El 27F, no es un día cualquiera.

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Los días previos al 27 de febrero se vivían con una gran emoción. Todos los colegios preparaban a los alumnos, ensayaban varias horas y dibujaban su pancarta representativa del centro. A las niñas nos hacían trencitas en el pelo, ensayábamos bailes tradicionales e íbamos todas vestidas iguales; por otro lado los chicos también iban con daraa pero en este caso eran azules o blancas, e incluso algunos iban vestidos con uniforme militar.

Los colegios competían entre sí y las Dairas también en medio de un ambiente de celebración absoluta, y no era para menos, se conmemoraba la creación de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) y había que estar a la altura que esta efeméride se merecía.

Me acuerdo, de ver a las mujeres de mi daira hasta bien entrada la noche buscando material tradicional, jaima por jaima, para exhibirlo en la jaima que representaba a la daira. Se hacían juegos tradicionales y la Wilaya de llenaba de banderas, mientras tanto las autoridades daban comienzo a las actuaciones. Había todo tipo de representaciones: bailes tradicionales, carreras de camellos, obras de teatro.  El público expectante aplaudía el trabajo realizado por los niños como no.

Recuerdo todavía con emoción la vez que mi colegio me eligió para leer el manifiesto en nombre de todos los alumnos y de no poder acabar de hacerlo por toda la carga sentimental que conllevaba; las mujeres haciendo el grito tradicional y los participantes fotografiaban aquél evento como si de una gran gala se tratara. Pero, salvando las distancias con otras más lujosas poco tenía que evidiarlas a decir verdad, era la sencillez absoluta, la magia, la necesidad de contar una realidad y de aprovechar aquél momento que el mundo nos tenía que oír. Ya lo dice el refrán, en esta vida estamos de paso, si se nos recuerda, que sea por hechos, no por ausencia de los mismos.

Benda Lehbib Lebsir.

Imagen: Victor Jimenez.

La maratón SAHARAUI…

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La Maratón Saharui…

Son días especiales estos en los campamentos de refugiados. A las 8 de la mañana cuando iba al colegio siempre me cruzaba con unos atletas corriendo, y seguro que pensaría : “que gente más rara, corriendo a estas horas con el frío que hace”. Eran atletas profesionales y se alojaban en la casa de mi vecina. A lo largo de esos días les veía haciendo todo tipo de ejercicios y estiramientos. Me asombraba eso. Correr la marathon en los campamentos era de todo menos complicado o eso decían ellos. Pasaban por mi colegio y nos repartían dorsales como si de una carrera profesional se tratara, eran lógicamente de distintas categorías y por supuesto una experiencia única. Yo me preparaba psicológicamente hablando mucho sobre el correr y cuando nos llevaban del colegio al control de Smara, que entonces no había carretera, era el camino mas corto que podía recorrer esos días. Todos en fila y una vez que decían : “Listos … YA!” todos corríamos, no se veía nada, es más admiro a los que algún día pudieron ganar alguna de aquéllas carreras, el polvo que se formaba era casi como una tormenta de arena, sólo daba lugar a ver que por allí corrían unos cientos de niños que no saben a dónde van. Las madres no faltaron, como nunca lo hacen, allí estaban, cada una animando a sus hijos; me acuerdo de las tantas veces que veía a mi madre animándome como si yo fuera una profesional, pero claro, no era así. Es más, nunca gané. La satisfacción de ir a verla era inmensa, me abrazaba y con su melhfa me intentaba limpiar la cara, y yo siempre con la misma pregunta: ” si no llegue la última, cómo es que no tuve premio?” No era ese el objetivo, supongo, sino el de participar. Eso ya era un premio. Qué no daría por volver a vivir esa experiencia y no por correr, sino por reflejarme en cada rostro de esos niños que corretean por allí, unos descalzos, otros calzados y otros empujando al que esté delante por llegar antes a la meta. Es parte del juego, la cuestión es divertirse, y poderlo contar.

Benda Lehbib Lebsir.

Imagen: Carlos Cristobal.

Para ti, abuela.

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Para ti, abuela.

Un día alguien me habló de tener un tesoro y rápidamente la curiosidad me invadió: quería saber en qué consistía. Para mí es solo una palabra: abuela.

Durante una larga charla con mi abuela,  ella me habló de su corta juventud y su cortísima infancia, en el Sahara Español de entonces. Me habló del exilio y me habló también de la ocupación, como no. En esa larga conversación, observando  su melhfa oscura y sus arrugas en las que se apreciaba la transparencia de una mujer con una larga historia marcada por obstáculos, mucho sufrimiento y sobre todo por mucha angustia. Lo que más me impactó fue la sencillez con la que me hablaba, su sabiduría la transformaba en una intriga constante por mi parte. Llegando al porqué estamos en los campamentos y no en el Sahara Occidental mi abuela le añadió un ingrediente más de emoción a la historia. Acompañados de un té dulce y esta vez sin el amargo, las palabras de mi abuela me trasportaron a su, entonces, realidad.

Hija, un día estábamos en casa y de repente oí un golpe en la puerta, no recuerdo si eran dos, tres o cientos de hombres los que se me echaron encima, yo no les conocía de nada. Cuando logré salir de mi casa que en cuestión de segundos se había convertido en un pozo sin fondo solo vi a cientos de mujeres corriendo por las calles de Smara Ocupado, unas con niños y otras sin nada. Se oían gritos y  lamentos por todas partes.

Mi curiosidad iba en aumento, y entonces le pregunté que qué hacían aquellas mujeres corriendo a lo que convencida y rápidamente me respondió.

Yo me lleve a mis hijos y nos montamos en un camión que un miembro la familia nos había conseguido y aquí estamos.

Apreciando la emoción de mí abuela no quise seguir con el tema, y continúe con el té dulce, pero rápidamente ella me recordó la labor que realizaron las mujeres montando los campamentos de refugiados.

Tus tías y tu madre fueron con un grupo de mujeres y niñas a la huerta de Smara (campamentos de refugiados) y construyeron las paredes y también algunas escuelas.

Asombrada y emocionada con sus recuerdos, la ofrecí un vaso de té y en ese momento me aconsejó, de nuevo, que estudiara mucho, que la juventud es un pilar importante, y, puesto que yo estoy estudiando en España, sentenció:

Al ausente no se le pregunta por el tiempo que ha estado fuera, sino por el resultado. La mítica frase que me acompaña a diario.

Ahora sí tengo un tesoro, y no por las vivencias que me cuenta, que son muchas, os lo aseguro, sino por su constancia, su vitalidad y sobre todo por ser eso, mi referente.

Benda Lehbib Lebsir.

“La lluvia en el desierto”

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La lluvia en el desierto, un experiencia por vivir…

Recuerdo aquellas inundaciones como si de ayer mismo se tratase. De pronto empezó a llover, los niños como siempre salíamos a jugar, a divertirnos y hacer de aquel fenómeno extraño algo más ameno. Al regresar de la escuela que ese día la jornada fue más corta, todos cantábamos la canción del “Sidi ya ashab, ragab ragab ya anaw” algo así como “que siga que siga la lluvia, y que las nubes suban y siga lloviendo”
Eran momentos de magia pura, descalzos como siempre, sin querer entrar en casa, cuando mi madre me llamaba, hija entra que te vas a constipar, y yo seguía jugando como si nada, me encantaba ese ambiente tan diferente y rompedor a la vez. Mis padres se dedicaban a cerrar mi casa, y con una pala hacer como un caminillo “iwanu” alrededor de mi casa para que vaya bajando el agua y así evitar que se hunda, pues había que impedir a toda costa el contacto del agua con  las casas puesto que son de adobe.
El cielo se veía increíble, lo que cualquiera consideraría un cielo triste de invierno para nosotros era un augurio de bonanza y se buscaba el máximo disfrute del momento. Se saboreaba un ambiente muy ansiado y esperado en el que la tierra se humedecería,  el abrasador calor daría paso a una suave brisa marina, empapada y agradable. Lo que ocurriría después de ese momento, podría ser nefasto, pero había que vivirlo. Y así fue, la arena empezó a cambiar, el olor de tierra mojada se olía a kilómetros,  había un silencio tremendo, algo impactante, para impactante la cooperación que se creaban entre todos con el fin de sobrevivir, pero primero recuerdo que era proteger a los niños. E incluso recuerdo que mi padre siempre nos metía a todos mis hermanos y a mi abuela en el coche que tenía.
Recuerdo los castillos de arena mojada con latas o material que pillábamos por allí, también los ratos que pasábamos jugando juegos tradicionales al igual que recuerdo las veces que oía a mi madre a media noche taparnos a mis hermanos y a mí o movernos de sitio para evitar que nos mojáramos puesto que con la jaima era muy fácil que se diese esa circunstancia, puesto que están hechas de tala. Me encantaba, lo admito, al igual que recuerdo con especial emoción las mañanas post lluvia y toda la familia junta contando los acontecimientos de la noche anterior, y yo mirando como si de algo extraño se tratara. Extraño era, puesto que en los campamentos pocas veces llueve y las veces que lo hace no son cuatro gotas, son mil convertidas en grandes catástrofes materiales  que dan lugar a la misma conversación durante meses.

Benda Lehbib Lebsir.

Imagen: Pepe Oropesa.