“Hijos de las nubes, hijos del bien”

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A los saharauis nos llaman hijos de las nubes….. y desde luego es un calificativo muy acertado. Según pasan los años lo entiendo mejor.
Recuerdo como mi madre me decía cuando era pequeña que los niños saharauis estamos hechos de otra pasta. Y ahora sé que las madres también. Hijos y madres, están condenados a vivir separados, y cada día duele más la distancia.
Cuando estaba en quinto de primaria, mis hermanas mayores llevaban ya varios años estudiando en Argelia. Mi sueño era seguir sus pasos, y que mi madre de vez en cuando me mandara una carta o algún paquetito con mis cosas preferidas. Cuando se acercaba el momento de pasar a sexto, estaba nerviosa…. sexto es un curso clave, ya que en los campamentos se hace “selectividad” para elegir donde seguirás tus estudios. Dependiendo de la nota que obtengas te podía corresponder Argelia, Libia o Cuba.
Empezaba las clases con responsabilidad, me dedicaba a estudiar básicamente al igual que todos los niños de mi edad. Me esforzaba con tal de sacar ese examen. Soñaba con ver como delante de toda mi daira, se mencionaba mi nombre.
Los días en los que se hacían esos exámenes, mi madre se levantaba nerviosa, incluso más que yo,  me ayudaba a arreglarme y me acompañaba al centro que me tocaba para hacer ese examen. El camino era largo, y no por la distancia que había de mi casa a ese colegio… sino por todo lo que conllevaban esos pasos. Estaba en juego mi futuro.

Aprobé y se me designó Argelia. Mis padres no querían que me fuera, me veían demasiado pequeña,  mi madre me decía “Hija mía, estudiar podrás estudiar. Argelia es demasiado grande, si no es ahora, ya será más adelante”. Supongo que son las típicas palabras de una madre ante la supuesta partida de su hija.
Un día se cargó de decisión y me mandó a estudiar a un internado a 20 kilómetros de mi casa. No conocía a nadie, además era la más pequeña de todas las chicas. Con un beso en la frente, como si de un hasta luego se tratara, se giró y me dijo… “hija, haz lo que debes, creo que lo tienes que hacer” Una frase que ya había escuchado en otras ocasiones, era familiar para mi, ya que mi abuela siempre la repetía una y mil veces. Así fueron pasando los meses, incluso los años. Un lugar desconocido para mí, un lugar en el que hacerme mujer entre muchas mujeres. Administrar mis cosas y sobre todo hacer como decía mi madre y mi abuela, lo que debía hacer que es lo que mi madre también quería, que estudiase.

Los años pasan y las madres Saharauis, por desgracia se acostumbran a esta rutina o al menos lo intentan. Los hijos estudian y ellas viven separadas de ellos. Lo llevan como pueden, pero se sacrifican con la esperanza de que sean “Hijos de las nubes” “Hijos del bien” Hijos formados… donde pueden y como pueden. Siempre extrañando y añorando la familia unida….

Benda Lehbib.

Imagen: Carmen Martinez.

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“Recuerdos Infantiles”

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El helado más sabroso que jamás he vuelto a probar.

Hay ciertas cosas que no cambiaría por nada, era una combinación de sabores, era la sencillez más absoluta, era que de la nada porque realmente era nada, hacer algo distinto, novedoso y tanto que a día de hoy lo recuerdo como ayer.

Hablo de los helados “polo”  de la sencillez más absoluta insisto, me acuerdo de ir corriendo, descalza, donde la vecina de al lado de mi casa, que lo vendía y comprarlo incluso sin  estar congelado, simplemente era el sabor. Era el agua ese frio que transformaba los 50 grados en menos, y sin duda ninguna ese momento era mágico. Mágico es también, contemplar a día de hoy esas caras de otros niños que se iluminan, disfrutan y saborean como si de un helado italiano se tratase, y poco le tiene que envidiar os lo aseguro. Ver como mi vecina a la última hora de la noche está preparando la magia de los niños, como con unas bolsitas pequeñas de plástico rellanadas con un líquido de distintos sabores, que al día siguiente se traducía en la  ilusión de  un niño. Ver como un frigorífico resiste a los 50 grados conservando en sí la magia de esos niños. Ver como buscan alternativas frente a las duras condiciones de vida, ver como eso una bolsita con un líquido “bisam” si no recuerdo mal la planta más apreciada de un beduino se transformaba en un sabor totalmente delicioso.

Estoy segura que habré probado mil helados a lo largo de mi vida, no lo niego de distintos sabores y texturas. Es más me declaro adicta a los helados, pero también reconozco que sigo buscando aquella sencillez, aquella magia casera del desierto, de los 50 grados de la escasez de sombra y abundancia de un  sol abrasador, de ir corriendo descalza de un lado para otro, de buscar sombra donde no la hay con tal de llegar a la vecina y comprarme eso, ese “Polo”.

Hablo de esos y estos tiempos que la infancia en los campamentos de refugiados sigue traspasando mi imaginación, está claro que de ser emprendedores, ellos ganan con diferencia. Sacando de donde no hay, con el fin de hacer pasos de gigantes y afrontar esas condiciones de vida. El helado “Polo” sigue siendo la ilusión de muchos niños y me incluyo está claro.

Benda Lehbib Lebsir.

“De niño a hombre”

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Los nervios y la impaciencia me impidieron dormir aquella noche. Para mí la llegada de la mañana significaba algo muy especial, significaba el cambio, un antes y un después en mi vida a pesar de ser un niño de 7 años.

Recuerdo aquel día con todos sus detalles, mi abuela decía que la lejtama (circuncisión) es el primer paso para convertirme en hombre, y yo tenía muchas ganas, así que esa mañana me desperté temprano, vestido con una darra blanca y un collar hecho con hierbas naturales que colgando de mi cuello, me dirigí junto con mi madre hacia el centro de salud de la daira, el miedo se apoderaba cada vez mas de mi, pero las ganas de demostrar mi valentía prevalecían sobre todos los sentimientos.

El Centro de Salud estaba lleno de niños vestidos de igual forma, podía ver en sus ojos la confusión que yo también sentía, y es que la aglomeración de la gente que hacía de nosotros el centro de atención nos hacía sentir como pequeños héroes; Héroes con mucho miedo.
Y llego mi turno, tenía el corazón a mil, una mezcla de sentimientos que no sabría explicar bien. Sentía miedo, entusiasmo y alegría, y eso a decir verdad, me provocaba mucha confusión. Dentro de la sala había un hombre que vestía una bata blanca, acompañado por dos mujeres que se acercaron a mí con mucha amabilidad, pero yo me agarre fuerte a mi madre que me cogió en brazos y me acerco a una camilla, quizás mi miedo era tan grande que no sentí absolutamente nada solo los gritos de alegría de las mujeres y los jaleos y cánticos con los que me recibieron al salir de aquella sala, me hicieron saber que todo había pasado, que ya había dado el paso, aquel paso hacia la hombría del que tanto me había hablado mi abuela en ese momento me sentía realmente como un héroe, pero esta vez sin miedo.
Mi madre me llevaba en brazos yo estaba muy sereno, ya había perdido el miedo, el camino hacia nuestra jaima fue marcado por los gritos de alegría de mis tías, primas y algunas vecinas que desde que salí de aquella sala no han parado de darme caramelos, galletas y todo tipo de chocolatinas, a la vez que me besuqueaban y abrazaban.
Llegamos a nuestra jaima y estaba mi abuela en la puerta de la jaima, y justo cuando le lance una mirada desde los brazos de mi madre ella soltó un grito de alegría (tzagrita) que a diferencia de todos aquellos gritos que llevaba oyendo en el camino, aquel grito de alegría de mi abuela hizo que un extraño escalofrío recorriera todo mi cuerpo, fue la primera vez en mi vida que me sentía realmente importante.
Todos los vecinos, amigos y conocidos venían a verme durante todos los días siguientes no he parado de recibir caramelos y mas caramelos, dinero, regalos, palabras de ánimo que alababan mi valentía además de ser en todo momento el centro de atención de mi madre que se pasaba el día y la noche cuidándome y reaccionando rápidamente con cualquier quejido o protesta de dolor que yo pudiera hacer sobre aquella pequeña herida.
Y apenas una semana después ya estaba jugando con los demás niños presumiendo de mi valentía, y de la cantidad de regalos y caramelos que había recibido. Una de aquellas noches volviendo de jugar sentí una tremenda nostalgia por volver a vivir todo aquello que viví durante esos días tan mágicos, quería volver a ser el centro de atención, recibir caramelos y que las mujeres me jalearan con sus cánticos y gritos como un héroe pero mi madre me dijo que Lejtama solo se hace una vez en la vida, y quizás inconscientemente en ese momento la vida me estaba dando una de las lecciones más importantes y es que las grandes cosas que marcan nuestra existencia solo pasan una vez.

“El agua el diamante más transparente que puede tener el hombre”

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Una vez mi abuela me dijo: “El agua es el diamante más transparente que puede tener el hombre”. Y no le faltó razón, recuerdo como en esos años solo había una “Cuba” situada en mitad de la Daira la cual se llenaba cada quince días y todos los habitantes de esa daira tenían que hacer sus largas colas para llenar sus depósitos y con ello el suministro de tan preciado liquido durante los quince días posteriores.

Recuerdo la voz de la Representante de mi barrio avisándonos con un megáfono y todos acudíamos a la Cuba con nuestras “bitakas”  garrafas de más o menos litros, lo que teníamos por casa, y no era mucho os lo aseguro. Recuerdo con exactitud la ilusión que me hacia ir corriendo, meterme entre las mujeres y ser la primera en llenar mis bitakas y ver la sonrisa más gratificante que podía tener mi abuela. O como la primera vez que vi una fuente de agua, entonces no había pasado mucho tiempo entre una acción y otra, y quedarme mirando la fuente como un hecho que no le encontraba explicación. Recuerdo como por primera vez abrí un grifo y aquello era un mundo, todo a mano, no había que acercar bitakas ni tampoco hacer largas colas, bastaba con un sencillo gesto para apreciar un diamante demasiado transparente para un niña de dos mundos totalmente distintos. Recuerdo, incluso el primer día que fui a la playa, aquello sí que era un mundo, dos contrastes que,  por más que intentaba descifrarlo mi imaginación iba más allá que las dimensiones del mar y que toda esa cantidad de agua, y a ello le sumo la arena, era mi arena, donde me tiraba horas descalza y corriendo de un lado para otro.

Recuerdo con tristeza las veces que quise ducharme y no pude, las veces que veía a mi abuela ahorrar agua para que no nos faltara para beber durante esos quince días y verla forrar aquellas bitakas con viejas mantas o telas para mantener el agua fria porque no había frigorífico, al igual que  recuerdo las veces que paraba los coches que por allí pasaban para que me acercaran a casa y no hacerla ir hasta donde estaba la Cuba. Lo recuerdo todo con nostalgia, si, y lejos de volver con las bitakas a la cuba  admito que de vez en cuando me duele abrir un grifo más de un minuto por miedo a no apreciarlo como merece, y es que el agua es el diamante más transparente que el hombre puede tener.

Benda Lehbib Lebsir.

Carta de un niño refugiado a los Reyes “Magos”

En la vida, toda persona puede elegir uno de estos dos caminos: esperar un día especial, o celebrar cada día que es especial.

– Rasheed Ogunlaru

 

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Hoy me hablan de ustedes, y veo los niños de Occidente totalmente nerviosos, y en gran medida felices. Comentan haberse portado bien, y de esperar un gran regalo que ustedes van a dejar en sus casas.

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Pues miren, ni ustedes me conocen ni yo a ellos tampoco, pero les hablo de que soy un niño, un niño refugiado. Nací en la nada por llamarlo de una manera, allí crecí y como yo muchos niños más, entre otros mis papás y los niños con los que juego a diario. Mi vida consiste en levantarme, ir al cole, volver a mi casa comer y otra vez al cole. Tengo una compañera llamada “Esperanza” y una meta “Libertad” es por las cuales voy a diario entusiasmado e incluso feliz.

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Mis juguetes no son fabricados, no, son de esos que yo mismo he realizado, soy el niño del desierto, las condiciones de mi vida me permiten crecer muy rápido, algunos incluso me llaman “todo-terreno” me adapto a todo lo que me veo expuesto, aunque he de decir que me porto bien, bueno lo acorde a mi edad, y supongo que todo es cuestión de educación.
No les voy a pedir nada señores reyes, solo quiero ser libre, y compartirlo con los míos, los campamentos de refugiados no es mi lugar, aquí he nacido porque otros reyes ya me habían robado lo mío. Quiero cumplir mi sueño, no es nada material, solo es ver alzada mi bandera, ver como otros niños como yo pueden jugar libremente, tener la oportunidad de estudiar en mi país y ver que mi familia y la de mis amigos y todo un pueblo pueden descansar en paz. Ver cumplidos los derechos humanos, que no haya secuestros ni violaciones, que no haya más torturas, que la infancia de otras generaciones puede ser infancia en las mejores condiciones.
No les voy a pedir nada señores reyes, soy el niño de las nubes, soy el niño del desierto, soy la esperanza de mi pueblo y quiero que ese sea libre, libertad les dije que es mi meta, es tan difícil ese regalo? No quiero juguetes, no, quiero un Sahara Libre.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografía: Victor Jiménez.

La Coordinadora de Gdeim Izik conmemora el 36º aniversario del fallecimiento de Hauari Bumedien

Voz del Sahara Occidental en Argentina

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Fuente y fotos: Coordinadora de Gdeim Izik

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El pasado 27 de diciembre, se han cumplido 36 años desde el lamentable fallecimiento del expresidente de Argelia, Hauari Bumedien y a tales efectos, la Coordinadora de Gdeim Izik, le ha rendido un pequeño homenaje desde la ciudad ocupada de El Aaiún, Sahara Occidental.

Durante la ceremonia en la cual participaron los miembros de la Coordinadora de Gdeim Izik y otros activistas defensores de derechos humanos en el Sahara ocupado, se recordaron las buenas obras del fallecido Bumedien, en favor del pueblo saharaui, especialmente durante el exilio tras la ocupación marroquí en el Sáhara Occidental.

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