Tus raíces.

No es miedo
Si me tiemblan hoy las piernas no es por miedo
Es más bien porque este amor no tiene freno
Y se intuye el huracán, lo veo venir
Que yo soy viento y tú la furia de las olas
Ya lo ves lo que provoca el corazón a ti y a mí.

El arte de vivir -Antonio José-

 

Dicen que somos de donde nacemos. Y yo diría que somos de donde una sonrisa nos hace sentirnos a salvo.

Allá donde empezamos a escribir nuestra historia. Desde el principio y sin saltarnos ningún capítulo. Con más o menos faltas de ortografía y muchos punto y seguido. Es posibles que con distintos colores y subrayando lo bueno que nos pasaba. Que era casi todo, o por lo menos mucho. Saliéndonos de la línea más de una vez y tachando a fondo como si nos fuera la vida en ello. Borrando a toda prisa lo que no nos convencía y repitiendo una y otra vez lo que sí. Lo sencillo. Lo real. Lo que nos daba la vida.

Sin dominar aquello de decir adiós, o al menos en mi caso, las despedidas siguen siendo mi asignatura pendiente. Sin traumas o apegos, o incluso con ellos. Sin entender muy bien por qué esperar, cuando se puede hacer ya. En el momento presente y por uno mismo. Cogiendo la mochila, y saltándonos a la piscina con los ojos cerrados. Perdiendo miedo, y sin atender en muchas ocasiones la incertidumbre. El qué pasará. Actuando fuera de guion. Sin imaginarnos nada de lo que un día vendrá, pero sin permitirnos que ello nos lleve al desespero, al sinvivir y a vivir continuos sinsabores.

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Dicen que pertenecemos a nuestra familia. La misma que nos da la mano cuando damos los primeros pasos. Titubeantes pero decididos. La que nos ve caer y nos ayuda a levantarnos, nos anima a empezar de nuevo, nos abraza cuando sabe que es lo que queremos. La que celebra cada uno de nuestros aciertos. Y nos alienta a superar los fallos. O al menos, nos hace verlos más pequeños, más ridículos, menos dolorosos. Y superables, siempre. La que nos suelta la mano cuando arrancamos a andar solos.

Quedándose a nuestro lado, por si acaso.

También dicen que pertenecemos al lugar donde crecemos. En el que aprendemos de nosotros y de los demás, a base de tropezones, de golpes y de deslices. Y que también de nuestro arte. En el que conocemos nuestros primeros amigos y hasta a algún que otro enemigo. Donde empezamos a creer, a crear, y por supuesto: a ser. Donde empiezan nuestros orígenes, nuestros proyectos y hasta la mayoría de nuestros miedos.

Que nada nos define más y mejor. Que ese lugar en donde realmente somos felices. De ese que dicen que estamos compuestos.

Y de personas.

Como aquella abuela que siempre estaba ahí. La misma cuya mirada tambaleaba hasta el mismo cimiento de aquellas habitaciones de adobe. Que sus manos arrugadas eran uno de tus mayores tesoros, y sus buenos días juntando a toda la familia alrededor del té no te saltabas por nada del mundo. La misma que borraba el dolor de cualquier herida que tuvieras y te daba el consuelo que ninguna otra persona pudiera darte. Ay los abuelos. Como siempre digo, si alguien merece ser eterno: son los abuelos.

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Plantamos raíces allá donde vayamos. Porque puede ser que en algún momento elegimos cambiar de lugar. Con total libertad, o sintiéndonos obligados a ello. Cambiando de personas, de entorno y hasta de sueños. Y no es fácil. Porque en ocasiones es por falta de trabajo, por estudios, por una pareja  o por seguir viviendo aventuras. Que el motivo es el de menos, es el de cada uno. Es personal y único.

Aunque no sea fácil.

Al igual que raíces, cuantas más mejor.

Porque puede ser que estando cerca, te sientas lejos. Que teniendo mucho o poco, sientas que algo te falta. Que algo no cuadra, que algo falla. Que aunque parece que todo está bien como está, algo no está, o algo sobra. Quizá no para los demás, Pero sí para ti. Que ni mejor ni peor, pero que no. Que no es que no. Que no te reta, que no te completa, que no te hace sentir vivo.

Porque al final todo se reduce a eso. A vida, a vivir. Con arte o sin él, con prisas o a cámara lenta. Pero vivir, sentir, ser. A tu manera. Saber que nada se te escapa y que nada te dejas por el camino. Que haces lo que deseas, que vives como gustas. Que los que están, son los que son, y que nadie te falta.

Porque puede que no estés en donde empezaste. Puede que no te encuentres con las mismas personas y que hasta viajes sin compañía. Puede que sepas que ni tú eres la mismo ni lo serás. Puede que no sepas ni a dónde te diriges ni quién te espera allí. Pero tampoco te importa.

Pero tus raíces siguen. Las llevas contigo siempre. Cada día, en cada lugar.

Por que junto con tu sonrisa, de todo eso que llevas puesto, son lo que mejor te queda.

Y que, allá donde quieras, puedes echar (más) raíces.

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías: Vega Halen

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