Querido viajero. 

 

Hay lugares en los que el tiempo entra como una bala en el agua; perdiendo poco a poco velocidad hasta que parece que jamás hubiera llegado a matar.

Risto Mejide.

 

Dime a qué tienes miedo. Al viaje tan largo que te espera. A las infinitas horas que parecen interminables.  Dime, y si esto fuera la aventura de tu vida ¿Te la perderías? Ya te digo yo que no.

Háblame de esa montaña rusa de emociones que estos días estás viviendo. Háblame también, de la guerra interminable que tienes con la famosa hoja donde llevas más de un mes apuntando lo que crees que debes llevar. De los tachones del “esto ya lo tengo pero me falta lo otro”. Y apuntas una y otra vez.

Háblame, que te escucho con toda la atención del mundo, de tu pelea literalmente con los kilos que no dan más de sí. De tu ingeniosa fórmula de llevar más y que parezca menos. Y es que bendita la paciencia la de los trabajadores de los mostradores de “Air algerie” que cada vez que les hablan de un viaje a Tindouf se toman una tila por lo menos.


Cuéntame qué tal llevas esas llamadas de última hora  en las que intentas explicarle a tu niño que solo es cuestión de días. Que esa promesa de ir a verle está a punto de cumplirse. Y que aquello tan tan ansiado de ir a jugar en la arena del Sáhara ya no parece misión imposible como lo era antes.

Venga, háblame de los planes que tienes pensados, de esa visita al colegio, de jugar al fútbol con los niños, de aprender hacer el té Sáharaui como si aquello fuera una profesión… Tanto y tanto que cuando menos te lo esperas te encuentras de vuelta hablando de tu experiencia y tus ganas de volver.
Cuéntame cuántas veces quisiste estar allí, porque cuanto más te involucras más sufres por ellos. Dime, si quieres, de todas esas veces que querrías parar el tiempo por lo que te están ofreciendo a cambio. Y sin embargo le ves marchitar como quien ojea una carta hambriento. Sin poder hacer absolutamente nada, vivirlo al máximo, ese es mi consejo.
Me han hablado de todo eso y lo he vivido. Pero te diré a ti viajero que, es una aventura, un viaje de amor y por amor. Exprimelo. Aprovéchalo. Disfrútalo por ti, por la familia que conoces y sobre todo por los que no podremos ir.

Exprime al máximo todos los momentos. El despertar, el desayunar en una mesa sentado encima de unas colchonetas, a las que acabarás cogiendo cariño. Acuérdate de no perder de vista ningún detalle, los niños que verás a las 9 de la noche durmiendo en el suelo algunas veces tapados y otras no. Las cenas y “alkandra” que te dejarán fascinado. Te lo recomiendo.

Acuérdate también, de apreciar cada detalle, los colores, sabores y por supuesto olores. No hagas lo que haces aquí siempre, rompe tus propios esquemas, adáptate lo que puedas y deja de lado aquello de “voy solo una semana porque el tiempo da de sí lo que uno quiere”.
No olvides que los viajes de ida siempre conllevan la vuelta y ese día que no quisiste hacer la maleta de vuelta siempre acabas intentando pasarlo como puedes. Haces balance de lo que viste, hiciste, conociste, y empiezas a hacer malabares contra ese nudo inexplicable que se te crea en la garganta, por la familia que dejas allí y sobre todo por no poder explicarte ¿porqué esto a ellos?.

Ahora sí, no te preocupes por esas lágrimas que caen en un intento fracasado de contenerlas por eso que tanto temías, un hola en un lugar siempre es un adiós en otro. Y ahora dime, ¿qué harías si tuvieras miedo a ese viaje?  Yo lo disfrutaría una y mil veces, querido viajero. Ahí está la clave.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotos: Jalil Mohamed.

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