El reencuentro, tras nueve meses fuera de casa.

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El reencuentro con mi madre era el momento esperado del año.
Después de nueve meses estudiando duro, en otro idioma, otras costumbres, otro mundo en el que cada vez estoy más integrada, sin olvidar del donde vengo, llega el momento de volver a casa. Una vez leí que un buscador no es aquél que siempre busca algo, ni si quiera el que encuentra aquello que en un principio buscaba, sino el que siempre sigue, y nunca se cae, el que no abandona sus logros y que de vez en cuando mira atrás y corre mil pasos por delante… Ese es el espíritu de todos los que estudiamos lejos de nuestras madres, qué valor el suyo !. Yo personalmente no sé si aguantaría, es de admirar.
Nueve meses y todos tus hijos lejos, a cientos de kilómetros, separados por tierra y mar y con un cielo en común y la mítica frase de mi madre “por fin, este año un día al menos os tengo a todos juntos”. Me deja de piedra. Pero siempre llega el esperado reencuentro. Siempre.
Os confieso que desde el día uno que empiezo mis estudios, el día que cargo mi mochila, siempre pienso en ese momento, en volver a ver a mi madre y con ella ser feliz. Ella se lo merece. Son muchas horas de viaje, a veces más de 48 horas, como va ser el caso de este año, pero es llegar a Argel y todos pendientes del teléfono, de llamar: “ya estamos en Argel”, y volver a llamar, mirar la agenda y avisar a todos los números de los Campamentos de que estás cerca, de que en cuestión de horas les ves, y es esa inmenso sentimiento de felicidad que ahora mismo no sé explicar en toda su dimensión. Van pasando las horas y los minutos, en el aeropuerto son siglos de infinidad incontable, y por fin, cuando empiezas a facturar vía Tinduf es cuando ese cansancio de tantas horas se vuele “gusanito” en el estómago y todo vuelve a empezar.
Ahora sí, son sólo unos minutos. Pero cuando crees que todo está resuelto, llegar a Tinduf se convierte en una odisea… Qué larga espera la de las maletas, no lo quiero ni pensar. Miras por un lado por otro, arrastras las maletas con carro o sin él, y cuando ves a tú padre con su turbante verde, te das cuenta de que ya casi estás en casa.
Es mi momento, es su momento, vamos charlando poniéndonos al día, aunque hablo yo más que él, y mientras voy apreciando el amanecer el camino de Tinduf a Smara pasa en milésimas de segundos, que curioso verdad? Ya estoy en Smara y ahora sí con toda la familia… Hay momentos que aunque os quiera contar es imposible, me guardo las emociones…mi reencuentro con mi familia está a la otra esquina.
Benda Lehbib Lebsir.
Imagen: Carlos Cristobal.

La hospitalidad en un hospital Saharaui…

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Los hospitales en los Campamentos son lo menos parecido a un Hospital convencional. Son el lugar donde la “hospitalidad” es la base, es la cura de cualquier enfermedad. Y cuando hablo de hospitalidad me refiero al contacto y la empatía entre los propios enfermos y sus acompañantes.

Muchas veces me he preguntando, porqué un lugar con tan pocos recursos da tanto de sí? No logro encontrar la respuesta pero sí intento descifrar cada una de aquellas situaciones, y es ahí donde está el origen “allí no florecen flores, allí florecen personas”, cada día más convencida de ello.

Mi madre, aún sabiendo la escasez de recursos, aquella noche de no sé exactamente qué mes, pero sí que yo apenas rozaba los cinco años, llena de esperanza me llevó al Hospital de Smara, mi Wilaya, a causa de la alta fiebre que tenía. Me diagnosticaron “bocio”, todo un mundo en ese mundo tan peculiar por llamarlo de una manera. No recuerdo si había dos o tres habitaciones, tampoco podían ser más, pero sí había mucha ilusión por parte de quienes ejercían de “médicos” por atenderme de la mejor manera, a pesar de la escasez de medicamentos y multitud de casos tan graves como el mío. Recuerdo ver a mi madre llorando a mares cuando me veía la cara hinchada, al igual que recuerdo otra madre decir “échala agua con azúcar, el famoso azúcar de piedra que sólo he visto en los Campamentos”, eso es “agandi” sentenció aquella mujer. Agandi, es una enfermedad que sólo padecen los Saharauis, sus síntomas solían ser fiebre, o hinchazones e incluso sarpullidos de granos… No entiendo de medicina y creo que aquella mujer tampoco, pero su absoluta seguridad ante aquella situación hacía que diéramos por hecho que era eso.

Increíble, tan increíble como cierto. Así es, los hospitales en los Campamentos son lugares en los que la confianza, a falta de medios, cura; los médicos diagnostican, y cuando te tienen que recetar las medicinas que van a curarte, lo más duro para ellos es el momento de mirar los cajones y ver que sólo disponen de una venda y a veces con suerte puede acompañar un iboprofeno.

Esa es la “hospitalidad” de la que hablo, no son los recursos los que curan las enfermedades sino la compañía, la sencillez y por supuesto la empatía de quien sin tener nada, es capaz de enfermar por ti, para que tú enfermedad sea más leve de lo que es. Allí, como decía, florecen las personas.

Benda Lehbib Lebsir.

Imagen: Victor Jimenez.

¿Por qué lloran los niños del V.E.P?

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Por qué los niños del Vacaciones en Paz lloran si están deseando venir, si estamos deseando verles? Muchas veces me han hecho la misma pregunta, y desde mi propia experiencia les digo que los niños lloran porque sí. Porque son niños, pequeños o grandes y porque sí. Insisto en el Porque Sí con mayúsculas, y lo explico a continuación.

Son niños, vienen de un viaje de muchas horas, de mucho estrés e incertidumbre, del pensar quién será mi familia, cómo será y de dónde será? Preguntas que ni siquiera viniendo una vez son capaces de responder…Todo es cuestión de tiempo, de adaptación y un poco de conocimiento de la situación del niño. Y no todo queda allí… Os habéis imaginado como padres o madres que un día vuestro hijo con tan solo 7 años se marchara dos meses a un mundo totalmente desconocido para él y para vosotros ? Me pongo en su lugar y es digno de admiración.

Os habéis imaginado vosotros mismos con 7 años, que os montan en un avión, aterrizáis en otro “planeta”, (nunca mejor dicho pues tal es la diferencia que se encuentran) y te crees que todo va a ir bien… cuando la realidad es que no sabes ni decir hola ?. Os lo habéis imaginado ?. Os imagináis salir de los 52 grados de un día para otro y aterrizar en un lugar con temperaturas frías, de paisajes verdes, cosa totalmente desconocida para el niño ? Os imagináis el choque que es ver tanta agua que intentas tapar con la mano un grifo abierto para que no se desperdicie e incluso tienen fuentes, piscinas y por si fuera poco grandes dimensiones que uno contempla como si fuera el paraíso, la playa ? Os habéis imaginado salir a la calle asfaltada y con aceras y ver tantos edificios, vestimentas distintas, comidas diferentes y por supuesto gestos de afecto totalmente novedosos para el niño “el famoso papá-mamá” entre miembros de la misma familia ?.

Os habéis imaginado que de dormir siempre en el suelo de repente te despiertas y estás en una cama y ya no digo si es una litera ?… En fin, yo me imagino esas situaciones, me pongo en el lugar de esos niños y de sus madres por supuesto. Y justifico el que lloren, al igual que desde aquí brindo por las familias que acogen a los niños y respetan todo eso… Más que nada para una convivencia exitosa.

Benda Lehbib Lebsir.

El jugar sin juguetes en un campo de Refugiados.

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Mi primer juguete le tuve con 7 años de edad, una muñeca que solo verla me daba hasta miedo.

Los niños en los campamentos de refugiados son felices. Son felices a pesar de la escasez de material de juego; su rutina diaria les ha dado la lección del convivir detrás de un balón, descalzos siempre, donde solo dejan ver el polvo de una atardecer que indica que por allí han jugado un partido de fútbol.

Son felices porque con una rueda de coche hacen carreras, les he visto picarse detrás de esas ruedas, unos agarrados a otros y van corriendo como si no tuviesen mañana. Les he visto felices en el mejor columpio, el monumento a la humanidad en la Wilaya de Smara, cuatro palos dos sacos agarrados de una cuerdas y allí, yo misma, me he tirado mis horas.

Les he visto felices en el reparto de la comida en Lidara esperando a que acabasen sus mamás para ayudarlas a recoger. Les he visto felices con dos latas de aceite y un palo entremedias y era el mejor coche que recuerdo haber visto jamás. Les he visto felices, muy felices. Nunca he visto un niño saharaui en los campamentos con un iPad, ni con un juguete con mando a distancia ni tampoco con vidioconsola, y no las menosprecio, simplemente que no todo gira alrededor de lo material, hay más que eso. Estoy segura.

Les he visto con una bicicleta y montados dos y un tercero detrás corriendo como si de una vuelta ciclista se tratara, les he visto felices incluso jugando a las canicas e incluso escondiéndose en un pozo. Son felices a su manera, sí. Esa sencillez, ese conformismo que desde aquí no entendemos, existe

Benda Lehbib Lebsir.

Imagen: Victor Jimenez.