Refugiada, sin quererlo.

“Estábamos, estamos, estaremos juntos. A pedazos, a ratos, a párpados, a sueños”

Mario Benedetti.

No quiero ver tu cara de pena, aunque es lo que todos esperan cuando miras a una refugiada. No quiero que me digas nada; absolutamente nada. No necesito que me cuentes lo que piensas de mí, ni si quiera que me preguntes cómo he llegado hasta aquí, porque eso no importa. Si tuve frío o si pase hambre. Si me sentí sola o tuve miedo son cosas que me guardaré para mí porque no quiero tu compasión.
No tengo ningún problema contigo. Ni con tu gente o tu país. De hecho, mi problema es que, como sabrás los refugiados no venimos del lujo, no huimos de ningún paraíso. Tampoco venimos a tú país a robar tu pan ni tu sanidad. No venimos a que nuestros hijos se sienten al lado de los vuestros en la misma mesa en un colegio y a que los miren de reojo como si hubiesen caído de otro planeta. No son afirmaciones remotas créeme, son verdades de calle, de lo que tú y yo podemos oír día sí y día también.
Sé que me entenderás, si te digo que soy hija de la resistencia. Soy Saharaui, y desde que tengo memoria, mi hogar solo fue un trozo de tela expuesta en la nada, mi piel una cicatriz y mi esperanza una Caravana humanitaria. ¿y sabes una cosa? jamás conocí a nadie más valiente que mi gente. Te lo digo de verdad.
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Ser una refugiada no es mi identidad. No. No te equivoques. Es una circunstancia que otros me han impuesto. Nací en el lado equivocado de una frontera dibujada por manos ajenas al sufrimiento. Nací en el lado de los dignos, de los que llevan cuarenta años esperando justicia. Cuarenta años peleando porque la siguiente generación logre lo que nuestros abuelos no lograron: Una vida sin hambre. Cuarenta años esperando un parque para sus niños, una universidad para sus jóvenes y un retiro digno para sus mayores. Nací en el lado de la esperanza, porque el desierto nos ha enseñado que ese, es el mayor tesoro.
¿Sabes tú lo que es creer en los imposibles?¿Que se pongan malos tus hijos y tener que recurrir a remedios caseros porque el hospital más cercano no tiene absolutamente nada que pueda salvar la vida de tu pequeño?¿Tener que temerte siempre lo peor? Ojalá jamás tengas que conocer esa sensación. No te lo deseo.
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¿Y sabes que es lo mejor de todo eso? que amamos la vida. Amamos cada día como un regalo. Amamos a nuestra gente, nuestra risa, nuestras ganas de vivir. Amamos cada minuto que nos permite aprender de la vida. Y lo mejor de todo que valoramos y apreciamos cada gesto de cariño que recibimos.
Ahora que lo sabes todo no te imaginas la de veces que he tratado de demostrar que ser un refugiado no es más que una etiqueta. Pero la triste dura y maldita verdad está ahí. Cada refugiado es más que un nombre, una cara o una huida hacia adelante. cada refugiado es una historia de esperanza, es una familia que espera, cada refugiado es una carta que nunca acaba de llegar. Por eso, hoy he decidido dejar de callar y hablar. Esta es mi historia y creo que merece ser contada. Más que por mí, por todos ellos. Por todos los refugiados de las mil injusticias de este mundo. Tengo la esperanza que desde hoy, cada 20 de junio sea algo más que una fecha del calendario. Tengo la certeza que cada 20 de junio sentiré que me lees, me comprendes, y una pequeña parte de ti se siente como un refugiado más.
“Los refugiados no tienen otra elección, tú sí. Ellos, lo único que quieren es volver a casa”
Benda Lehbib Lebsir.
Fotografías: Víctor Jiménez .
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El otro vacaciones en paz.

Con amor y paciencia, nada es imposible.

Daisaku Ikeda

Qué gran frase. Ayer, una vez más, volví a escuchar esa frase. No queda nada y les tenemos aquí. Puede que hasta resulte ser una frase cualquiera. Pero, en realidad, tiene mucho más valor del que podéis llegar a imaginaros. Y no para la familia acogedora, que también, sino para los niños y niñas que esperan ansiosos su época estival que rompe literalmente con su rutina y monótona vida de refugiados. Es su sueño más fácil de alcanzar dentro de los miles que cualquier niño se propone.

Esta vez no soy yo la que viene. Esta vez no seré yo una de esas personas a las que iba dedicada esa frase. Esta vez no seré yo esa que estaba muerta de calor, quizá por los nervios, o quizá por ese calor que realmente hace en los campamentos de refugiados. Tampoco seré yo una de esas personas que, en silencio, pensaba en todo lo que dejará atrás. O en todo lo que aún está por venir. También.

Esta vez no seré yo una de esas que cuenta las horas comiéndose las uñas porque es cierto, ya no queda nada para tenerlos aquí. Ni siquiera seré yo la que suba al camión entre lágrimas de emoción y un puñado de nervios mientras se gire a despedir a su madre, como quien se va pero con la certeza de volver, y de volver pronto. Y lo más difícil quizás sea ese momento de sentirse comprometida a hacerle caso a todos y cada uno de sus consejos que a lo largo de esos días habría repetido más de una vez.

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Tampoco seré yo la que sonreía en la típica foto en el aeropuerto una vez que aterrizan en España tras más de doce horas de viaje (en el mejor de los casos) con todos aquellos que te acompañaron en ese recorrido tan sumamente largo, por que se hace eterno, creedme. Esta vez no, esta vez lo veo todo desde fuera.

Y no tengo palabras. Es exagerado los pelos de punta en más de un momento conforme se va acercando el día de su llegada. No sé si es por el recuerdo a cuando yo estaba allí. O por la felicidad de verlos llegar con la misma ilusión con la que llegue durante siete veranos consecutivos. O también, por todo lo vivido en aquel mismo escenario, mismas vivencias, mismos sentimientos, pero quizás, sea por todo lo que he vivido hasta ahora fuera de allí. Supongo que fue y será siempre un cumulo de cosas, pero cosas maravillosas.

Aunque ya las di en su día, las doy y las daré siempre gracias por permitir que los niños saharauis puedan vivir esta maravillosa experiencia. Gracias  a las familias acogedoras por todo lo aprendemos,  por vuestro empeño en presentarnos a vuestro entorno amigos y familiares. Por todo el esfuerzo que supone de un día para otro acoger a un niño saharauis y hacerle sentir como un miembro más de vuestra ya formada familia.

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Supongo que no tengo nada más que decir, simplemente quería expresar este sentimiento. Ahora, sólo me queda desear suerte a todos aquellos que se estrenan en esta familia llamada vacaciones en paz, por este momento de “dulce espera” tan particular que supongo que estarán viviendo igual que los niños. Por ese mariposeo en el cuerpo, y por esos nervios por saber qué pasará. Suerte, de verdad, en esta nueva aventura, que es fantástica. Que la disfrutéis al máximo día tras día. Que captéis cada uno de los momentos, que hay tiempo para todo, aunque cuando menos os lo esperáis, estáis con lo de ¡pronto les tendremos aquí con nosotros de vuelta! qué gran frase, de veras.

“Tanto si piensas que lo vas hacer bien, como si piensas que no puedes, estás en lo cierto.”

Benda Lehbib Lebsir.

Imágenes: Coral López.

 

 

 

El valor de una mirada Saharaui.

Cuando se llega a los límites de las cosas que nos hemos fijado, o incluso antes de llegar a ellas, podemos mirar hacia el infinito.

– Georg Christoph Lichtenberg

Los saharauis, y su misteriosa mirada siempre acaban enganchándote, ¿has pensando alguna vez porqué miran como miran? Porque quizás sea esa historia que llevan a las espaldas, su tez oscura, sus manos arrugadas y su rostro alegre en mitad de este mundo de locos en el que les ha tocado vivir. Quizás sea su templanza, su sencillez, su lentitud o su forma tan peculiar de ver y vivir la vida. Y no lo se, pero es algo fuera de lo normal. No lo digo yo, que también, sino quienes se atreven a conectar con ellos, a ir un poco más allá.

Quizás sea eso, o que también, sea su elocuencia, su uso perfecto del lenguaje, un idioma inventado por y para ellos que mezclado con un melifluo tono de voz son capaces de  acoplarte a su mundo con tan solo escucharlos, y es que es como aquella melodia capaz de despertar un torbellino de sentimientos, el arte desprendiéndose de sus miradas, capaz de deleitar el corazón de quien les escucha. “Porque quien no entiende una mirada, tampoco entenderá una larga explicación.”

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O sus silencios, ¡ay sus silencios! la interpretacion abstracta de su ser, apta tan solo para quien mira mas allá de lo que ve, para aquel sin miedo a sumergirse en un mar de profundas interrogaciones, incógnitas sin respuestas, verdades como templos, historias jamás contadas, y la humildad  y la hospitalidad por bandera. O la poesía que forma parte de sus miradas, unos ojos transparentes, sinceros, capaces de describir los mas inefables de los sentimientos en un efímero espacio de tiempo. Y es que enganchan, de verdad. Míralos, aprecia lo que te dicen más de lo que hablan, no les hagas gesticular ni una sola palabra, ni hables tu tampoco, ve más allá. Míralos, pero míralos bien. De verdad. 

O quizás, la vida que corre por sus venas, sístole y diástole al compás de su intensidad, eufóricos latidos tras una apariencia calmada, de quien aprecia lleno de paz la belleza a su alrededor, de alguien que ve un mundo de color, y en su círculo en el que cada pequeño matiz cobra un poco de sentido. Y es difícil, muy difícil, pero allí están haciendo malabares jugando al despiste como quien quiere ir adelante y va por que tanto si piensan que pueden o no sobrevivir en esas condiciones, en ambas están en lo cierto.

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Quizás sea todo eso, o no, pero sabes qué te digo ponte sus zapatos… Esfuérzate para que tu pie entre, átate bien los cordones y echa a andar. Comprobarás que aprietan donde menos podías imaginar y que, incluso, te harán rozaduras, de esas que tardan un tiempo en desaparecer, de las que marcan y no olvides lo complicado que es ponernos en el lugar del otro y andar su camino, enfrentándonos a sus miedos, sus frustraciones, sus interrogaciones, su tira y afloja, porque mirar lo que es mirar, mira cualquiera, hablar sin hablar tan solo unos pocos. Y como decía una buena amiga mía, “en el Sahara la luna está llena de miradas que se perdieron buscando respuestas.” Y que verdad.

Benda Lehbib Lebsir

 Fotografías: Sergio López