Os hablo de mi Madrasa…

1780149_10205155029228507_1686432836868666083_o

Os voy hablar de mi educación y de lo mucho que me gustaba ir al colegio, que era bastante diferente al que estáis acostumbrados.

Mi Colegio era bastante grande y de una sola planta; tenía un patio inmenso y muchas aulas, muchos profesores y claro, también muchos niños. Es más, no había ratio que marcara el número total de alumnos. Y esa no era su única peculiaridad, mi colegio, “mi madrasa”, tenía esas ventanas que muchas veces se dejaban abiertas porque el siroco que había soplado días antes las había tirado, esa puerta que los propios alumnos nos encargábamos de cerrar. Esas aulas que los alumnos rotábamos, según la lista de clase, para limpiar y mantener el orden durante el tiempo previamente fijado por todos. Los recursos  ¡ay lo recursos! eran escasos, más bien simples, e incluso muchas veces brillaban por su ausencia y lo que abundaba en contraprestación era la ilusión de aprender en esas noches de estudio en grupos, en casa de algún compañero. A día de hoy lo sigo echando de menos… Los profesores eran esos grandes “funcionarios” que a veces iban y otras tantas no , pero las veces que lo hacían su presencia era notoria, les cantábamos el “buenos días maestros” y ellos, por su parte, se encargaban de llevar a cabo su labor. Eran rectos, detrás de sus turbantes oscuros o de sus “melhfas” había un verdadero edil que favorecía la total disciplina y respeto entre todos.

Por otro lado,  estábamos los alumnos, esos niños que iban y venían algunos días desayunados y otros muchos que no, días con los deberes hechos y otros tantos que no y recibíamos el castigo correspondiente, que se trataba, nada más y nada menos, que con un palo nos golpeaban en las manos y vaya si espabilábamos. Aún tengo el recuerdo de recibir varias veces y preguntarme el porqué, pero era girarme y ver que mis compañeros se reían y hacerme la valiente, por no decir lo contrario.

Eran esos tiempos en los que daba igual ir con la ropa de toda la semana que ir despeinado, que ir desayunado o sin desayunar, que ir con zapatillas o sin ellas, pero lo que si importaba eran los libros, libros que en mi caso heredaba de mis hermanas mayores y que posteriormente heredaron mis hermanas pequeñas. Y la presencia en clase, el estar y participar, no sé si era nota actitudinal o procedimental, pero de lo que sí estoy segura es que sin aquellos recuerdos y sin educación un pueblo está totalmente perdido, sobre todo porque no tiene nada que contar.

“La educación es el arma más poderoso de un pueblo” Nelson Mandela.

Benda Lehbib Lebsir.

Imagen: Carlos Cristobal.

“Lkachafa” Otro recuerdo de mi bonita infancia.

487838_4016093533899_1614203054_n

Como no recordar las veces que la representante de juventudes de mi  Daira  nos llamaba  a las niñas de mi barrio para ir a cantar? Como no recordar los esfuerzos de aquella mujer que se dejaba la voz para sacar lo mejor de nosotras… NO era para un concurso, no; era implemente diversión para romper con nuestra rutina a fin de jugar a algo distinto, “el canto”. Como no recordar aquellas tardes de viernes todas las niñas reunidas en la sala de la Daira preparando un “tema”, o simplemente imitando esas canciones tradicionales que tantas veces oíamos por la radio, sin ningún ritmo pero con mucha ilusión.

No recuerdo exactamente cuantas eramos ni es necesario la cantidad ni la calidad; allí reinaba la sencillez que tanto me encantaba en aquellos tiempos. Sí, aquellos en los que buscábamos una camiseta blanca de donde sea, a veces era incluso la de la vecina, unos vaqueros y bien peinadas con la bandera en la mano nos dedicábamos a mover las manos y los pies en conjunto. Siempre había una niña que dirigía el grupo, puesto que cantaba extraordinariamente bien y nunca he sido yo, os lo aseguro. Su voz de niña dulce suena aún en mis oídos, la labor de las demás era seguirla y en alguna ocasión, acompañadas de un “tbal” (Algo parecido a la pandereta), nos orientábamos para seguir el ritmo. No se trataba de un musical, era el “Ifarga” “Ikachafa”, niñas que se divertían a su simple y sencilla manera; sin recursos, y por supuesto sin perder de vista su motivación. Uno más de los hábitos saludables de mi bonita infancia.

Benda Lehbib Lebsir.

Imagen: Carlos Cristobal.

Le invito a que imagine, señor Ex-Presidente.

10866129_10205155040348785_8237456250753570732_o

Imagínese usted que la engañada es su hija. Imagínese que la violada es su hermana, imagínese que la que han expulsado de su casa, de sus raíces, de su familia con hijos menores es su madre, y que han sido expulsados absolutamente sin ninguna razón ni motivo, imagíneselo!!. Imagínese que aquella niña menor que le escribió una carta a la cual usted mismo respondió está defraudada por ver como una vez más la han engañado.

Imagínese que un día usted tiene que asentarse en el desierto, vivir la impotencia de esperar la ayuda humanitaria para dar de comer a sus hijos o por lo mismo que su hijo salga de casa y no tenga la certeza de volver por manifestarse por sus derechos, imagíneselo. Y a usted, si usted  que representaba a un partido político de ideas sociales, le invito a imaginar, a crear y, por una vez, a ponerse en mi lugar. Imagine usted ver como sus familiares se desgastan día tras día cuando otros como usted se ríen en su cara y paradójicamente gozan del mismo DNI que usted.

Imagine usted que día tras día viva bajo una dictadura donde le impidan manifestarse, trabajar, gozar de los recursos naturales que su país tiene y que se los están arrebatando, imagíneselo. Imagine usted levantarse un día otro día y otros tantos días y ver como la libertad por la que todo un pueblo se desvive se la están prohibiendo. Se lo puede imaginar? Yo sí, lo vivo, lo sufro y sé de qué le hablo.

Le invito a visitar el Sahara Occidental, a conocer sus cárceles y por supuesto su gente y sus recursos y no ser cómplice de las violaciones a las que se ven sometidos, a los secuestros y, por supuesto, a los asesinatos que se producen todos los días bajo el terror Marroquí; le invito a que conozca esa realidad y no lo imagine. Le invito también, a conocer la otra cara de la moneda los campamentos de refugiados y que vea que allí, como de la nada, hacen un mundo. Cómo de la imaginación han creado su realidad, le invito. Le invito a que imagine que no quiero ni necesito que tome ninguna medida a favor del Sahara Occidental , fíjese, solo quiero que no apoye ideas por dinero, que no sea cómplice de todo lo que eso conlleva, que no se ría en mi cara y, por supuesto , que tenga cinco minutos de reflexión, más que nada por leerme e imaginar todo lo que le invito que imagine, le invito. Ya pago yo.

Benda Lehbib Lebsir.

Imagen: Carlos Cristobal.

Porque sin las mujeres, los derechos no son humanos.

10838106_10204718570717317_789299456001453769_o

Querida madre, amiga, hermana, luchadora. Querida mujer Saharaui…

Tú que de pequeña me enseñaste el valor del respeto, desde pequeña con tus cuidadosas y débiles manos me guiaste me hiciste mujer, mujer como tú. Tu que desde pequeña fuiste mi mejor escuela, allí donde no suspendía ni aprobaba allí era mujer en cuerpo de niña. Mi deber era copiarte, y no perder de vista cualquier movimiento que hicieras, así reflejarme en cada una de esas arrugas de mujer joven que de pronto ya era una anciana. Me guiabas por el buen camino, el camino de la resistencia y de vez en cuando hacías un parón y volvías a demostrar que con tu fuerza no puede ni el mayor de los vientos en la más inhóspita de las hamadas.

Eres la jaima, los cuatros rincones de una habitación de adobe, eres la elegancia en su estado puro, eres la melhfa clara y oscura que intentaba pasar desapercibida y con tus andares eras la más reconocida entre cientos y cientos de mujeres. Eres la bata blanca en un dispensario donde escaseaba la medicina y con tu dulce voz y tu segura mirada me curabas de cualquier mal que podía padecer.

Eres mi alfombra donde no había camas había una manta que tú misma te levantabas a altas horas de la noche para asegurarte de que estaba bien tapada. Eres el corral que hospedaba gratuitamente a quien te visitara, ofreciendo una sonrisa y un “adelante, estas en tu casa” que nunca fallaba, eres la solidaridad en bruto. Eres maestra, ministra, parlamentaria, médico, autónoma, eres la sencillez de donde de la nada hace un mundo.

Eres la representante del barrio, la voz que llamaba a cualquier acontecimientos y todas nosotras acudíamos, eres la música la melodía que bailan los cuatro colores de mi bandera. Eres blanco esperanza, verde libertad, negro resistencia y el rojo y el rojo que eres, rojo de amor. Amor a tus hijos, a tu marido a tú patria querida. Eres la mejor embajadora, la que con tú modelo me hiciste creer en la esperanza. Tú lema de “sigue y vencerás” se hace cada vez más resistente. Donde la libertad es tú objetivo y lo das todo porque crees que no pierdes nada, no eres conformista y así soy yo. Tú que perdiste tus padres, hermanos e incluso hijos y no pierdes la fe. Eres mi maestra, eres mujer saharaui.

Porque sin las mujeres, los derechos no son humanos.

Benda Lehbib Lebsir.

Imagen: Carlos Cristobal.

El viaje del retorno “lbadia”

11040031_776797875744915_791287841_n

El día de un niño refugiado transcurría, casi siempre, con la misma rutina, aunque de vez en cuando había alguna variación, sobre todo cuando caía la lluvia.

Recuerdo la primera vez que fui a la “badia”, que es como llamamos a los Territorios Liberados; pasamos muchas horas de viaje, incluso días, pero claro, llegó un momento en el que nos asentamos. No sabría precisar exactamente la zona, pero sí que recuerdo el viaje con exactitud; mi madre, los días previos, se dedicaba a recoger la jaima, a dejar todo en orden, puesto que nos íbamos para una larga temporada.

Durante el viaje cada uno se encargaba de una labor: mi madre de hacer el pan, el pan de arena, y no era un pan cualquiera, para posteriormente mezclarlo con una salsa de carne y verduras que daba lugar a “mreifisa”, la exquisitez en estado puro. Mi padre, por su parte, se encargaba hacer el té y de todo lo relacionado con el agua. Para mis hermanas y para mi, que bien pequeñas éramos, ese viaje era todo un reto. Nos ocupábamos de mi hermano, de recoger las mantas y cómo no, de fregar algún que otro cacharro.

Una vez llegamos a nuestro destino en la badia, montamos nuestra jaima, y según iban llegando a lo largo de esos días, rápidamente se nos juntaban nuestros familiares. Éramos varias jaimas “frig” con rebaño incluido. En cada jaima se hacía el té diariamente, y alrededor de esa rutina mis padres y mis tíos pasaban un agradable momento jugando a las cartas, a “sig” juego de palos y arena muy tradicional en la cultura Saharaui, y mientras tanto los niños escondiéndonos por aquellas rocas, supongo que jugando a otro juego de los nuestros.

Así pasábamos los días y tengo la certeza que así los están pasando quienes por estas fechas están en esas circunstancias, que me consta que son muchos, y mucho les envidio, os lo aseguro.

Era la infancia, el día a día de un niño refugiado que rompe la rutina para conocer otra de sus realidades desconocidas. Es el viaje del retorno al origen beduino del Saharaui.

Benda Lehbib Lebsir.