Esta es la historia de un amor como no hay otro igual…Como decía la canción. Un amor infinito, incondicional, puro. Para siempre, o eso creo hasta el momento.

Recuerdo ser una adolescente, no sé muy bien a qué edad empieza esta fase en la vida de las personas, pero sí, pongamos que hablo de la adolescencia –esa etapa de la vida, en la que a todo le ponemos cara, pero nunca fecha-. A esa edad en la que todavía uno no sabe si viene o va, si sube o baja, si entra o sale. Esa edad en la que se empiezas a entablar amistades que, en algunos casos, fraguan y te acompañan durante toda la vida. Esa edad de evaluaciones imposibles, tardes de risas, noches de estudio, mañanas de sueño, modelitos impensables (ahora) y una tontería elevada a su máxima potencia (esto a todos nos ha tocado, aunque sea de soslayo). Ahí, justo a esa edad, encontré algo que no valoraría hasta pasados unos cuantos años. Ese tipo de cosas, sucesos en esto del vivir, que te forman como persona. Que son tus raíces para el día de mañana. Tus cimientos. Tus valores. Tu mundo.

Podría tener unos once o doce años, no lo recuerdo demasiado bien, cuando pisé por primera vez el que sería mi pueblo. Lo que familiarmente llamamos; “Territorios liberados” Por diversas razones que no me harán entretenerme demasiado, no tuve enganche con aquel lugar, como tal, hasta esa edad. Aunque sí que es cierto que, puedo describir perfectamente los primeros días que pasábamos en familia alrededor del té-, con la jaima medio acabada de montar y esto último en “lbadia” era lo que menos importaba. De esos días marcados por el nada que hacer, sin rumbo conocido. Y ahora que lo pienso, cómo ha cambiado todo. Ahora aquello parece otro lugar me llegan fotos desde Mhreiz y qué bonito está. ¡Es impresionante!

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El caso es que, entre vasos de té, y otros de leche de camello, invadidos de ese ambiente campestre, rural y, hasta bucólico, me pregunto cómo fui capaz de irme de algo así. De un lugar así. Dejarlo todo para ir a vivir allí , es una de las decisiones que están tomando muchas familias saharauis. Y desde aquí les envidio y muy sanamente porque recoger todo, e irse a vivir a un lugar rodeado de naturaleza y alejada de cualquier atisbo de civilización, no es más que elegir una vida más sana e incluso un hábito de la misma y en muchos caso, muy necesario.

Muchas veces me han preguntado ¿te irías a vivir a los Territorios liberados? Siendo sincera os diré que no pienso demasiado la respuesta, aunque sé que si esta misma pregunta me la hubieran hecho hace unos años, mi respuesta, acompañada de una buena carcajada, hubiera sido un “ni de broma voy a ir allí”  pero aquel día y hoy, más segura que nunca de lo que quiero responder que es algo que no descartaría, en absoluto. De hecho, es algo que me plantearía.

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A ver…me encanta mi casa, me apasiona mi entorno y adoro mi ciudad, sí, pero también es verdad que no dejo de valorar cada vez más ese tipo de vida mucho más relajado o, como me gusta decir, mucho más lento. Y es que valorando el hecho de vivir lejos y con menos facilidades, lo primero que pensamos es en todo lo que perdemos y dejamos y rara es la vez en que nos fijamos en todas las cosas buenas que puede aportarnos.

Porque la vida en pleno desierto puede – y debe – ser la vida mejor:

Porque lo natural es el nuevo lujo, el desierto está más de moda que nunca Cada vez somos más los que apreciamos y valoramos huir de la ciudad y envolverte en un remanso de paz y tranquilidad que sólo el campo puede darte. Un paseo en camello, o caminando, coger leña para hacer pan de arena, jugar los juegos de mesa tradicionales entre los que siempre me ha llamado especial atención sig (aunque reconozco que siempre acabo perdiendo, nunca llegaré a entender esas reglas tan sumamente extrañas) Cortar cachos de cartón para dar de comer a las cabras, disfrutar de una tarde de sol a la sombra de aquellos bonitos árboles, tener tu propio rebaño…Pocas cosas pueden superar esto.

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Porque, al despertarte, lo único y primero que puedes ver desde las puertas de la jaimas son árboles y un camino infinito, que sabes dónde empieza pero nunca donde acaba y esto, no me lo podéis negar, es empezar el día de otra manera. Se llama calidad de vida.

Y escuchar el sonido natural de las cabras como melodía de fondo mientras recoges el agua del pozo, o preparar mreifisa para comer, es sin lugar a duda el mejor plan para un beduino en una jornada de desconexión total. Porque me apasionan las vigas de madera, el tradicional olor de labjur enrollada en una manta, cualquier artilugio que me lleve al badia y si pasa por los campamentos que sea para dejar el móvil y en su caso el ordenador. Como la belleza natural, no hay nada.

Porque un viaje al badia, es el mejor lugar para formar los recuerdos de tu infancia.

 

Benda Lehbib Lebsir

Fotografías:  Denis Morín López.