La infancia desconocida.

Atrévete a ser optimista, a formar parte de la resistencia que forman los seres extraordinarios, quienes logran construir el futuro.

Miguel Ángel Cornejo.

Siempre he tenido la curiosidad de saber qué tipo de dificultades tuvieron mis padres cuando llegaron a los campamentos de refugiados procedentes del Sahara occidental. Siempre, insisto, desde pequeña he tenido esa necesidad por saber cómo vivieron sus primeros años de vida separados de sus padres, cómo niños de 6 y 2 años se enfrentaron en solitario a esas dificultades que supone vivir en el exilio. Mi padre, un señor de pelo ya completamente blanco, con tez clarita, sin arrugas aún,  y una mirada marcada por los 41 de exilio. Tuvo la suerte, como el mismo dice con orgullo, de estudiar en Cuba ingeniera aeronáutica, y actualmente vive en los Campamentos con mi madre y tres de mis hermanos.

Este verano, alrededor de un té, que le estaba preparando, le fui preguntando poco a poco sobre aquella situación, entendiendo que era un tema bastante difícil pero sobre todo que al ser un niño tan pequeño entonces le podría traer algún que otro recuerdo, y así fue. “Las dificultades que tuvimos fueron tantas que no las podría numerar una por una. Pero personalmente creo que el mayor problema que tuvimos fue el momento en que llegaron los marroquís a ocupar nuestro territorio allá por el 1975.” Me decía mientras se colocaba dos cojines en una alfombra en el suelo para tumbarse.

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Le pasé el primer vaso, amargo como la vida, y le invité a que siguiese en la conversación preguntándole un poco sobre qué recuerdos tenía de esos momentos llenos de angustia, inseguridad, etc. A lo que rápidamente, sin acabar mi pregunta me respondió “recuerdo perfectamente cómo iban saliendo la gente de sus casas, íbamos en una dirección sin sentido. No sabíamos dónde íbamos a asentarnos ni nada por el estilo. Nos fuimos un poco por el miedo, la violencia y por todo que nos decían que iba a suceder a lo largo de esos días. ¿Me entiendes verdad, hija?” No, no entiendo, papá, le respondí, para seguir en el hilo de la conversación.

“Yo era bastante pequeño, me fui con gente que no eran mi familia porque mi madre se fue en un coche con mis otras dos hermanas mayores. Y junto con mi hermano nos fuimos con mucha gente que ni conocíamos, no sabíamos a dónde íbamos ni nada. Pasaron exactamente siete días y no sabíamos dónde estaba mi madre ni mis hermanas. Tras andar muchos kilómetros, llegamos a un sitio donde había una base militar del Polisario, que era como un punto de encuentro para los que veníamos de los territorios ocupados. Esta base militar solo tenían un coche, y la verdad es que nos trataron muy bien.” Fijé mi mirada en la suya y en seguida, aprecié la emoción de mi padre, pero seguía con la curiosidad de saber un poco como les organizaron y sobre todo como un niño de 6 años tenía que vivir en esa situación.

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“Nos organizaron de tal manera que primero tenían que comer las mujeres, y los niños. Los hombres se encontraban vigilando el territorio. Solo estuvimos allí un día. En ese coche que tenían montaron a las mujeres y cada una intentó sentar encima suyo a uno o dos niños, y nos mandaron escoltados con dos militares que conocían el terreno. Los hombres sin embargo iban andando. El recorrido lo hacíamos de noche siempre, por seguridad y de día nos dejaban descansar, pero sobre era un poco la estrategia por miedo a que nos bombardearan (los marroquíes).”

Con su chilaba azul, y turbante verde se volvió a colocar, y en ese momento aproveché para pasarle el segundo vaso de té, y esta vez dulce como el amor o eso dicen, le comenté entre risas, y con una sonrisa me siguió la broma. Se encogió de hombros y se pasó el turbante por la cara, con una voz cada vez más pausada, siguió “llegamos a mheiris, allí nos quedamos tres días. En el montón de aquella gente, mi hermano que era más mayor que yo encontró a mi madre, no recuerdo exactamente cuántos éramos. Nos organizaron, pero no había jaimas, lo que las mujeres hacían era coger melhfas e improvisaban una jaima donde se podía refugiar el mayor número de personas. No teníamos ropa, ni comida y lo poco que había lo repartían entre los muchos que éramos.”

En ese mismo instante, nos interrumpió mi sobrina pequeña que se acercó a llamar la atención de mi padre y se quedó acoplándose a una conversación que no dejaba indiferente a nadie de los que estábamos en esa habitación haciendo sombra a los 54 grados que debía de hacer fuera. “Sufrir, sufrimos bastante, no te voy a mentir. Pero no se notaba. La gente sabía perfectamente que eran muy malas condiciones no había comida, pero el ánimo entre nosotros era bueno. Incluso, una de las primeras medidas que tomaron fue como enseñar a los niños y entretenerlos, y lo que hacían era juntarnos a todos donde se situaba un árbol (un punto de encuentro o de clase), se colocaba un señor que hacía de profesor y en unas piedras nos ponían frases que teníamos que repetir y aprender.” Y sabes ¿qué hija? Lo consiguieron. Afirmó con más orgullo aún dejando en el vaso del último té con fuerza en tabla.

“Las palabras solo pueden tener efecto en ti, si tu decides escucharlas”

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Bachir Lehdad.

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