en tu cara. Sí justo ahí, cuando te das cuenta de todo, que no se si se llamará nostalgia o no pero ojalá un reencuentro, pronto.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Rodrigo Duque Estrada.

El sueño de Yassin.

Y se volvió soñador y quiso ser amigo de la libertad

 Y de la flor y del amor

Y quiso ser poeta en la ciudad

Y no encontró la luz del sol

Y mudo entre la gente se quedó.

“El Soñador” Jose Luis Perales

Dos de las cosas que más nos asustan en la vida son las decisiones y los cambios. No me digáis que no. Nos pasamos la vida retrasando el momento de decidir algo y aplazando ese cambio que tanto necesitamos pero que nos resistimos a llevar a cabo.

Hace no mucho os decía que creo que las cosas realmente buenas, las experiencias que dejan huella y marcan nuestra vida, no ocurren dentro de la zona de confort sino que hay que salir a buscarlas. Esto, no siempre resulta fácil. Todos tenemos una rutina, unos hábitos, unas costumbres que nos hacen sentir bien, personas cerca con las que nos gusta estar y que alegran nuestro día a día…

A menudo nos da miedo lo desconocido, probablemente de aquí salió el famoso dicho “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Nunca he entendido este refrán. ¿Y si lo que queda por conocer es muy bueno? ¿Por qué conformarse?

Como muchos de los que me leéis sabéis, que me encanta contaros vivencias, historias pero sobre todo me chifla acercarme a otras realidades, es una pequeña forma de escaparme de mi entorno y empaparme en otro mundo no lejano al mío y eso sí, un chute brutal de sencillez pero sobre todo de humildad. Del sueño de Yassin, os hablo:

     -Yassin vamos, que llegaremos tarde al colegio, YASSIN!

Era una mañana fría y aún teníamos que andar un buen rato para llegar al colegio, pero Yassin no contestaba, seguirá durmiendo pensé, así que decidí irme, pero justo antes de marcharme un balón sale disparado de la puerta de su Jaima.

     -Siempre igual, deja la pelota y vamos-.

Pero no, Yassin no dejó la pelota, no la dejó ni un día de su vida, le encantaba jugar al fútbol, hablar de fútbol, vestía siempre con la camiseta de algún equipo, daba igual si estaba rota o si no era de su talla. Cuando jugábamos los amigos algún partido, siempre hacíamos alguna que otra trampa para hacer que Yassin jugase en nuestro equipo, era la única manera de asegurarnos que nuestro equipo ganaba.

Después de muchos años corriendo tras el balón, Yassin se marchó a la ciudad de tindouf, es la ciudad Argelina más cercana a los campamentos de refugiados Saharauis.

Empezó a jugar en un equipo de la ciudad y rápidamente se dieron cuenta de su talento, tras un tiempo, Yassin ya era conocido por todos, pero tindouf no deja de ser una pequeña ciudad al sur de Argelia, por lo cual Yassin decide marcharse al norte del país, en busca de suerte y de que reconozcan su talento.

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Eso implicaba dejar aparcadas temporalmente algunas cosas, como el reencuentro diario con el grupo de amigos. Una decisión que tuvo clara desde el primer minuto ya que nunca se me le había pasado otra cosa por la cabeza que no fuera perseguir sus sueños. Una decisión, por otro lado, complicada después de todos esos años haciendo lo que más le gustaba, estar con su familia y amigos. Los que le conocen de verdad saben que el futbol es su pasión y su sueño desde niño.

Los primeros meses en la nueva ciudad no fueron nada fáciles para él, esta vez solo, sin dinero y lejos de aquellos campamentos donde creció, tuvo que buscar un trabajo para poder pagar el alquiler de una habitación y su sustento. Yassin, finalmente encontró trabajo en la construcción, un trabajo realmente difícil debido a las condiciones en las que trabajaban, se pasaba casi todo el día en la obra y cuando regresaba a casa, apenas tenía tiempo ni fuerzas para jugar al fútbol, para ser él.

Pero su constancia y su amor por el fútbol pudieron superar las circunstancias en las que se encontraba y consiguió ser fichado por un equipo de aquella ciudad. Un par de partidos jugados fueron suficientes para demostrar su valía y conseguir llamar la atención tanto de la afición como de sus compañeros. Pero, un nuevo revés vuelve a truncar su sueño, Yassin no tenía la documentación exigida para poder legalizar su condición de jugador en aquel club, motivo por el cual se vio obligado a dejar aquella ciudad y volver a los campamentos de refugiados.

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Fue entonces cuando nos volvimos a reencontrar después de unos cuantos años sin vernos, yo recién llegado de Europa para pasar unas cortas vacaciones en los campamentos y Yassin venia del norte de Argelia con su sueño casi truncado, en aquellos momentos desee poder haberle dado la oportunidad que yo tuve, pues estaba seguro que él habría llegado muy lejos de haber tenido la oportunidad de vivir en algún país Europeo, pero ya era tarde y eso era imposible. Lo animé a seguir luchando, me confirmó como de costumbre que siempre será así, nos despedimos. Hasta la próxima, hermano.

Un día, chequeando mis redes sociales, una noticia llamó mi atención, era un titular que aparecía en diferentes periódicos digitales, pero no es el titular el que me llama la atención, sino la foto que acompañaba aquella noticia, era la foto de Yassin. Minutos después y tras una corta búsqueda en Internet, veo que Yassin se encontraba en Mauritania, jugando en uno de los mejores equipos de aquel país. Era la estrella del equipo Mauritano FC Nouadhibou, y hacía un mes había sido fichado de forma oficial por la Selección de Fútbol de Mauritania.

Me entra una especie de ilusión, emoción y orgullo a la par por esta etapa en Nouadhibou que iba afrontar mi amigo, una ciudad por cierto, preciosa llena de rincones que estoy deseando descubrir algún día. He estado varias veces en Mauritania, tanto por turismo como por placer y siempre me ha llamado la atención la amabilidad de su gente. Y estoy seguro que Yassin, pronto se sentirá como en casa. Porque aunque siempre he creído que los hogares no los hacen los sitios, los hacen las personas, Nouadhibou, es una magnífica ciudad para crear un nuevo hogar.

Me encuentro, en una cafetería en el centro de Bilbao, tras pedir un café y sentarme en una de las mesas del fondo, en ese rincón que tanto me gusta, de allí puedo ver todo o casi todo el que pasa por aquella calle, es una especie de escaparte que se está de cine. De pronto, me llega un mensaje al móvil, es Yassin, me informa de que está en Túnez con la selección de Mauritania, tienen que jugar un partido importante allí, – mucha suerte Yassin, contesté, tragándome la sensación de orgullo en absoluto silencio, aquella que sólo se entendería con un abrazo. Aún así, en la distancia, me quedé reflexionando unos minutos, (con just give me a reason, de Pink de fondo) decidí ojear algunas fotos que había rescatado hacía poco de los campamentos, y en ellas como no, aparecía Yassin con el balón.

Hoy, haciendo un paréntesis en el blog, quiero sumarme al aplauso unánime de estos días en los que Yassin, ha vuelto a demostrar sus valores, su fortaleza, su saber estar, su generosidad, su humildad, su templanza, su nobleza…Una de las mayores suertes de la vida es compartirla con alguien a quien admiras profundamente. Yo tengo esa suerte. ¡Suerte amigo, te irá genial, estoy seguro!

De vez en cuando la vida afina con el pincel: se nos eriza la piel y faltan palabras para nombrar lo que ofrece a los que saben usarla.

De vez en cuando la vida Joan Manuel Serrat.

Gracias Taleb Alisalem por tu colaboración.

Benda Lehbib Lebsir.

Ella, estará bien.

Por favor no me empuje, me puedo caer; yo en mi nube estoy bien no me va a convencer, ya conozco unos cuantos que son como usted, que me ofrecen veneno cuando tengo sed.

Trozos de Cristal, Fito y Fitipaldis

 

Si me dejas, te contaré algo. Este verano, una conocida me quiso contar su historia, Fatimetu, me puso al tanto de un desgarrador testimonio, en un momento delicado bajo mi mirada inquieta y unos 52 grados, las telas de su estrenada jaima eran testigos de todo, incluidas mis lágrimas de impotencia.

Ella estará bien. Me dijo y rápidamente, la pregunté ¿de quién me hablas? Fati, para los amigos, conocida y muy querida en mi barrio, me habló de un sentimiento de vacío, de esa punzada en el corazón al confirmar que ya no va a volver, que de la misma manera que hace días pensaba en ella al igual que los largos 15 años que lleva sin verla, ya no volverá, pero que ella mantiene esa esperanza. “Cuando te aferras a lo imposible, siempre queda una pequeña ventana abierta al qué pasará por su cabeza? ¿Me echará de menos? ¿Se acordará de mí? Y pronto, toda esa seguridad, esa firmeza con la que me hablaba tan suya se desmorona, se hace añicos mientras yo apenas pestañeaba.

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En cuestión de segundos todo cambia, se abre ante ti una pequeña historia, una realidad, una nueva aventura, un nuevo capítulo en la historia de esa vida que ayer desconocías por completo. Pero no, para Fati, las cosas no cambian, aunque ahora lo único positivo que vea sean los recuerdos del pasado. Piensa, que está empezando a construir memorias para su futuro y que allí las verá con su hija de otra manera. Te lo digo yo, por cómo me miraba. Piensa que nunca va a dejar de sonreír, aunque por momentos su rostro se vea más serio de lo normal. La sonrisa siempre estará ahí, esperando a que quiera sacarla de paseo.

Sí, ese sentimiento de vacío que todos, en mayor o menos medida hemos experimentado alguna vez. Ese sentimiento de soledad, bien por cuestiones amorosas, amistad, cambios, quién sabe. Las posibilidades son infinitas y la salida solo una. El tiempo, que todo lo cura. El tiempo que borrará ese mal recuerdo, ese sueño “regulero”, esa experiencia para anotar y dejar en el cajón…Todo pasa y todo llega, eso me lo dijeron una vez. Y con eso me quedo. ¿Estás bien? La pregunté.

–Estoy pensando en mi hija, hace que no la veo 15 años, hace que no se de ella 6 años- cerró los ojos, y los abrió mirando hacia la puerta de su jaima, como quien busca una respuesta en el infinito, como quien espera algo que no acaba de llegar.

Y rápidamente me acerqué más a ella, traté de calmarla, la pasé un vaso de té. Y en ese mismo instante, se creó un silencio absoluto, que solo las cabras que por allí asomaban fueron capaces de romper con la situación.

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Por unos momentos empecé a pensar en mi madre, en mi padre, en mis hermanos, en ¿Qué sentiría mi madre en esa misma situación? ¿Iría a contárselo a cualquiera, en busca de contacto conmigo? ¿Lloraría con la misma impotencia que Fati? ¿Y qué pasaría por la cabeza de su hija para permitirse esa “tranquilidad” absoluta? De no saber nada, absolutamente nada de su familia en 6 largos años…

Pues bien, Fati habla de ese sentimiento que te contaba, léelo y dime qué piensas. Ella es sencillez, generosidad, hospitalidad, es sin duda una de esas mujeres de las que me encanta aprender un poco. Siempre dispuesta a colaborar en todo lo que tenga que ver con los jóvenes, cercana a los suyos, y amable a más no poder con los que no la conocen de nada. Sonriente siempre, y con un “salam aleikum” cruza medio barrio para arriba y para abajo, parando con quien se encuentra en el camino, preocupándose por todos. ¡Es admirable!

Dicho esto, estas son sus palabras literalmente, sé que te gustará, y seguramente al igual que yo también podrás sentirte identificad@ con el texto y como tú, otros muchos Al fin y al cabo la vida nos da este tipo de lecciones para que salgamos reforzados. Sí, lecciones de la vida, porque de todo se aprende. No lo dudes. Es urgente, buscar una solución a un problema como el de Fati, que los jóvenes que residimos en España no perdamos el contacto con las familias biológicas, que vayamos, les veamos, estemos con ellos, les disfrutemos y que nos disfruten a nosotros. Estar en España, no es sinónimo de olvido. Te dejo con ella, con sus palabras, seguro que acabas dándome la razón…

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“Ella estará bien. Si me preguntas cómo está no sabría que decirte … me culpo por sus lágrimas, de su soledad, de la mía y por no saber dónde estará. El tiempo siempre va para adelante, no para atrás, ella estará bien… Es una mujer fuerte, la he visto caer, levantar la cabeza, limpiarse las heridas y seguir caminando, aunque tiene una herida que sangra más por dentro…pero ella estará bien. O eso espero

Espero que no haya perdido la sonrisa, que se la ponga cada día y mire al espejo asegurándose de ello, a pesar de que sus ojos desvelan una tristeza escondida… lo sé, ese instinto maternal nunca engaña. Pero ella estará bien.

Te contaría que ha cambiado, que ya es una mujer pero te mentiría si te dijera que se pone su melhfa, que está rodeada de saharauis, que aún recuerda a su familia, que ha dejado de ser una cabezota, porque de pequeña era la más cabezona de todos.

Cuánto te mentiría si te dijera que ya no me acuesto cada noche pensando en ella…pero ella estará bien. Sabe desenvolverse con la intensidad de quien no tiene miedo, con la verdad de un niño, con la generosidad del peregrino. Fíjate si no sabe de nosotros, que hace poco, un conocido de la familia la encontró por las redes sociales y cuando la mencionó su familia no volvió a hablarle.

Hay algo que me preocupa, el día que ya no hable más de ella porque sepa que no quiere saber nada de mí, ese día… ¿estaré bien yo?”

“La vida es para quien se conforma.
La poesía,
para quien sueña y desea…
y no tiene miedo de contarlo”

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: Westernsahara

 

El viaje sin destino.

Prometo que no pasarán los años
Arrancaré del calendario las despedidas grises
Los días más felices no han llegado
Te prometo olvidar mis cicatrices
Y devolver lo que he robado
A tus dos ojos tristes

– Prometo- Pablo Alboran

Al suroeste de Argelia, un manto de jaimas y algunas construcciones de adobe se empeñan en negar al desierto su terca condición de inhabitable. Son los campamentos de refugiados saharauis, en la región Tinduf. Un vasto asentamiento que constituye el destino del pueblo saharaui desde 1975. Y el lugar donde Jamida, ha podido formar su propia familia, compuesta por seis niñas y un niño, a los que diariamente intenta inculcar los valores de su cultura, sus tradiciones pero, sobre todo, la historia de su pueblo.

Lejos de su tierra, han aprendido a construir ese conjuntos de hogares; escuelas o dispensarios, etc. Que operan bajo un sistema comunitario y que recibe el nombre de Twisa. Todo es provisional, no hay calles ni aceras. Y las diferencias en el nivel de vida entre los saharauis son apenas perceptibles.

Mujeres y niños componen el pilar de la población en los campamentos. Juntos cuando el sol decrece y descuida su vigor van sumándose al compás para hacer posible una realidad contraria a cualquier premisa lógica.

Durante estas cuatro décadas, en el exilio, han moldeado el barro con sus manos, levantado habitáculos y jaimas para sus familias. Hoy en Tinduf sus vidas se adaptan a una vida ordenada y lenta en la que todos tienen asignadas sus tareas, de esa forma, van tapiando las heridas que dejó la guerra y que hoy corrobora la distancia.

Su trabajo y sus vidas son precisamente anónimas, no reciben ningún salario y dependen por completo de la ayuda que prestan los organismos internacionales. Desde esa tierra exigente e inhóspita, han visto crecer sus hijos y con ello un nuevo país que no llega cubrir con dignidad sus necesidad. Con todo, el pueblo saharaui y fundamentalmente sus mujeres, han hecho de un simple fogón, bidones y rudimentarios objetos, un convenio de fe e imaginación que les ha permitido iniciar el dialogo con cada jornada.

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Como las esteras y las alfombras de sus jaimas, las arenas de la hamada siguen viendo nacer a sus hijos. Asisten cada tarde a la ceremonia del té, a la telenovela, a los bailes tradicionales, etc.

Las primeras horas de luz, convocan de nuevo a los saharauis frente a la rutina cotidiana, recoger agua de contendores de metal, ventilar las alfombras, hacer la colada o preparar la comida, no serán nunca titulares de la prensa internacional.

Con la caída de la tarde, afloja el calor, y los saharauis asoman espabilados de sus jaimas para convertir la gigantesca planicie en un lugar habitable. Contra todo pronóstico, lo consiguen. Intercambian sonrisas, dramas, juegan al futbol, y charlan para rescatar confidencias o noticias procedentes del Sahara Ocupado.

Los desplazamientos entre las Dairas se realizan habitualmente a pie, los vehículos son escasos. Al estado decrepito de los vehículos debe añadirse la falta de pistas, y solo la trazada ambigua de otros coches hace suponer que por ese mismo espacio infinito ha podido circular alguien antes.

Han pasado tantos años y tantas cosas que no sabría por dónde empezar, sentencia Jamida, entre lágrimas. Tengo tantas cosas que contar, tantas historias que te sorprenderías al conocer algunas, otras te entristecerían y con las de más allá reirías a carcajadas, seguro. Como me hubiera gustado a veces que no hubiera pasado lo que pasó. Que ese día, ese, sé que hubiera cambiado el rumbo de todo, que hoy no estaríamos aquí y por supuesto que todo hubiera sido mejor. Seguro.

Apenas tenía cuatro años y no recuerdo el día en que dejé atrás a mi madre y mis dos hermanas mayores. Sí recuerdo-y con mucha exactitud- que fue una noche larga, de las que pasarían desapercibidas excepto por eso mismo: porque comenzaron a ocupar todos mis pensamientos. Ansiaba verlos de nuevo, sentirlos; es como si estuviera esperando ese instante viéndolo venir, teniendo la sensación de que solo había pasado, que solo había sido una pesadilla… pero una pesadilla que nunca llegó a terminar.

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Mi infancia fue tremendamente extraña, aunque, en realidad, lo que tengo son recuerdos, memorias puntuales que, probablemente, son los que han marcado mis días, mi conducta y hasta parte de mi personalidad. Desde entonces mi raíz sigue allí, y yo sigo aquí, en medio del desierto más inhóspito del planeta. ¿Lo ves, verdad?

Recuerdo ser muy pequeña cuando con un vestidito negro que me había cosido mi madre, percibí cómo mi padre nos sacaba de casa, casi a escondidas, aquella oscura noche, en mitad de un ambiente totalmente desolador. Todos los vecinos gritaban desorientados, perdidos en mitad de miles de incógnitas sin resolver; niños, mujeres y ancianos corríamos a la deriva sin saber a dónde íbamos, buscando refugio donde fuese. No disponíamos de ningún tipo de transporte y solo pudimos salir con lo puesto. Todo se desarrolló en cuestión de segundos.

Mi madre se quedó en casa, asomándose desde la puerta con su oscura melhfa y allí permaneció, como quien quiere irse y quedarse a la vez. Años más tarde, me contaron que se quedó para reconocer e identificar a mis hermanas que habían desaparecido. Tengo la escena dibujada en mi mente desde entonces.

Esa mirada, esa rabia que se va transformando en impotencia, según quién la reciba, son como puñales que se clavan en lo más profundo de mi ser y, ahora, en el ser de mis hijos. Eso que dicen el tiempo pasa y algún día todo acabará, hasta cuándo ya no me importa, no me preocupa -o, al menos, no demasiado-, ese ni frío ni calor, ni bueno ni malo,…nada. ¿Ves cómo es profundamente triste?

Vivir el exilio con tan solo cuatro años… Puede que suene rotundo e incluso cruel pero la impotencia, en muchas ocasiones, me ha provocado el sentimiento de sosiego más profundo. Una sensación difícilmente explicable, una sensación similar a la de haber superado una prueba, haber llegado a la meta, haber cruzado la barrera de todo tipo de dificultades…Y, de pronto, te sientes por encima de todo esto. Lo ves a otra altura, con otra perspectiva…de otra manera mucho mejor, si cabe.

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Los días pasaban como si tuviesen más de veinticuatro horas, era interminable aquel viaje, no lográbamos ver señales. Algunos ratos íbamos andando, otros nos llevaban entre familiares a hombros para poder avanzar y así, poco a poco, hasta que por fin dimos con el lugar “exacto”.

Recuerdo contarle a mi tía Mariam, que ella se apropió perfectamente del papel de madre durante ese tiempo que yo iba de viaje a ver mis tíos y que teníamos que volver en seguida a casa. Te prometo que esto lo recuerdo con total perfección. Realmente, dudo mucho de que una niña tenga conciencia real de lo que significa tener que separarse de su madre o que nunca más la volvería a ver, como fue mi situación. Pero el caso es que yo lo iba contándolo a quien tenía a mí  alrededor y quería escucharme. Aquello, para mí, solo era un viaje.

Un viaje duro, largo y con escasos recursos. Afortunadamente supieron hacer frente a esas difíciles condiciones, sobre todo para los niños. No había escuelas, ni hospitales, ni nada. Solo arena.

Fueron las mujeres, entre ellas mi tía, quienes se encargaron de realizar las primeras construcciones. Su prioridad era la educación y así, en cuestión de poco tiempo, ya pudimos recibir nuestras primeras lecciones.

Mi colegio tenía unas dimensiones descomunales para los ojos de una niña de cuatro años. Las aulas, rodeadas de arena y de estructura circular, daban a un patio inmenso, donde pasábamos gran parte de la mañana. Recuerdo sus puertas azules y grandes ventanales.

Disponíamos de una especie de salón de actos donde nos juntaban a todos los niños del colegio. Allí aprendíamos canciones tradicionales, cantos a la Libertad e intercambiábamos pequeñas lecciones que aprendíamos horas antes. Recuerdo a la señorita Fatma, profesora de Lengua Castellana: no he tenido una profesora que impusiera más respeto y autoridad que ella, ni siquiera en la universidad.

Fatma interrumpía el descanso en el patio con un silbato para exigir orden: normas casi militares. Una vez en el aula, repetía la lección tantas veces como considerarse necesarias. “Las vocales”, gritaba al otro lado del aula para que algún compañero se pusiera de piey las cantase en voz alta. Era bastante complicado seguirle el ritmo pero también era la única manera de que aprendiésemos las lecciones.

El primer día de clase nos daban una hoja que teníamos que dividir entre ocho niños. Apuntábamos con lápiz las lecciones y las borrábamos semanalmente para tener espacio para la siguiente lección. Otras veces, sin embargo, intercambiábamos los trozos de hojas entre los compañeros y cada uno se encargaba de cuidar el prestado. Evidentemente, una técnica de aprendizaje cooperativo.

Fueron pasando los meses, los años… finalicé mis estudios de primaria y, para seguir formándome, tuve que ir a Mustaganem, una pequeña provincia de Argelia, a unos 1.200 kilómetros de mi entonces “casa”. Allí pude completar mi formación académica, porque mi objetivo era ser maestra de Lengua Castellana pero adaptándome a las innovaciones dentro del Sistema.

Y aquí estoy -justo aquí- y me surge la pregunta, ¿existe una sensación más triste que la indiferencia hacia algo? Creo que es el sentimiento más penoso que hay. El último de la lista, el que nadie quiere. Cuando algo llega a ser indiferente para alguien es que ya no importa, no sirve. Y sí… eso es triste hasta la saciedad. Y no es mi caso. Yo quiero ser libre.

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¿Sabes una cosa? He dejado de contar las veces que hubiera querido que mis hijos no nazcan aquí. Pero siempre me pasa lo mismo en estos casos… no te imaginas lo que me cuesta creer que seguimos en esta situación. Que no veré más a mi madre porque hace dos años falleció. Ese sentimiento de dolor interno, de desesperación en ocasiones, eso no cambia por mucho tiempo que pase. Permanecerá, siempre.

Es esa sensación de indiferencia la que hace que sigas mirando al frente, sin abandonar tu paso firme tan característico, sin mirar atrás. Aquí se viene para ir hacia adelante. Tampoco se trata de caer en el olvido, aunque en ocasiones llegas a rozarlo.

Sin embargo, cada día acudo al colegio “Malik Mohamed Lamin” donde soy maestra desde hace más de diez años y veo a las nuevas generaciones, mis niños, sus ilusiones, metas y sueños. Rápidamente me viene a la mente aquella niña feliz, más bien tranquila, de carita redonda, morena y pelo lacio. De ojos abiertos oscuros, despierta, atenta. De gesto serio por naturaleza pero con la sonrisa dispuesta en cualquier momento. Tímida. Delgaducha. De manos pequeñas. Y es que estoy segura de que esa niña no se diferencia demasiado de quien soy hoy en día.

No hay día que no rememore esos oscuros días y piense en mi madre, en mi niñez. Y en seguida me doy cuenta de lo inocente que se ve la vida a través de los ojos de un niño, como el caso de los refugiados saharauis de mi generación y, ahora, la de mis hijos. Hace poco leí que ser adulto significa saber en qué momentos puedes ser un niño y en qué momentos no. Y es que yo volvería a ser niña…¡Sin dudarlo!

Ese instante justo en el que hablas de historia, ese mismo hay que cogerlo fuertemente y no dejarlo escapar. Ese momento que hay que compartir con todos los niños. Que sepan de dónde vienen pero, sobre todo, a dónde van. Resistencia, suelen llamarlo por ahí. Yo prefiero hablar de dignidad. Y compartirla. Con ellos, porque es de todos ellos, sin ninguna duda.

Mientras tanto, mi cara dibujaba una tímida sonrisa de satisfacción, de orgullo, percibía todas las cosas que habían cambiado desde entonces. De cómo habíamos cambiado en estos años. Sobre todo nosotros, la generación que hemos nacido en el exilio, que no hemos conocido nuestra tierra. Los hijos de las nubes. Todo igual, pero diferente, desde luego.

Es entonces, cuando te das cuenta de que lo que estás dispuesta a compartir, a enseñar pero, sobre todo, a aprender de todas esas emociones, sentimientos o vivencias de lo más cotidianas que deben contener eso, solo eso, magia. Parece sencillo, aunque en ocasiones no lo es del todo. Quieres despertar “algo” en el que te escucha y ese “algo”, a veces, parece estar más lejos de lo que te gustaría. Porque enseñar puede enseñar cualquiera, aprender puede aprender el que se lo propone. Pero enseñar y a la vez aprender…¡Eso es tan solo de los valientes!.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías:  @westernsahara

Balance de un buen año.

Tengo la pena amaestrada, la nostalgia a pan y agua, y no,
no les dejo que se suban ni al sofá ni a la cama,
comí comas, comí libros, entraste en mí como un virus,
pasaste como las modas, saliste como un suspiro

Finisterre, Rayden

 

Antes de irme unos días de vacaciones para despedir el año y celebrar estos días como se merecen, ya saben, comiendo mucho y bien y rodeada de las personas que quiero, me gustaría hacer balance de este 2017 que, aunque no ha estado nada mal, siempre, como todo en esta vida, se puede mejorar. Porque cuando los días apremian a final de mes, toca hacer memoria y repaso de todo lo acontecido y, sobre todo, de lo que he aprendido. Porque hay momentos en los que te das cuenta que esto de la vida es un aprendizaje constante, que hay que mantener los ojos bien abiertos para no perdernos ninguna escena de la película porque luego nos preguntan y debemos saber qué contestar. ¿Sabes de lo que te hablo, verdad? ¡Allá voy!.

 

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Os diré que el 2017 ha ido de seguir saboreando los pequeños momentos. Esos de los que está hecha la felicidad. Esos que tanto me gustan. Ha habido mucho de esto y eso es una gran señal.

Ha supuesto un año de lucha constante, de resistencia, y de que la causa saharaui siga sumando apoyos y reconocimientos internacionales. Ha sido, un año clave, como los otros 41 años de dignidad que llevan a cuestas el pueblo saharaui, empezando por tradicional Maratón en pleno desierto, que ha reunido como otras tantas ediciones a miles de simpatizantes de la causa, que allí dejan la huella de compromiso con el Sáhara, y con el pueblo saharaui.

También, ha sido un año de Vacaciones en paz, gracias al cual miles de niños y niñas tuvieron el privilegio de pasar unas vacaciones alejados de los 56 grados de temperatura que pueden alcanzar en los campamentos. De que los que estudiamos, trabajamos, etc. hayamos podido abrazar a los nuestros. De manifestaciones, obras de teatro, festivales de danza, de cultura, de arte, de recogida de material escolar, sanitario, de higiene, etc. De caravanas solidarias, de reuniones con socios.

De charlas, de conferencias, de carreras, mercadillos solidarios, estirando al máximo todo tipo de actividades porque la excusa sea traer un niño más este verano. Ha sido un año intenso de venta de materiales, de loterías, de coloquios, de presentaciones, de calendarios solidarios, etc. Seguro que os suenan todas y cada una de esas actividades que siempre llevan la bandera saharaui de fondo.

Pero también, ha sido un año de afiliaciones de amigos, conocidos, vecinos, etc. De firmar convenios, de quedadas bajo el lema “lo que une el Sahara que no lo separe nadie”. De fisahara que una vez más representó la voz del pueblo saharaui en la pequeña pantalla,  de viajes de delegaciones, de  comisiones, que desinteresadamente han ido a los campamentos a aportar su pequeño granito ¡y que granito!. Y seguro que se me escapará algo, desde aquí, gracias.

Gracias, una vez más por sumar, por estar, por apoyar. Por ser la chispa que le da vida a la causa saharauis lejos de los campamentos. Gracias por seguir creyendo en la digna lucha del pueblo saharaui, en no dejarnos caer en el olvido, en seguir trasladando nuestra voz a cualquier rincón, de llevar por bandera su lucha, tu lucha, nuestra lucha. Gracias, por hablar con los tuyos, y con quien sea del pueblo saharaui, de “tu niño”, de cuándo viene, de cuándo vas a verlo, y conocer su familia, de cómo viven y cómo resisten. Desde aquí gracias, y por supuesto contamos contigo en el 2018,y en todos los que vengan.

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En lo personal, tampoco ha sido mal año la verdad, me ha servido de asentamiento, de confianza, de conocerme más si cabe, de saber lo que quiero, cómo lo quiero y a quien quiero. De plantear ciertos retos y metas que perseguir. Un año en el que mi gusto por la escritura ha pasado a ser casi una necesidad, una forma de vida. Un año tranquilo, sereno, pausado y relajado. Un año de madurez. Este año también ha ido de viajes. De conocer lugares que me han enamorado por completo y a los que, seguro, volveré.

Un año de segundas visitas, y ansiados reencuentros. Un año de turismo gastronómico con compañías insuperables. De encuentro con el mar y esa cala de mis amores. Un año de sobredosis de los campamentos de la buena. En este año han venido al mundo pequeñas personitas a las que quiero sin que ellos lo sepan todavía.

Amigos que son familia con hijos que son sobrinos. Un año de conocer personas increíbles, de re-conocer a otras que te encandilan y de reafirmar a esos que son para siempre. Un año que ha ido de cafés y tés que terminan en cenas. De largas confesiones bajo las estrellas. De conversaciones profundas sobre temas livianos. De andar descalza siempre que se pueda. De sonreír, aunque levante ampollas. De mirar. De admirar. De buscar. Y de encontrar. De slowlife como filosofía, y ya lo dicen en mi pueblo “no hay prisa, ni quien nos la meta”. Y el principio de muchas cosas. De noticias inesperadas. Un año de mezclas bonitas.

 

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Un año para seguir planeando. Y soñando. De abrazos sinceros. De miradas cómplices. De sonrisas secretas. De mensajes encriptados. Y, amigos, hasta aquí mi balance. De lo bueno y lo malo, de lo superfluo y lo eterno. De lo hallado y perdido. De todo y nada. Que este blog me sigue dando el enorme privilegio de conocer a personas increíbles, con proyectos increíbles y, sobre todo, con muchas cosas que contar. Que las noches en pleno desierto, o en Palencia o donde sea, están para que la magia hable. Que pase lo que pase mañana, siempre tendremos hoy. Y que así como termine este 2017 empezará el siguiente. Por eso, estoy convencida de que 2018 traerá cosas para el recuerdo. Apuntadlo, no miento. ¡Qué ganas te tengo 2018! Nos seguimos leyendo el año que viene. Prometido

En definitiva, han sido unos 365 días que han dado para todo eso y más. Ahora, me siento a esperar el siguiente, que le tengo muchas ganas, a abrir el libro en blanco con el que empezar a escribir otra historia o a continuar con la misma, quien sabe. Pero para eso hay que esperar a que den las 12 del día 31. Si queréis acompañarme yo encantada, al fondo siempre hay sitio. Mis mejores deseos para el 2018 ¿Preparados? Esto empieza. Gracias por estar ahí.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Isalmu Lbar.