La generación del exilio.

Que hable sin pensar las consecuencias,
Que digas tu verdad,
aunque lluevan piedras.

Que no pierdas esa fe
Que hoy es eterna,
Esa forma de no ser consciente de ella.

Pequeña gran revolución -Izal-

A lo largo de estas últimas décadas, ha brotado una nueva generación de jóvenes que, motivados por la aventura y el conocimiento (y ayudados un poco por las nuevas tecnologías), han levantado las anclas de sus tierras y se han lanzado a recorrer el mundo. Tal  ha sido su recorrido, que hoy en todos los rincones del mundo hay quien orgullosamente lo dice “soy Saharaui” cuando le preguntan de dónde es. Y que bonito suena, de veras.

Generalmente, son educados, críticos con todo lo que los rodea, han pasado por el muelle del sistema y no han quedado satisfechos con algunos de los principales pilares que lo sustentan. Por eso vuelan, queriendo o sin querer pero no hay quien los pare. Son inteligentes, respetuosos, han perdido el miedo a los cambios y han desvalorizado las posesiones materiales. Se trata de gente libre, independiente, que aprecia la compañía y también la soledad. En ocasiones les han llegado a bautizar incluso por gente hecha de otra pasta o todoterreno.

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Jóvenes que priorizan el tiempo frente al dinero, y que invierten todos sus recursos en busca de nuevas experiencias. Amables, predispuestos a compartir momentos con desconocidos y aprender cualquier actividad, sin restricciones de género ni prejuicios de clases. Les educaron para enfrentar las adversidades y crecieron a pasos de gigantes.

Son los miles de jóvenes, que nacieron en el lugar equivocado. En  el rincón más inhóspito del planeta, mamaron de la sed de rabia de aquellas mujeres que levantaron el Campo de Refugiado donde habitan tras cuatro largad décadas. Nómadas por naturaleza, son la generación del exilio.

Estos revolucionarios, porque lo son, admiran la naturaleza porque en sus genes tienen ese don beduino, y saben que el bienestar siempre se halla cercano a ella. Flexibles con los horarios, a veces incluso demasiado, y con los demás, defienden que nada ni nadie debe alterar su equilibrio emocional. Y mira que es difícil, pero ahí están como si nada.

Personajes estables, que no necesitan constantes halagos para motivarse, e inventan su propio destino en base a sus gustos y aspiraciones. Sin apegos, acostumbrados a las despedidas, y saben que los héroes fenomenalmente trascendentes existen, pero sólo en las películas. No idolatran, pero sí admiran.

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Conciben la temporalidad como un hilo que enlaza esfuerzos, descansos y pequeñas recompensas. No compiten con nadie, se alegran de los méritos ajenos, y tratan de mejorar sus aptitudes. Aprecian la pureza de los espacios naturales y se sienten atormentados cuando alguien quiere pasarles por encima sin que medie el respeto. Aman la justicia, la autonomía, y aborrecen la arbitrariedad. Son guerreros que luchan contra la desigualdad y, aunque no presumen de sus cualidades, el carisma que les regala la experiencia, hace resonar sus contundentes mensajes.

Esta generación nómada, que no lo ha tenido nada fácil, es una pequeña porción humana que rompe los esquemas. Constituyen una masa en auge, que no está dispuesta a vivir la dura vida que los suyos ya han vivido. La revolución está proclamada, y ellos son parte de los luchadores que cambiarán el rumbo de las futuras generaciones. Son el preludio, el prólogo del libro que aún está por escribirse, por que como decía Rubén Darío “para qué querré yo la vida, cuando no tenga juventud”.

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: Marcelo Scotti.

 

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Acuérdate, y que no se te olvide.

La respuesta siempre será así
No hay alternativa
Si la hubiera no me gustaría
Mira la ciudad por la ventana
De la cafetería
Y me dice que sonría.

La mujer de verde – Izal-

Acuérdate de cada viaje alrededor del mundo, horas de vuelo, en barco, en coche, andando. La cantidad de maletas que has hecho y deshecho en cuestión de segundos. Acuérdate de cada recóndito lugar descubierto, cada imagen clavada en tu memoria, las nuevas amistades y la sensación de paz que uno encuentra al darse cuenta de que nadie vive las experiencias como tú las estás viviendo ahora mismo.

Acuérdate de cada uno de tus primeros pasos: los que te han hecho llegar donde estas. La primera vez que viniste a España, la colección de tus primeras fotos, aquellos carretes que revelabas con tanta ilusión. Acuérdate, y mucho de los primeros chapuzones en la piscina con aquellos manguitos que al principio te daban miedo y con el paso del tiempo se convirtieron en tus mejores aliados.

Acuérdate de las primeras caídas en bici. De tus familias, los que tienes allí y los que tienes aquí. De la familia que has escogido, tus amigos, aquellos que te eligen a ti antes que a los demás. Acuérdate de los que decidieron marcharse sin mirar atrás, ellos también dejaron su huella.

Acuérdate de aquellos que se fueron de esta vida, los que siguen tus pasos y cuidan de ti sin que tú te des cuenta. Y por supuesto, acuérdate de aquellos que siguen a tu lado, los que están por y para siempre, los que no tienen ningún “pero” detrás de frases como “estoy aquí, cuenta conmigo”. Pero sobre todo acuérdate, de aquello que te hizo ser quien eres hoy.

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Acuérdate de los pasos que vas dando, recuerda que lo importante es el camino y nunca la meta, como nos quieren hacer creer. Acuérdate de cada vez que te dijeron “no podrás” y tú sabías que sí, y lograste todo lo que te propusiste. Porque ya lo decía Paulo Coelho “sólo hay una cosa que hace que un sueño sea imposible de lograr: el miedo al fracaso”.

Acuérdate y mucho de la arena que dejaste atrás, del calor bajo ese sol esplendido, de la luz entrando por la ventana, de cada atardecer y cada madrugada, de cada paseo bajo la luna y las mil estrellas, y que te conste que no todos tienen la misma suerte de ser de donde tú eres. ¡Ah¡  y que no se me olvide recordarte que no se te olvide nunca, que uno es más del donde viene, que del dónde va.

Acuérdate de cada sonrisa robada, cada abrazo conseguido, cada lágrima derramada. Acuérdate (siempre, siempre) de tus padres, tus hermanos, tu familia. De su esfuerzo por ayudarte a cumplir tus sueños, por intentar que seas feliz. Pero sobre todo, acuérdate de que siendo feliz tu que lo sean ellos también.

“Un viaje de diez mil kilómetros empieza por un solo paso”

Benda Lehbib Lebsir

Fotografía: Víctor Jiménez

Volviendo a la rutina.

Ya dependo de no depender de na´, 
si supieses lo bonito que es a veces
acertar,
cuando aprendes que el paisaje
también tiene nubes grises
es el momento perfecto para empezar
a volar.

Esencial, Beret

Volver al lugar donde fuiste feliz. De donde nunca querrás irte. Donde nunca te dejarán marchar. Volver. Volver después de, meses o años, da igual cuando sea, pero siempre, volver.

Volver donde jamás nada volverá a ser lo mismo o puede que nada cambió demasiado. Volver y seguir siendo la misma, y que los demás sigan siendo los mismos. Como si nada hubiera pasado. Como si el tiempo se hubiera detenido con la única diferencia de que en eso no tienes razón, y por desgracia ha pasado y mucho. Aún así, vuelves.

Volver a tus raíces. Volver a tu pasado, si se puede llamar de ésta manera a un pequeño puñado de años acumulados sobre tu espalda.
Volver para recordar, para traer al presente el sabor del pasado. Momentos que no volverán para ti, pero que en otros se están produciendo justo de la misma forma. Porque, al final, nada cambia, todo vuelve, todo es, todo será. Y al fin y al cabo todo será cuando tenga que ser.
Volver siempre. Una y otra vez. Un año tras otro. No olvidar. Sí recordar. Pisar donde saltaste. Andar lo caminado. Y respirar aquello que siempre será tu mundo. Sólo tuyo. De nadie más. Así de simple, por eso vuelve, cuantas veces necesites, cuantas veces consideres. Pero sobre todo, vuelve.

Este verano, he vuelto a esos lugares tan mágicos, tan especiales y tan intensamente míos en los que soy capaz de abstraerme de prácticamente todo lo mundano y volar allá donde mi imaginación y mi mente deseen. Puedo hasta viajar en el tiempo…para que luego no lo quieran llamar magia, ¿En serio?

Por eso siempre vuelvo a ese desierto, a ese mar en calma, a ese rincón escondido que sólo algunos privilegiados conocemos, los que nos conocemos. Porque de pronto ves que, aunque pasen los años, los meses y los días, todo continúa sin apenas alterarse y que eres tú la que cambia, evoluciona, da vueltas, vive experiencias, se cae, se levanta, llora, ríe, espera y desespera…. Sólo tú, ¿te das cuenta de eso? Cambias mientras ese lugar permanece inerte, sin apenas moverse, esperando un nuevo regreso. Año tras año. Verano tras verano.

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Y, de repente, todo parece ir a otro ritmo, bajo de revoluciones, reduciendo la velocidad, de forma lenta, muy lenta. Y una vez más te ves allí, mientras aquel sol vuelve a aparecer como cada amanecer a la misma hora para ponerlos a prueba durante horas de esa forma tan extraña. Tan particular. Y como sobreviven de veras. Como todo…vuelve.

Miras a la gente a los ojos y son los mismas que los de ayer y, probablemente, serán los de mañana. Te saludan, y se van como si nada, como si un “hasta luego” se estirase tanto con la intención de volverte a ver, de que vuelvas, y así todos los días. Las mismas personas. La misma luz. La misma sensación de paz que respirabas hacía meses vuelves a sentirla hoy. Y así será siempre. Nada cambia, todo vuelve.

Porque, insisto, la única que cambias eres tú. Tus circunstancias. Tus vivencias… y tus experiencias. Y resulta que todo lo que necesitas es regresar a ese, a esos lugares que no cambian nunca para coger impulso, para respirar profundamente mientras cierras los ojos y te cargas de energía y buenos pensamientos, algo imprescindible para seguir adelante. Para evolucionar. Para convencer y convencerte de que todo, absolutamente todo pasará y eso que tanto ansías llegará cuando no lo esperes. Porque así ha sido siempre y no encuentras el motivo por el que ésta vez no vaya a funcionar del mismo modo.

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Y una vez más, estás volviendo a coger aire, impulso y pulso para afrontar los nuevos retos que te esperan en la siguiente hoja del calendario, los que sabes de antemano y los que la vida se encargará de ponerte en el camino.

Y vuelves de nuevo a reafirmarte en la idea de que ese es tu sitio favorito. Al que siempre sentirás la necesidad de volver cuando todo haya pasado, cuando no quede nada o cuando todo esté por hacer. Porque tú podrás moverte pero ese lugar siempre, siempre, te estará esperando. Por eso vuelve, te lo aconsejo yo, y te lo dirá el tiempo.

 

Benda Lehbib Lebsir.

 

Refugiada, sin quererlo.

“Estábamos, estamos, estaremos juntos. A pedazos, a ratos, a párpados, a sueños”

Mario Benedetti.

No quiero ver tu cara de pena, aunque es lo que todos esperan cuando miras a una refugiada. No quiero que me digas nada; absolutamente nada. No necesito que me cuentes lo que piensas de mí, ni si quiera que me preguntes cómo he llegado hasta aquí, porque eso no importa. Si tuve frío o si pase hambre. Si me sentí sola o tuve miedo son cosas que me guardaré para mí porque no quiero tu compasión.
No tengo ningún problema contigo. Ni con tu gente o tu país. De hecho, mi problema es que, como sabrás los refugiados no venimos del lujo, no huimos de ningún paraíso. Tampoco venimos a tú país a robar tu pan ni tu sanidad. No venimos a que nuestros hijos se sienten al lado de los vuestros en la misma mesa en un colegio y a que los miren de reojo como si hubiesen caído de otro planeta. No son afirmaciones remotas créeme, son verdades de calle, de lo que tú y yo podemos oír día sí y día también.
Sé que me entenderás, si te digo que soy hija de la resistencia. Soy Saharaui, y desde que tengo memoria, mi hogar solo fue un trozo de tela expuesta en la nada, mi piel una cicatriz y mi esperanza una Caravana humanitaria. ¿y sabes una cosa? jamás conocí a nadie más valiente que mi gente. Te lo digo de verdad.
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Ser una refugiada no es mi identidad. No. No te equivoques. Es una circunstancia que otros me han impuesto. Nací en el lado equivocado de una frontera dibujada por manos ajenas al sufrimiento. Nací en el lado de los dignos, de los que llevan cuarenta años esperando justicia. Cuarenta años peleando porque la siguiente generación logre lo que nuestros abuelos no lograron: Una vida sin hambre. Cuarenta años esperando un parque para sus niños, una universidad para sus jóvenes y un retiro digno para sus mayores. Nací en el lado de la esperanza, porque el desierto nos ha enseñado que ese, es el mayor tesoro.
¿Sabes tú lo que es creer en los imposibles?¿Que se pongan malos tus hijos y tener que recurrir a remedios caseros porque el hospital más cercano no tiene absolutamente nada que pueda salvar la vida de tu pequeño?¿Tener que temerte siempre lo peor? Ojalá jamás tengas que conocer esa sensación. No te lo deseo.
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¿Y sabes que es lo mejor de todo eso? que amamos la vida. Amamos cada día como un regalo. Amamos a nuestra gente, nuestra risa, nuestras ganas de vivir. Amamos cada minuto que nos permite aprender de la vida. Y lo mejor de todo que valoramos y apreciamos cada gesto de cariño que recibimos.
Ahora que lo sabes todo no te imaginas la de veces que he tratado de demostrar que ser un refugiado no es más que una etiqueta. Pero la triste dura y maldita verdad está ahí. Cada refugiado es más que un nombre, una cara o una huida hacia adelante. cada refugiado es una historia de esperanza, es una familia que espera, cada refugiado es una carta que nunca acaba de llegar. Por eso, hoy he decidido dejar de callar y hablar. Esta es mi historia y creo que merece ser contada. Más que por mí, por todos ellos. Por todos los refugiados de las mil injusticias de este mundo. Tengo la esperanza que desde hoy, cada 20 de junio sea algo más que una fecha del calendario. Tengo la certeza que cada 20 de junio sentiré que me lees, me comprendes, y una pequeña parte de ti se siente como un refugiado más.
“Los refugiados no tienen otra elección, tú sí. Ellos, lo único que quieren es volver a casa”
Benda Lehbib Lebsir.
Fotografías: Víctor Jiménez .

El otro vacaciones en paz.

Con amor y paciencia, nada es imposible.

Daisaku Ikeda

Qué gran frase. Ayer, una vez más, volví a escuchar esa frase. No queda nada y les tenemos aquí. Puede que hasta resulte ser una frase cualquiera. Pero, en realidad, tiene mucho más valor del que podéis llegar a imaginaros. Y no para la familia acogedora, que también, sino para los niños y niñas que esperan ansiosos su época estival que rompe literalmente con su rutina y monótona vida de refugiados. Es su sueño más fácil de alcanzar dentro de los miles que cualquier niño se propone.

Esta vez no soy yo la que viene. Esta vez no seré yo una de esas personas a las que iba dedicada esa frase. Esta vez no seré yo esa que estaba muerta de calor, quizá por los nervios, o quizá por ese calor que realmente hace en los campamentos de refugiados. Tampoco seré yo una de esas personas que, en silencio, pensaba en todo lo que dejará atrás. O en todo lo que aún está por venir. También.

Esta vez no seré yo una de esas que cuenta las horas comiéndose las uñas porque es cierto, ya no queda nada para tenerlos aquí. Ni siquiera seré yo la que suba al camión entre lágrimas de emoción y un puñado de nervios mientras se gire a despedir a su madre, como quien se va pero con la certeza de volver, y de volver pronto. Y lo más difícil quizás sea ese momento de sentirse comprometida a hacerle caso a todos y cada uno de sus consejos que a lo largo de esos días habría repetido más de una vez.

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Tampoco seré yo la que sonreía en la típica foto en el aeropuerto una vez que aterrizan en España tras más de doce horas de viaje (en el mejor de los casos) con todos aquellos que te acompañaron en ese recorrido tan sumamente largo, por que se hace eterno, creedme. Esta vez no, esta vez lo veo todo desde fuera.

Y no tengo palabras. Es exagerado los pelos de punta en más de un momento conforme se va acercando el día de su llegada. No sé si es por el recuerdo a cuando yo estaba allí. O por la felicidad de verlos llegar con la misma ilusión con la que llegue durante siete veranos consecutivos. O también, por todo lo vivido en aquel mismo escenario, mismas vivencias, mismos sentimientos, pero quizás, sea por todo lo que he vivido hasta ahora fuera de allí. Supongo que fue y será siempre un cumulo de cosas, pero cosas maravillosas.

Aunque ya las di en su día, las doy y las daré siempre gracias por permitir que los niños saharauis puedan vivir esta maravillosa experiencia. Gracias  a las familias acogedoras por todo lo aprendemos,  por vuestro empeño en presentarnos a vuestro entorno amigos y familiares. Por todo el esfuerzo que supone de un día para otro acoger a un niño saharauis y hacerle sentir como un miembro más de vuestra ya formada familia.

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Supongo que no tengo nada más que decir, simplemente quería expresar este sentimiento. Ahora, sólo me queda desear suerte a todos aquellos que se estrenan en esta familia llamada vacaciones en paz, por este momento de “dulce espera” tan particular que supongo que estarán viviendo igual que los niños. Por ese mariposeo en el cuerpo, y por esos nervios por saber qué pasará. Suerte, de verdad, en esta nueva aventura, que es fantástica. Que la disfrutéis al máximo día tras día. Que captéis cada uno de los momentos, que hay tiempo para todo, aunque cuando menos os lo esperáis, estáis con lo de ¡pronto les tendremos aquí con nosotros de vuelta! qué gran frase, de veras.

“Tanto si piensas que lo vas hacer bien, como si piensas que no puedes, estás en lo cierto.”

Benda Lehbib Lebsir.

Imágenes: Coral López.

 

 

 

El valor de una mirada Saharaui.

Cuando se llega a los límites de las cosas que nos hemos fijado, o incluso antes de llegar a ellas, podemos mirar hacia el infinito.

– Georg Christoph Lichtenberg

Los saharauis, y su misteriosa mirada siempre acaban enganchándote, ¿has pensando alguna vez porqué miran como miran? Porque quizás sea esa historia que llevan a las espaldas, su tez oscura, sus manos arrugadas y su rostro alegre en mitad de este mundo de locos en el que les ha tocado vivir. Quizás sea su templanza, su sencillez, su lentitud o su forma tan peculiar de ver y vivir la vida. Y no lo se, pero es algo fuera de lo normal. No lo digo yo, que también, sino quienes se atreven a conectar con ellos, a ir un poco más allá.

Quizás sea eso, o que también, sea su elocuencia, su uso perfecto del lenguaje, un idioma inventado por y para ellos que mezclado con un melifluo tono de voz son capaces de  acoplarte a su mundo con tan solo escucharlos, y es que es como aquella melodia capaz de despertar un torbellino de sentimientos, el arte desprendiéndose de sus miradas, capaz de deleitar el corazón de quien les escucha. “Porque quien no entiende una mirada, tampoco entenderá una larga explicación.”

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O sus silencios, ¡ay sus silencios! la interpretacion abstracta de su ser, apta tan solo para quien mira mas allá de lo que ve, para aquel sin miedo a sumergirse en un mar de profundas interrogaciones, incógnitas sin respuestas, verdades como templos, historias jamás contadas, y la humildad  y la hospitalidad por bandera. O la poesía que forma parte de sus miradas, unos ojos transparentes, sinceros, capaces de describir los mas inefables de los sentimientos en un efímero espacio de tiempo. Y es que enganchan, de verdad. Míralos, aprecia lo que te dicen más de lo que hablan, no les hagas gesticular ni una sola palabra, ni hables tu tampoco, ve más allá. Míralos, pero míralos bien. De verdad. 

O quizás, la vida que corre por sus venas, sístole y diástole al compás de su intensidad, eufóricos latidos tras una apariencia calmada, de quien aprecia lleno de paz la belleza a su alrededor, de alguien que ve un mundo de color, y en su círculo en el que cada pequeño matiz cobra un poco de sentido. Y es difícil, muy difícil, pero allí están haciendo malabares jugando al despiste como quien quiere ir adelante y va por que tanto si piensan que pueden o no sobrevivir en esas condiciones, en ambas están en lo cierto.

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Quizás sea todo eso, o no, pero sabes qué te digo ponte sus zapatos… Esfuérzate para que tu pie entre, átate bien los cordones y echa a andar. Comprobarás que aprietan donde menos podías imaginar y que, incluso, te harán rozaduras, de esas que tardan un tiempo en desaparecer, de las que marcan y no olvides lo complicado que es ponernos en el lugar del otro y andar su camino, enfrentándonos a sus miedos, sus frustraciones, sus interrogaciones, su tira y afloja, porque mirar lo que es mirar, mira cualquiera, hablar sin hablar tan solo unos pocos. Y como decía una buena amiga mía, “en el Sahara la luna está llena de miradas que se perdieron buscando respuestas.” Y que verdad.

Benda Lehbib Lebsir

 Fotografías: Sergio López

Escuchame, y déjame decirte.

Lo esencial, es inevitable a los ojos.

Escúchame hija, y déjame que te cuente lo poquito que yo sé, que creo que no debes perder de vista. Déjame que te cuente lo poquito que yo sé de la vida, esta que tú tienes todavía por delante, atenta. Déjame que te diga que el mundo es precioso, en serio, no permitas que te hagan ver lo que no es, eso sí, espero que lo siga siendo para cuando tú empieces a apreciarlo. Déjame que te cuente que el sonido más bonito es el de los pájaros cuando le cantan a la mañana, que poco tienen que ver con el gallo que tú oyes cada amanecer en este inhóspito desierto. Y precioso y sí, el sonido de las olas cuando intentan atrapar a la arena. Eso, sí que no tiene precio.

Déjame que te diga que no hay vista más bonita que la de los mil colores de los campos y bosques, sabes de qué te hablo ¿verdad? Que no hay aire más puro que el que ellos transpiran. Déjame que te diga que donde más bonitos están los animales es en libertad, aunque verás a demasiados encerrados en jaulas, e incluso personas que les han denegado la suya, como a ti, a mí y miles de personas. Oye, y que no se te olvide nunca que la naturaleza preparó este hermoso mundo para que nosotros convivamos y disfrutemos de él, libre. Así que, aprovéchalo.

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Déjame que te diga que el mundo está lleno de luz, aunque muchos querrán arrastrarte a la sombra, por unos motivos u otros, suele pasar. Persiste, niégate, defiéndete. Que no te convenzan de lo que sabes que no es cierto. No dejes jamás de buscar la luz, está por todo, siempre presente. Búscala en las personas que cruzan tu camino, en los ojos de desconocidos y las miradas que atraviesan el alma. Búscala en los pequeños momentos. Que no te llamen loco/a, y si lo hacen (que lo harán), sonríe, es lo mejor que sabes hacer. Déjame que te diga que muchos te harán daño, queriendo o sin querer, ¿qué más da? Total, todos necesitamos de lo mismo.

No te hundas, no te pares, sigue siempre hacía delante, porque todo dolor marca y formará parte de ti, de lo que eres. No reniegues de él. Acéptalo. Es tuyo, y nadie más lo ha vivido como tú. Es tu propia experiencia. Y eso formará parte de ti igual que lo harán las mil millones de carcajadas que reirás. Igual que el amor que vas a sentir tantas veces. Espero que lo sientas más veces por momentos y seres vivos, que por cosas materiales, y entonces entenderás todo esto de lo que te estoy hablando. Pero sea como sea, vívelo. Acéptalo. No reniegues de él. Y si lo sientes, dilo, chíllalo. Que no te hagan callar, que no te digan que eres fuera de lo normal. Oye, y si lo hacen (que lo harán, también), sonríe, siempre. Insisto, es lo mejor que sabes hacer. Y es entonces cuando entenderán ellos, que sí que eres diferente, porque bonito es verte sonreír, pero verte feliz, eso debe ser mortal.

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Déjame que te cuente que necesitarás fuerza, y mucho valor, para luchar por lo que es correcto, por lo que es tuyo, por lo que es nuestro. Pero hazlo. No abandones, lo que los que antes que tú y yo arriesgaron por ello incluso su vida, no te rindas. Lucha por lo que vale la pena, cueste lo que cueste. ¿Quién dijo que fuera fácil? Que no te hagan dudar de ti misma, que nadie, jamás, te haga dudar de tus sueños y de lo que tú eres capaz. Hasta donde tú llegues, llegarás, pero será por ti, siempre lo que tú hagas. Así que, adelante. Y sin peros, ni “no puedos” esos no me valen.

Déjame que te cuente que el mundo estos días parece triste y gris, pero no lo es. El mundo es, y siempre será, de colores, aprende a verlos, quítate las gafas y deja que tu retina vea lo que tu recuerdo quiere guardar. Y que nunca nadie te haga olvidarlo. Déjame que te cuente que vas a necesitar mucha suerte, paciencia, pero sobre todo, mucha calma, así que no la pierdas. Aunque muchos intentarán probarte hasta el límite, querrán verte huir, dejar atrás todo lo que hasta ahora hayas conseguido, pero no, no lo hagas. No desistas. Camina, con paso firme y directo, con pisadas fuertes y seguras. Camina y ni se te ocurra parar.

Déjame decirte que el pasado a veces tirará de ti y el futuro muchas veces te abrumará, te quedará grande, ¿y qué? No te asustes, no te agobies. La vida igualmente ya lo tiene todo escrito, así que disfruta de tu camino y deja que te lleve por donde quiera. Déjame que te diga que hay tres cosas que están hechas para compartirlas el tiempo, la comida y las sonrisas, así que hazlo siempre que puedas. Y que nadie te llame iluso/a. Y si lo hacen, sonríe. Cuanto más compartas más recibirás, créeme.

Déjame que te diga que el amor es el tesoro más preciado, cuídalo. Acéptalo y repártelo, como si no hubiese mañana porque como ya sabes; “de lo que siembras, cosechas”. Y eso no lo digo yo. Aunque muchos no te lo devolverán, da igual, no desistas. Todos lo necesitamos para vivir, es lo que mueve nuestro planeta. Todos nacimos por él, vivimos por él y morimos por él. Así que cuídalo, respétalo y compártelo. Pero sobretodo, siéntelo.

Y ya no es por ser pesada, pero déjame que te diga que eres un ser maravilloso, único, y que puedes conseguir cualquier cosa. Que nadie te diga lo contrario. Recuerda quien eres, de dónde vienes, recuerda siempre todo lo que mereces. Y no olvides que si alguna vez algo te asusta, hay tantísima gente que estará a tu lado, enfrente o detrás tuya, para sostenerte en pie. Que mereces amor y respeto y es lo que vas a recibir. Y por último, déjame decirte que, “Dios nos creó con dos manos, diez dedos y no tenemos dos iguales” así que imagínate tú, buscar dos personas iguales. Eso, es lo que me han dicho a mi siempre.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Walad Awah.