Mi infancia.

16 añitos fiera
me creía el rey del mundo
con mi lema por bandera
lo que digan yo no escucho

No había nadie que pudiera lograr
que cambiara un poco el rumbo
con mi idea la primera
y que no agobiaran mucho.

16 añitos -Dani Martín-

Hace unos días, una amiga, me propuso escribir sobre mi infancia. Me pareció un tema bonito del que, además, pocas ocasiones había hablado o escrito y, en cuanto vi el momento oportuno me puse a ello. Debo admitir que me pareció más complicado de lo que pensaba. Por todo lo que supone, sobre todo en lo emocional.

“Hay cosas que no se cuentan y mueren en los corazones“. Esa frase que en algún momento leí, viene al hilo de esta maraña de ideas y pensamientos que a una le da por poner en forma de palabras en medio de un cuadro de calor y como el que estamos atravesando esta semana. (En serio, estas temperaturas, estos cambios de la noche a la mañana pueden conmigo). Dicho esto, yo estoy aquí para sincerarme (igual que aquel que hablaba de su libro), así que vayamos a lo interesante, más que nada porque yo no quiero que mueran esas cosas, no al menos en mi corazón.

¿Tuviste una infancia feliz? Me preguntó mi amiga la que me proponía este post, y a decir verdad nunca me ha gustado esta pregunta y siempre que me la hacen, o la leo por ahí, siento algún tipo de rechazo a continuar leyendo. Pero, si soy sincera, diré que es la primera cuestión que me vino a la cabeza cuando empecé a elaborar la entrada en mi mente.

¡Pues claro que sí! ¡La infancia siempre es sinónimo de felicidad! Por lo menos así debería ser… y así lo creo. Aunque debo reconocer que la mía al igual que todos los niños saharauis ha sido marcada un poco por las condiciones en las que nos hemos visto envueltas, eso a lo que algunos llaman madurez prematura. Un poco de ese estilo.

20368965_807064849455766_3104353837209220569_o

Pero, bien, vamos al lío que me enrollo y no sé ni por dónde empezar. Mi infancia fue tremendamente feliz pero, en realidad, lo que tengo son recuerdos de momentos puntuales que, probablemente, son los que han marcado mis días, mi conducta y hasta parte de mi personalidad desde entonces hasta hoy. ¿Quieren saber cuáles son? Ahí van:

Recuerdo; que los días eran súper cortos, según amanecía mi madre se apresuraba a peinarnos a mis hermanas y a mí mientras mi padre preparaba el té y en ocasiones acompañado de un poco de pan y aceite. Aquel momento era un ritual, al que también su sumaban mis tíos, un encuentro que significaba poco más que ponerse al día pero sobre todo comentar algunas de las noticias que habían oído en la radio la noche anterior.

Mis mañanas se reducían a una jornada bastante sencilla; ir a clase (siempre corriendo, porque la puntualidad nunca ha sido lo mío, aunque ahora sea todo lo contrario). Deseaba con emoción la llegada del recreo, era ese momento en el que todos salíamos de clase a empujones para empezar a jugar; “la rayuela”, “a la una anda la mula”, “las canicas” entre otros, ocupaban nuestra jornadas lúdica. ¡Qué rápido se me pasaba aquella media hora!

20414322_807105996118318_6413708694655679496_o.jpg

Recuerdo, que por la noche me quedaba dormida antes de cenar sobre aquellas alfombras de mi luminosa jaima y que me taparan a las tantas. O por lo mismo quedarme dormida en casa de mi abuela y que me llevaran a mi casa. No puedo hablaros de recuerdos de mi infancia, sin hacer una pequeña mención a la cantidad de libros que me tenía que forrar mi madre, y no era un forro normal, sino trocitos de cartones pegados o cosidos a los libros. Me fascinaba aquella técnica, que curiosa era, y cuánto tiempo duraban.

El tiempo nunca acompañaba, aunque a decir verdad, y seré yo la rara pero me gusta el frío, pero sobre todo, me gusta el invierno seco saharaui. Esa impresión al entrar en la jaima en busca del calor y dejar atrás el frío del exterior, esa sensación reconfortante en la cara. Los ojos vidriosos y los labios agrietados. Me gusta el sonido de las gallinas altas horas de la mañana, que daban comienzo a la jornada. Pero creo que no entendería un invierno en los campamentos sin el aroma que desprende el incienso mientras se consume, me encanta observarlo. Es una sensación única.

Recuerdo ser una niña feliz, más bien tranquila, de carita redonda, morena y pelo un poco lacio. Ojos abiertos, despierta, atenta. De gesto serio por naturaleza, pero con la sonrisa dispuesta en cualquier momento. Algo tímida, aunque ahora quienes me conocen lo niegan rotundamente. Delgaducha. Bajita por genética. Estoy segura que esa niña no se diferencia demasiado de lo que soy hoy en día. Esa niña que se sigue emocionando cada vez que cuenta un poco más de su escondida infancia, hoy (a petición de mi amiga) me he emocionado al volver a recordar aquellos pequeños momentos que nunca he querido que mueran, y no en mi corazón. Y sí, reconozco que en mi infancia, fui feliz.

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: Jalil Mohamed

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s