No quiero volar,
lo saben mis amigos.
No quiero bailar,
lo saben los testigos.
Quiero que me abras,
quiero tus palabras,
y quiero que lo quieras hoy.

Lo saben mis zapatos, Pablo López.

Como sabréis quienes me lleváis acompañado en esta aventura todo este tiempo que me encanta escribir. Me encanta escribir sobre infancia de los niños saharauis; o bien en los Campamentos o bien durante los dos meses que pasan muchos de ellos en España. Pero, esta vez haré una pequeña excepción, y me dirijo a los tantos jóvenes que estamos en España o en cualquier otro lugar. Sí, los que estamos lejos de nuestra familia, amigos, etc. Sí me dirijo a ti, saharaui.

Ayer, tuve una conversación con un amigo sobre el tema de los jóvenes que vivimos en España. Hablamos como siempre de todo; de los que estudian, trabajan de los ninis para que nadie se sienta excluido. Pero sobre todo, de los que viven en España y pierden el contacto total con su familia biológica. Es una decisión que toman algunos, la respeto pero nunca comparto.

Yo personalmente, no concibo el hecho de no tener ningún vínculo con mi familia, (dios me libre de juzgar a quien lo hace) pero como decía mi abuela “si abandonas a tu madre, la vida te acaba abandonándote a ti”, y cuanto más me acuerdo de esa frase, más me acerco a mi madre, quizás porque el tiempo que llevo en España, ha acabado dando la razón a aquella anciana entre arrugas que su única preocupación era que nunca me olvidase de mi familia, o quizás también, tenía la necesidad de que nunca me fuera de casa… Nunca cual es cual. Y por eso, me dirijo a todos, sin excluir a nadie.

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Me dirijo a ti, porque te entiendo perfectamente. Porque sé de sobra como te sientes día sí y día también. Se y muy bien del silencio que se te crea cuando te haces tú mismo la pregunta del ¿Ahora qué? ¿Qué hago? Me dirijo a ti, porque entiendo a la perfección tu silencio cuando te han preguntado en infinitas ocasiones sobre ¿Dónde te gusta más vivir aquí o allí?… Aquí es que lo tienes todo, claro. Lo dicen y te miran retándote a que seas capaz de seguir mientras tragas saliva.

¿Qué crees que pasaría si asocias tu felicidad o bienestar a personas o cosas? Me pregunto, pues ya te lo digo yo; serás el primero en ser vulnerable ante algún cambio que suceda con estas personas o cosas. Por eso procura que tu vida se defina por la libertad y el disfrute, pero sobre todo, por valorar lo que tienes.

Está bien, amar, emocionarse, sentir pero no llegues al punto de hacer de las cosas y las personas algo necesario en tu vida para ser feliz, para continuar, para crecer, aprender, en definitiva para vivir…Más allá de las cosas que sí son básicas, somos nosotros quienes determinamos qué es lo que resulta o no necesario en nuestras vidas.

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Enfócate en lo que tienes ahora, sin pensar en cómo fue en el pasado o cómo será en el futuro y agradece todas las oportunidades que se te presenten, aunque algunas de ellas sean fugaces. Ama a tus seres queridos de una forma sana, no tóxica donde tu felicidad dependa de ellos. Ten presente que todo es transitorio y de alguna forma todas las relaciones cambian, adáptate a cada uno de ellos y fluye con la experiencia de compartir tus espacios con la vida de alguien más.

No te aferres, deja ir lo que tengas que dejar ir, fluye con lo que debas fluir, no te resistas ni siquiera a sentir dolor porque eso lo hará más persistente, acepta, perdona y recuerda que estás totalmente completo, que tienes la capacidad de hacer con tu vida lo que quieras, que nada ni nadie es necesario para que te sientas pleno y feliz. Y a la vez, lo es todo…

Busca un lugar donde perderte para poder encontrarte. Busca lo que te falta, lo que verdaderamente te importa. Busca un lugar en el que el tiempo se pare y donde lleves por brújula a tus ganas de vivir.

Busca algo diferente, esa parte de ti que tanto te gusta pero que escondes por miedo a que te juzguen. Disfruta de ti mismo. Busca rincones de sitios perdidos, aprecia las pequeñas cosas y los pequeños momentos, que no se olvidan.

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Busca lo insignificante, esas cosas que no se aprecian a simple vista. Pero que están ahí, puedes verlas si quieres. Si te esfuerzas pronto lo descubrirás. Nada es para siempre, o eso dicen. Pero hay cosas que nunca se acaban, que no tienen fecha de caducidad. Incluso podría decirte que aumenta con los años si lo mantienes bien guardado, si sabes conservarlo. Si eres capaz de apreciar lo que realmente vale. Es algo que no se puede comprar, incluso me atrevería a decir que es un concepto muy difícil de describir. Porque hay que sentirlo, hay que quererlo, hay que disfrutarlo.

Tu relación con tú familia, es una relación de la que nunca deberías arrepentirte. Es de las pocas cosas en la vida que decides sin pensarlo. Porque surge, porque aparece, porque se cruzan en tu vida. Y tú en la suya. Porque el destino los puso en tu camino para que tu vida fuese más fácil. Son esas personas que te dejan un vacío cuando no están. De esas que cuando escuchas su nombre sonríes sin darte cuenta. De esas que quieres sin decirlo, porque se lo demuestras. Y ellos a ti, aunque sea a su manera, de eso no tengas ni la menor duda.

Tu familia, son de las que aparecen al principio de tu lista de llamadas y que apenas tienes fotos con ellos porque no te da tiempo a hacértelas. Porque prefieres vivir el momento a inmortalizarlo. Cuídalos. Porque son de las pocas cosas en la vida que si las cuidas bien, las tendrás para siempre.

Me dirijo a ti, y no porque te quiera convencer de lo contrario, pero ojalá lo que te dé hoy el presente sepas encajarlo con lo que eres, con quién eres. Porque serás quien quieras ser, pero serás siempre del dónde vienes. No lo olvides nunca.

                                                                  “Vive sin pretender, ama sin depender, escucha sin defender y habla sin ofender”

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Isalmu Lbar