Orgullo.

Yo solo pido pausa y tú me das ojos de huracán
Yo solo pido calma y tú haces espuma el agua del mar
Solo pido silencio y gritas que no digo la verdad.

-Pausa- IZAL.

Me pasa sobre todos los domingos por la tarde que me pongo melancólica y me estreso. Tengo la sensación de que los días pasan volando, como si corrieran en un sprint permanente cuyo ritmo no puedo seguir. Que siempre voy por detrás y con la lengua fuera. Y que cuando llego al fin de semana es como si tuviera algunas horas de menos… ¿Sabéis de esa sensación de la que hablo, verdad?

Yo, es que me frustro por todas las cosas que me gustaría hacer y no he hecho. Como escribir. Que de hecho, no me gusta, me encanta. Y sin embargo, lo dejo para lo último a conciencia. Con la falsa idea de “disfrutarlo”. Como cuando dejas hueco para el postre que tanto te gusta y que dejas para el final, pero te has comido el primer, el segundo y te has hinchado a pan. Y cuando llego, estoy tan agotada que lo dejo para otro día.

Procrastinación en estado puro.

Y creo que el gran problema, o al menos el mío, es que nos autoengañamos pensando que mañana será un mejor día. Como si hoy no contara. Que haremos todo lo que queramos, que tendremos tiempo y energía ilimitada para completar esa interminable e inverosímil lista que nos hemos propuesto, y que hoy miramos de reojo para no sentirnos culpables.

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Dicen que un vaso puede verse medio lleno o medio vacío según el estado de ánimo, la actitud o la predisposición que tenga la persona que lo mira. Según sea más optimista o menos ante la vida, según su experiencia, su pasado y sus expectativas de futuro. Y lo que más me gusta, es que aseguran que es un hábito que puede cambiarse. Ya ves, lo de siempre.

También dicen que el valor de los sentimientos no depende tanto del tiempo que duran, como de la intensidad con que ocurren. De cómo nos hacen sentir o actuar, de cómo nos influyen y nos afectan. De cómo cambian nuestro comportamiento, nuestras palabras y nuestros pasos. De cómo nos transforman.

Y aquí os hablo yo de mi amigo, el orgullo. Que no soberbia, ojo. Esa sensación que emerge como de la nada en determinadas ocasiones. Sea a solas o en compañía. Un sentimiento de doble signo, con dos caras. La buena y la mala. La positiva y la negativa. La blanca y la negra. La más visible y la más oculta.

Puestos a elegir, yo me quedo con la mejor de ellas.

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Cuando el orgullo es compartir lo que tienes, sea poco, mucho o nada. Es cuando no hay peros que valgan ni “es que” que te arruinen el momento. Ese que sabes que es único. Ese que sabes que lo recordarás durante mucho tiempo. Para siempre y hasta con nostalgia. Como suele pasar con algunas cosas. Y lo recordarás con celo por querer protegerlo, con ilusión por haber formado parte de él y alimentarás tu ego por sentirte único tú y único el momento.

Y lo empezarás a echar de menos conforme empiece. Lo bueno siempre sabe a poco. Tratarás de memorizar cada sensación, cada detalle y cada pensamiento. En tu memoria. En tu caja fuerte y bajo llave. En un rincón al que volverás cada vez que lo necesites. Cada vez que algo te vaya mal. Cada vez que necesites un empujón, una palabra de aliento o un simple motivo para continuar.

Porque maneras habrá miles, como también excusas. Ni mejores ni peores, pero serán de otros. Vendrán de fuera. Y cada resultado tendrá infinitas opiniones que lo juzgarán. Lo alabarán, lo menospreciarán, lo cuestionarán y hasta se lo autoadjudicarán. Como todo. Pero hay que ir un poquito más allá.

Pero lo importante es lo que queda. Lo que se ve, pero también lo que hay detrás. Lo que sólo tú conoces. Lo que significa para ti. Lo que te aporta. Lo que te suma. Lo que te hace crecer. Lo que nadie más sabe valorar. Lo que será tu orgullo. Orgullo por tu felicidad. La que es tuya, y nadie te la puede quitar. Orgullo por tu esfuerzo. Motivación. Ganas.

Orgullo por ti y por lo(s) tuyo(s).

Pd: Un post, un tanto diferente, pero me puse al teclado y eso salió tras una desconexión de mucho tiempo. Siento la chapa, pero a veces “desnudarnos” no está demás.

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: François Eyt

 

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