Para cuando te acuerdes de mi.

“Antes de nada dejaremos claras
las páginas que nos importan.
Las de libros abiertos de vidas cercanas,
paredes que por siempre callan.”

Prólogo, Izal

Más de dos meses han pasado desde la última vez que me asomé por aquí. ¡Demasiado tiempo!. “Hace mucho que no publicas en el blog”. “¿Por qué no escribes?”. “¿Cuándo vuelves?”. Son algunas de las preguntas sin respuesta que me han hecho durante estas últimas semanas de retiro -casi- absoluto de este espacio.
Mentiría si dijese que no me las hice también en algún momento, puede que casi a diario. Pero es que ni yo misma sabía por dónde empezar. Esto del “mundillo laboral” cuesta lo suyo, y como diría mi madre, “se está mejor estudiando que trabajando”. Y en eso tiene toda la razón, ¡no me diréis que no!…Aún así, ¡qué afortunada soy, trabajando y de lo mío!.
Volviendo al tema, ¿qué tal lleváis el viaje?. ¿Muchos nervios?. Espero que sí, porque es un viaje fantástico, de desconexión, de cargar pilas, de exprimir al máximo todo, de dejar atrás el reloj, el estrés, las prisas, etc…
El post de hoy, es un poco diferente, espero que lo disfruten tanto como o más que yo cuando intenté plasmar esta historia.
Microrrelato:
Llevaban años sin verse, y con tiempo, puede entenderse más de tres o cuatro años.
Ella jugaba al despiste, intentando que las horas pasaran lo más rápido posible. Ella se dedicaba a recoger, a organizar, a planificar.
Estaba ansiosa. La visita que recibiría esa misma noche -en cuestión de horas-, era su sueño hecho realidad. Su hermana Lucía, aterrizaba en el Sáhara.
Ellos consumían las últimas horas que les quedaban antes de tomar el avión, que les llevaría a aquél lugar del que nunca se irían. “Algo de mí se quedará aquí para siempre”, dijo Lucía, entre suspiros, la primera noche que llegó a los campamentos.
En el mismo instante que entre abrazos, guiñó a la luna, agradeciéndole volver a unirlas de nuevo.
Pero esta vez allí, en el desierto. Muy lejos de la plaza del pueblo, de la piscina, de la playa, que habían sido testigos durante tanto tiempo de sus cómplices sonrisas.
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Jadiya, esa figura quebradiza escondida tras una lánguida melena morena, abrió las maletas sabiendo lo que buscaba, queriendo encontrar ese recuerdo del que no quería desprenderse. Abrió sin hacer mucho ruido, necesitaba ese momento para ella, con el silencio de una habitación a medio hacer y rodeada de maletas. Con luz tenue y el sol que apenas se dejaba ver, entre la cortina de la habitación que daba justo con la jaima de su madre. Cogió aquellos pequeños detalles con mucha ilusión, incluso con lágrimas en los ojos. Un regalo que, sin que ella lo supiera, marcaría su futuro a medio plazo.
Esa carta con la dedicatoria más simple y sosa que jamás se haya escrito, esa en la que sabes que no hubo demasiado esfuerzo por la otra parte, casi un acto mecánico por el simple hecho de rellenar un espacio en blanco, y fue la que, con el tiempo, le haría llorar desconsoladamente cada vez que su mirada se cruzase con aquella sencilla hoja doblada, y con una letra que apenas se llega a entender.
“Para que cuando la leas te acuerdes de mí. Siempre habrá una luna que nos ilumine a las dos”.
Sin pensarlo mucho decidió que aquélla carta le acompañaría en su largo, y quién sabe si definitivo, viaje. Una carta que apenas había ojeado, pero que necesitaba tener cerca por algún motivo inexplicable. Era como si ese simple gesto la mantuviese unida por un pequeño hilo invisible a su hermana. Como si nunca se hubiera ido. O no del todo.
Pasaron los días tan rápidos que no fueron conscientes de que ya tocaba volver a la rutina. Y como siempre pasa, llegó el momento de la partida. Lucía, debía poner rumbo al aeropuerto para llegar con la suficiente antelación y así facturar aquellas dos pesadas maletas sin agobios ni prisas. Además su despiste era tal que sabía que tendría que dar alguna vuelta de más. En cuestión de minutos cerraría la puerta con su consiguiente portazo, dejando atrás recuerdos, vivencias, alegrías, tristezas y, al fin y al cabo, una experiencia que jamás hubiera imaginado.
Con paso firme y la mirada perdida en sus pensamientos, salió dispuesta a todo, siendo consciente de que las despedidas siempre fueron amargas, y esta vez no iba a ser diferente…
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Éste es un pequeño relato que un día escribí casi sin darme cuenta, y sin saber muy bien porqué. Pero lo cierto es que me ha hecho reflexionar sobre cómo, a veces, la vida nos pone en una encrucijada: ese dejar ir, ese aprender a vivir como siempre, pero diferente. Madurar, crecer, evolucionar….Puede que todo sea una cuestión de perspectiva, pero lo cierto es que todos tenemos de una manera u otra, esa dedicatoria eterna que nos mantiene enganchados a una persona, a un momento, a un recuerdo durante mucho, quién sabe si demasiado, tiempo. Y el tiempo es justo el que necesitamos, el que cada uno se toma, ni más ni menos.  Pero siempre, y mires por dónde mires, ahí está para curarlo todo.
“Para que cuando la leas no te acuerdes de mí”.
Porque sí, siempre me acordaré de ti, de ti también, ¡cómo no hacerlo!.
De la misma manera que ella se acordará de esa persona cada vez que mire aquella carta, y cada vez.
Gracias por acordaros siempre de los niños saharauis, y de alguna manera también, gracias por seguir empujándome a seguir compartiendo con vosotr@s las  vivencias de los niño@s, porque hay hilos que se estiran, se aflojan, pero nunca se cortarán.

“Hay almas a las que uno tiene ganas de asomarse, como a una ventana llena de sol”

Federico García Lorca

Benda Lehbib Lebsir.
Fotografías: Beatriz Garrote

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