A ti, voluntario, cooperante gracias

Mucha gente pequeña,

en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas,

puede cambiar el mundo.

Eduardo Galeano.

Ese día que vas mirando hacia abajo, que crees que el mundo se va a pique. O que todo está del revés. Ese día, de repente, todo cambia. Te da por alzar la mirada y de pronto descubres que no todo va tan mal como creías. Que hay pequeños detalles de los que no te habías dado cuenta. Y que, por suerte, hacen la vida de otros, un poco mejor.

Verás, a ver si me explico. Te hablo a ti voluntario. Cooperante, a ti que de manera desinteresada te llaman las injusticias. Tú que tu zona de confort te queda pequeña y quieres ir más allá. Si, tú, el que dejas a los tuyos, tus cosas, tu cama, tu nevera, tu grifo y por supuesto tus armarios, y te cuelgas la mochila de la supervivencia. Sin importarte nada, siendo o no consciente de que aquella aventura te puede cambiar la vida para siempre.

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Te hablo de ese momento en el que alguien te nombra el “Sáhara” y empieza a crecer tu curiosidad. Investigas, preguntas, te empapas de información pero todo eso siempre será menos de lo que es en realidad. Y cuando te quieres dar cuenta estas facturando en barajas, buscando entre todos los mostradores donde hay gente que en vez de llevar maletas llevan cajas enormes, mochilas gigantes y sonrisas que solo contagian aquello de “ya empezamos a facturar que nervioso/a estoy.”

Nada que ver con el momento que aterrizas en Tindouf. Aquel “paseo” que te pegas para estirar las piernas de un largo viaje desde el avión hasta que te sientas a rellenar la tarjeta esa que te dan como si te diesen un premio y es cuando te empiezas a familiarizar con su ritmo de vida, lentitud, y sobre todo su “no hay prisa”,  de pronto te has hecho amigos, que raro ¿verdad?.

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La batalla de las maletas en Tindouf, es un deporte de riesgo, eso te lo digo yo. Pero de pronto, estas en los campamentos. Despiertas la primera mañana y empiezas a ver aquello que no era como imaginabas ni mucho menos. Crece en ti la impotencia y te das cuenta de que  “Son cientos de miles de personas desplazadas de sus hogares manu militari, y condenadas a la miseria material sin que ningún organismo oficial o ningún país del eso que llaman “el mundo civilizado”- incluido España- mueva un solo músculo para remediar la situación”, me decía un conocido tras su paso por primera vez por los campamentos.

Creo honestamente que es una experiencia que todos debemos probar alguna vez, entrar en un hospital como un médico que quiere pasar consulta y darse cuenta de que no hay ni un ibuprofeno, que el betadine con el que todos nos tropezamos en algún momento, allí es una sonrisa la que cierra cualquier herida. “Y la impotencia de un medico al poder emitir un diagnóstico sencillo, de una patología corriente, y no disponer de medios para tratarlo.” Aquello es un mundo.

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He visto maestros voluntarios ir a colegios para aportar su también granito de arena y encontrarse con cuatro paredes, mesas, ventanas a medio caer y pizarras sin tizas. Y lo curioso de todo, es que se daban clases. Y ¡que clases!.

Y sí, cosas pequeñas. En lugares pequeños. Gestos que alegran. Te das cuenta que el niño de al lado tiene una risa que contagia a toda la jaima. Y que hay alguien que corre porque llega tarde al colegio. Y llega. Y entra. Y sonríe. También. Te das cuenta que tienes un caramelo más en el bolso y que ese niño que sonreía antes, le hace más ilusión que a ti. Y se la das. Y él sonríe. Te das cuenta que hay dos amigas que llevan tiempo sin verse, y que se reencuentran de nuevo. Que se dan ese abrazo y es motivo de reunión para todos los ahí presentes alrededor del té. Y les sonreís.

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Te das cuenta, que tus pies se están moviendo al mismo ritmo de aquel toyota en pleno desierto. Y que, por suerte, es por el gesto que tú haces. Y sonríes. Te das cuenta también, que da igual el mes que sea, porque el sol siempre está reluciendo. Y que huele a desierto, a tranquilidad, a paz. Que no hay nada mejor que mirar al frente y darte cuenta de que tú, cooperante, voluntario, haces y puedes hacer ese gesto. Y te llenas de energía. Y es que, además, es la misma energía que sentirás cuando te das cuenta lo agradecidos, hospitalarios, y generosos que son.  Y que no se me olvide recordarte que te harán sentirte como en casa. Y sonríes. Y vuelves a sonreír.

A ti voluntario, cooperante, desde aquí gracias, gracias por hacer en aquel lugar de gente pequeña, con tu gesto pequeño que se sientan grandes. Por que ir allí, te hará darte cuenta que, los pequeños detalles, son los que realmente roban sonrisas.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Mansur Buseif.

 

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