Diario de 1 niño refugiado.

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Aún me acuerdo…
Por estas fechas pasábamos las horas de la noche tomando el “kandra” con la familia. Vivíamos ese momento perfecto todos juntos alrededor de “tabla” mientras el frio cada vez se hacía más ameno…
Los días eran largos. Desde primera hora de la mañana entraban los rayos de sol por la puerta de la jaima. Algunas veces hacíamos carreras los hermanos para sentarnos en la zona más calurosa, y otras nos limitábamos a quedarnos enrollados en la manta mientras saboreábamos ese vaso de sopa, bendito “ancha”,mientras escuchábamos atentos la radio, o simplemente compartíamos noticias familiares, planes de comida, acontecimientos que van a darse a lo largo de la jornada de ese día.
Los niños, al no tener clase, nos juntábamos para jugar. Algunas veces, el juego consistía en ir a la casa de alguno de nosotros y estar allí pasando la mañana. Otras nos centrábamos en temas relacionados con la cultura o con la causa de nuestro pueblo, hacíamos representaciones (bailes tradicionales, nos disfrazábamos de mujeres y hombres, etc) o hacíamos algún que otro juego simbólico.
Pero sin duda alguna el juego estrella era “piso”. ¿Quién no ha jugado “Piso”?. O “mdeifina”.O el “buul”?.
El material de juego era muy sencillo. A veces coches de material reciclado de latas y palos que nosotros mismos nos fabricábamos. Otras, bastaba con una rueda de coche para darle vueltas y hacer como si de una carrera se tratase.
Sin olvidar por supuesto el ritual de ir a la cabras como una diversión más. O coger un balón y correr tras él descalzos como si no hubiese mañana.
A las ocho de la tarde ya se hacía de noche. Y a veces jugábamos a “machta” o “garei”, el escondite. Otras veces, la mayoría, nos volvíamos a juntar todos los miembros de la familia y volvíamos a repetir la misma escena: kandra o té acompañados de historias que erizan la piel. Toda la familia junta esperando la hora de cenar, deseando alargar eso momento un poco más para disfrutarse lo más que se pueda.
Hablo de esos tiempos en los que la sencillez era sin duda, el arma más poderosa: juegos de participación y colaboración. Juegos que reflejaban compañerismos y supervivencia, donde de la nada hacíamos el todo. Esos tiempos los recuerdos como si hubiesen sido ayer.
Y hoy… Hoy es el día en el que la infancia de muchos refugiados sigue viviendo ese día a día de mi ayer. Hoy es ese día en el que daría lo que fuera por volver a vivir ese ayer. Aunque fuese solo un segundo. Aunque solo fuese para echar un vistazo rápido que me dijese que hoy también quizá pueda acercarse a ese ayer.
Benda Lehbib Lebsir.

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DIARIO DE 1 NIÑO REFUGIADO.

DIARIO DE 1 NIÑO REFUGIADO.

De cuando ser feliz era encontrar el cartón suficiente para forrar los libros. De cuando bastaba con un par de zapatos y un chándal que ha pasado por tres generaciones para vestirse todo el año. De cuando el mayor logro suponía conseguir un lápiz de color por dos sorbos de agua en pleno mes de julio y a 50 grados. De cuando desayunar consistía básicamente en mojar pan en aceite o en té. De cuando mi madre me lavaba la cara justo en la entrada de la jaima y me la secaba con su preciosa melhfa. De cuando mi padre me despertaba para rezar todas las madrugadas. De cuando mi juego preferido consistía en pasar las horas muertas en el tejado de casa. De cuando las mejores fiestas se hacían en casa de los abuelos con un candil medio-iluminando la jaima. De cuando el concepto de fiesta se refería única y exclusivamente a una reunión familiar. De cuando en vísperas de la fiesta del cordero todos querían invitar primero. De cuando nos cogíamos de la mano sin premeditación. Y no entendíamos el porqué. De cuando la palabra era el único medio de credibilidad. De cuando éramos más de los que éramos capaces de sentir. En definitiva, de cuando, inconscientemente éramos nosotros mismos sin importar el como ni el porqué. Lo éramos y punto. Hablo de cuando éramos unos críos que solo sabían ser felices. Nada más.

De cuando ser feliz era encontrar el cartón suficiente para forrar los libros. De cuando bastaba con un par de zapatos y un chándal que ha pasado por tres generaciones para vestirse todo el año. De cuando el mayor logro suponía conseguir un lápiz de color por dos sorbos de agua en pleno mes de julio y a 50 grados. De cuando desayunar consistía básicamente en mojar pan en aceite o en té. De cuando mi madre me lavaba la cara justo en la entrada de la jaima y me la secaba con su preciosa melhfa. De cuando mi padre me despertaba para rezar todas las madrugadas. De cuando mi juego preferido consistía en pasar las horas muertas en el tejado de casa. De cuando las mejores fiestas se hacían en casa de los abuelos con un candil medio-iluminando la jaima. De cuando el concepto de fiesta se refería única y exclusivamente a una reunión familiar. De cuando en vísperas de la fiesta del cordero todos querían invitar primero. De cuando nos cogíamos de la mano sin premeditación. Y no entendíamos el porqué. De cuando la palabra era el único medio de credibilidad. De cuando éramos más de los que éramos capaces de sentir. En definitiva, de cuando, inconscientemente éramos nosotros mismos sin importar el como ni el porqué. Lo éramos y punto. Hablo de cuando éramos unos críos que solo sabían ser felices. Nada más.