El Siroco, una tormenta más…

“No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que responde mejor al cambio”. Charles Darwin.

De esos días que de pronto empieza a oscurecer, desaparece rápidamente el sol y empieza a refrescar, algo muy poco habitual en los Campamentos de Refugiados Saharauis. Por lo pronto, todos con la mirada puesta en el cielo, y con ello predecir lo que todos podrían traducir como un cambio repentino e incluso poco esperado.

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Se apresuran a tenerlo todo controlado, y se reparten las tareas para agilizar cuanto antes lo que sería la recogida de todo el material de las casas. Los niños, como siempre jugando, y en la mayoría de los casos observando detenidamente cada detalle y como no, analizándolo en profundidad. A lo largo de la noche, más de una vez, te levanta el ruido de las puertas de la jaima golpeando tan fuerte como si de un fenómeno atmosférico importante se tratara.

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Pero es sólo el siroco, hecho habitual y rutinario en los Campamentos. Es tan rompedor que se aprovecha al máximo, es más se disfruta. Recuerdo la expectación que suponía y con la que miraban los adultos a los niños mientras se limpiaban los ojos de arena.

Es una tormenta más o menos fuerte, dependiendo del momento en el que se produce y de su duración, pero sí que es cierto que es impresionante lo que se crea a su alrededor. Entre todos nos dedicamos a recoger y a tenerlo todo cerrado, a abrigarnos y a taparnos la cara y los ojos; el resultado de una “batalla” casi perdida es que acabamos con arena hasta en la nariz, pero siempre es divertido estar pendiente de los niños, de que entren en casa y sobre todo que se mantengan al alcance de sus padres.

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El siroco va y viene como cualquier otro hecho atmosférico, pero qué sería de un desierto si no hubiese siroco… Esa tormenta de arena que al fin da un poco que hablar entre los componentes de una familia, llamándose unos a otros y manteniendo viva siempre la esperanza de resistir y más que de desistir. Y como bien decía Phillip Bosmans “No puedo en un sólo día cambiar el desierto, pero puedo empezar haciendo un oasis.

Benda Lehbib Lebsir.

Imagenes: Victor Jimenez.

Un día cualquiera…

“Ellos viven en ciudades, viven en el ajetreo de la rutina, la locura de trasladarse al trabajo. La locura de volver del trabajo. El tráfico. La congestión. Están atrapados en eso. Yo me he librado” (Philip Roth)

El invierno en los Campamentos de Refugiados Saharauis no es en absoluto una estación fría. Está la familia (los que están porque lo raro es que estén todos). Están los vecinos, los amigos y por supuesto la rutina de ir al colegio. Los días pasan volando, sobre todo cuando todo gira en la misma dirección, cuando siempre se hace lo mismo y lo curioso es que uno nunca se imagina que pueda haber un mundo con otra realidad distinta a la tuya.

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Recuerdo las muchas veces que mi días eran la misma rutina: levantarme temprano para ir a las clases del Corán, volver a casa salir corriendo a la escuela. Pasaba toda la mañana entre aquellas aulas de adobe, con un cuaderno con el que ya habían estudiado mis hermanas mayores, y por supuesto frente a mí un maestro que intentaba hacer la jornada lo más amena posible.

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Había días que iba desayunada, desayuno que consistía en un vaso de té acompañado de un trozo de pan, y otros muchos que iba en ayunas. Me peinaba mi madre y rápidamente cogía la mochila y según el día, también me tocaba llevar una escoba para, al finalizar la jornada, barrer la clase. Era nuestro trabajo, si la manchábamos o se manchaba sola -porque se tenía que manchar con arena y polvo-, éramos los alumnos los encargados de limpiarla y mantenerla siempre ordenada.

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Volvía a casa y las tardes sí que eran algo más largas, más intensas. Todo giraba alrededor de los deberes que tenía que hacer, y por supuesto ir a llevar la comida a mis cabras. Ver la puesta del sol desde aquella pequeña montaña y sobre todo apreciar aquel polvo tan especial que sólo en Smara se podía ver. El movimiento de los coches circulando, las madres apresurándose para preparar la cena, el “Imán” llamando a la oración y alguna que otra representante del barrio llamando al reparto de la comida. Era fascinante.

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Las noches no pasaban desapercibidas para nadie, era el momento perfecto para ver a todos los integrantes de una familia juntos. Nos reuníamos alrededor del “kandra” y con el olor a incienso y aquella tímida luz de mi jaima hacia ver el cúmulo del cansancio tras una jornada intensa. Los días en los Campamentos, sea la estación que sea, siempre es lo mismo. Y como bien decía Paulo Coelho “si piensas que la aventura es peligrosa, prueba la rutina. Es mortal”  

Benda Lehbib Lebsir.

Imágenes: Victor Jimenez.