Yo decidí ser maestra.

Si tienes que poner alguien en un pedestal, pon a los maestros. Son los héroes de la sociedad. 

 Guy Kawasaki.

Después de muchos años pensándolo bien, de tenerlo todo fácil o difícil, según con qué óptica lo mires, después de intentar convencer de mil maneras que no era aquello de ir a la cafetería de la universidad a pasar la mañana. O que bien se te da recortar, pegar y colorear, porque confieso que soy absolutamente nula en todo tipo de manualidades.

Después de tanto esfuerzo, de tantos trabajos, de intentar ponerte de acuerdo con los compañeros que piensan de una manera diferente, y de tantos exámenes estudiados con tiempo o a última hora, como nos pasa a todos. Pues os diré que no recuerdo haber tomado mejor decisión en la vida que esta.  Estudiar magisterio. Lo volvería hacer, una y mil veces, creedme.


Siempre he tenido la idea en la cabeza, aunque también acompañada de un plan B por si no me diese la nota, o por el simple hecho de que no me gustasen los niños, pero nunca imaginé que fuera como está siendo. Que fácil es opinar sin tener ni la más remota idea de lo que supone poner en práctica la teoría,y principalmente poner sobre ruedas el que en un futuro será médico, ingeniero, psicólogo, biólogo, etc. Y por lo mismo, un maetsro…

Después de la incertidumbre que supone ponerse al frente de 25 niños, cada uno con sus capacidades, peculiaridades y problemas. 25 padres, con sus inquietudes, miedos, sus ganas de que su hijo haga lo mejor. En mitad de todo eso, y no es poco, decidí ser maestra y os puedo confesar que, me encanta.

Después de los nervios, del mariposeo en el estomago, la responsabilidad de enseñarles bien a escribir su nombre, de contar su primer 1+1, de coger bien un lápiz y que fácil decirlo ¿verdad?Pues creedme que con 25 flores creciendo a la vez, más que  bonito, es fascinante.
Nunca pensé que tendría mejor buenos días que el de 25 sonrisas queriendo entrar a clase a empujones por lo que les supone estar allí. Tampoco pensé en lo que conlleva ver su cara de felicidad cuando les dices que lo están haciendo bien, o incluso haciéndolo mal, saliendo de la línea, sus ganas de superarse, de impresionarme, algo que cada vez me emociona más.


Ser maestro no sólo enseña hacer fichas, ni es el que te pone la nota que al fin y al cabo es lo de menos, ser maestro va más allá, mucho más. Es la vocación de dar sin recibir, de guiar sin rendirte, de enseñar a ser, de llevarse los problemas e inquietudes de los niños a tu casa como si fuesen propios tuyos, y por supuesto de buscarles soluciones. Se trata de improvisar y sobre todo de despertar ese lado creativo que todos llevamos dentro, porque como decía Fernando Alberca de Castro “todos los niños, pueden ser Einstein”.

Mi madre, que había ejercido 38 años de maestra, la misma que ahora la ven sus antiguos alumnos, ya universitarios como yo por la calle y la saludan con cariño, siempre me decía que “ser docente es la profesión de la eterna juventud, aprendes más de lo que enseñas”. Y qué razón tenías mamá. Todos nos acordamos de aquella figura que nos enseñó que el colegio era nuestra segunda casa, donde nos llevamos a una segunda madre, a 24 amigos, y sobre todo donde más que un número, somos niños.  Ese es el maestro.

Benda Lehbib Lebsir.

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