El día a día bajo los 50 grados.

Cuando crees que lo has vivido todo, te vuelven a dar una lección de supervivencia. 

Lo que puede ser un día de verano normal en los campamentos es una verdadera odisea. Su rutina es sencilla y a la par compleja, desde la primera hora intentan esquivar las altas temperaturas como pueden, haciendo cualquier tipo de actividades que les suponga mucho movimiento como puede ser cocinar, sacar al sol las placas solares para con ello asegurarse la luz de por la noche y sobre todo y quizás la misión casi imposible se reduce directamente al mantenerse a la sombra.

Cuando digo primera hora me refiero a las siete de la mañana, cuando ya la temperatura puede alcanzar fácilmente los 35 grados, intentan juntarse toda la familia en la medida de lo posible para tomar el primer té del día y desayunar, cosa que en muchas ocasiones no llega a superar un poco de pan, acompañado de aceite y mermelada y una sopa típica entre los saharauis (ncha). La comida es algo sencillo, poca veces varía; guisos, legumbres o cus cus estos suelen ser la cabeza de su dieta alimenticia.

Su día día nunca será titular de ninguna prensa, intentan mantener las “Pitakas” de 20 litros de agua siempre a la sombra para asegurarse que estuviera fresca durante el resto del día. Comen y rápidamente intentar dormir la siesta. El silencio que se produce en la jaima a esas horas es apreciable, incluso sólo los más valientes se atreven a ir de jaima en jaima.

El calor a veces interrumpe la actividad, y rápidamente sacan una esterilla, unas mantas y otra vez intentan reunir a la familia alrededor del té, mientras ven caer el sol.

La noche veraniega de los campamentos es quizás el momento clave del día, las temperaturas han descendido, y observar las estrellas desde el patio de casa mientras el silencio vuelve a reinar otra vez, es quizás la muestra más palpable de una desconocida rutina diaria.
Benda Lehbib Lebsir.

Anuncios

Del reencuentro os hablo.

De nuevo un hola significa siempre un hasta pronto en otro lugar.

 

Tras 9 duros meses de esfuerzo y trabajo, tocó volar y aterrizar de nuevo. Esta vez mi destino me lleva regresar a mi casa. Y ésta está en el desierto más inhóspito del mundo, la hamada argelina. Pero tampoco lo es tanto si pensamos en quienes lo habitan (mi familia y mis amigos), y en las ganas que conllevan el reencuentro tanto tiempo ansiado.

Es difícil a veces pensar en todo lo que uno se pierde en tanto tiempo; en las fiestas y celebraciones que no hacen más que juntar por un tiempo a toda la familia; también las infinitas tardes tomando el té, o por lo mismo las noches que se pasan como quien mira la carta hambriento con la impaciente mirada de un camarero que pretende hacer bien su trabajo.

Y qué decir de las llamadas, de los mensajes de ánimo, que en la mayoría de las ocasiones son la sobredosis de ánimo que uno se inyecta para creer inconscientemente que pronto se verá con los suyos.

Y cierto es, llegó el día, los nervios hacen invisible las interminables horas del viaje, los infinitos minutos, que juraría que eran horas mientras peleaba con una maleta que me sigue ganando la batalla con el peso, al que siempre planto cara como si de una guerra se tratara.

Silencios,  y en la mayoría de las veces sólo ponerme los auriculares para escuchar una buena música hacen creer que aquellas horas en el aeropuerto no eran más de lo que parecían en realidad.

Poco a poco, por imposible que pareciese, las horas se van acercando, y cada vez los nervios son más, los aplausos de unos impacientes viajeros hacen guiño a sus nervios, y con ello aparentan agradecer el buen trabajo realizado por los pilotos. Pero no, la ilusión es llegar, y acaban llegando.

Coger las maletas en Tinduf es casi una odisea, buscar desesperadamente a los familiares que esperan al otro lado de la puerta es una misión casi imposible, pero acaba llegando, y ¡por fin en casa!.

Besos, abrazos, saludos interminables, niños que pasan en busca de caramelos, mi madre que pregunta por todo, incluido por lo que ya sabe, la cosa es que hable, y esta vez lo consigue, la miro, me río y sigo contando mis anécdotas…Porque los reencuentros es eso, aún yendo lejos, muy lejos, siempre hay un punto de inflexión en el que dos polos se acaban encontrando.

Benda Lehbib Lebsir.