Aún no te he visto y creo en ti,
fui agnóstico hasta  que vi tu patata latir,

y desde ahí solo sigo tu metrónomo,
y tus bmp, perdón, tus besos por mil.

“Pequeño torbellino”, Rayden y Mäbu

Asomaba un amanecer solemne, como todos en el desierto, mis dedos gélidos buscaban un hueco en la chaqueta de mi hermano mayor, que a la vez utilizaba como manta, iba con pasos cortos y rápidos, siguiendo a mi padre, lo miraba de espaldas andar, le pesaba cada paso, y no es que sea mayor de edad,  pero le pesa andar, y se nota. El vaivén de su andar delataba su atropellada vida. Al fin, encuentro el hueco donde cobijo mis pequeños dedos y siento el cosquilleo del calor, penetrar por la yema hasta la palma de la mano.

– Sidi, date prisa!!! me gritó mi padre, voz que me llegó entrecortada por el ruido que siempre había en los corrales de las cabras, aceleré más de lo que podía y llegué con la garrafa en la mano, se la di, y al fin, pude meter la otra mano en otro hueco y sentarme en la piedra donde suelo sentarme todos los días. Hoy estaba más caliente de lo normal, y entré en mi particular sueño, ver a mi padre ordeñar esa camella era un deleite para mi, sentir como los chorros de leche chocaban contra el recipiente de madera y después vertido en la garrafa era música para mis oídos, me hipnotizaba el humo que salía de esa leche caliente, que emerge de las entrañas de ese ser tan peculiar y sufrido, pero tan agradecido y elegante.  Podía estar todo el día mirando esa escena, mi padre,  me tenía que llamar varias veces la atención hasta conseguir que reaccionara.

Después de aquella ceremonia matinal, cogíamos la garrafa tibia y entre los dos la llevábamos, el mayor peso lo llevaba mi padre, pero siempre me hacía partícipe de ese momento que tanto me gustaba, me sonría. Siempre, sonría al mirarme cada mañana, esa mirada me envolvía, pero no sé como, me sabia a despedida y dulce-amargo, ese semblante de tristeza dibujada en su rostro delataba sus pensamientos. De vuelta, ya se empezaba a levantar todo el campamento y se oían ruidos en las jaimas, la atmósfera se empapaba de una mezcla de olores, carbón, incienso, té y la esencia inconfundible del despertar del desierto.

Al llegar a la jaima, mi madre ya tenía todo listo, ese carbón que siempre me invitaba a sentarme a su vera y que me acogía con tan cálido abrazo, el pan recién hecho, desprendía su propia sinfonía al cortar y sin duda no podía faltar el té saharaui, todos los instrumentos dispuestos en la esquina, en espera de que mi padre comience la ceremonia.

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Siempre era el primero de  mis nueve hermanos en despertarme. El momento junto al fuego duraba lo que mi madre vaciaba la mitad de la garrafa en la otra, la cual llevaba dentro de la chaqueta para que no se le enfriara al señor Deh, un vecino que desde que tengo razón religiosamente mi madre compartía la leche con el, siempre estuvo enfermo.

Salía de la jaima con el calor en el cuerpo y en los veinte minutos que me llevaba llegar a la jaima del señor Deh, miraba como mis pies rompían con la monotonía de la arena que había mojado el roció generosamente la noche anterior, era lo primero en pisar esa arena ese día, nunca me cansaba de voltearme y mirar mis pasos uniformes, rectos que llegaba hasta donde estaba parado, y volvía emprender el camino.

Entraba en la jaima destino, le daba a la señora Metu la garrafa, no me decía nada, no había nada que decir, su mirada gritaba en silencio, se la daba en la improvisada cocina de adobe y sin demora alguna, entraba a la jaima y me sentaba junto a Deh y el carbón, me recibía con ese semblante de serenidad y paz, en su rostro se dibujaba una tímida sonrisa y apartaba un pedazo de manta, para que me sentara a su lado, ese día el carbón estaba en llamas, unas llamas multicolor y lo miro fijamente y el señor Deh, al ver mi interés me dice – Le ves la elegancia al fuego? su esplendor, su caos ordenado? Y empezó a hablarme del fuego y su majestuosidad, yo no pronuncié palabra, siempre me parecía que aquel hombre pequeño y arrugado por el paso de los años y el sinfín de achaques tenia una mente maravillosa y todo lo que me contaba era sencillamente genial para mi mente incipiente.

Tomaba el primer vaso de té, amargo como la vida, a mi me sabia a gloria, a prohibido porque en mi casa no me dejaban tomarlo, era cosa de mayores. Cargado de teína y el lenguaje de las llamas, retornaba sin demora, en mi casa no había silencio, todos estaban de pie y mi madre enfrascada en los preparativos de todos para ir al colegio, desayunábamos en aquel gran plato que en el fondo tenia aquel pavo real, que en los desayunos era cubierto por aceite de oliva y azúcar, mojado con pan, era el desayuno, no había mucho tiempo, el cole quedaba lejos y había que ir con tiempo, así que me quitaba la gran chaqueta y me ponía un jersey de algún lugar del mundo que había llegado de alguna donación, no me gustaba mucho porque no calentaba igual que la chaqueta de mi hermano.

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Mi madre, me pasaba la mano embarrada de cebo de camello por las mejillas, nariz y pecho, era un protector para el frío. Salía corriendo para entrar en calor y pasar por la jaima de Naffi mi mejor amigo, siempre me esperaba junto a la pared de adobe de lo que simulaba una tienda, con la mirada puesta en el sol que ya calentaba, impaciente llego y me pongo a mirar al sol y frotarme las manos contra la cara, sin apenas mover la cabeza, le cuento de carrerilla el secreto de las llamas, la danza del fuego, el no hace mucho caso, siempre fue poco impresionable y menos romántico con esas cosas. Con una señal marchamos al unísono dirección al colegio, haciendo tantas paradas como paredes con sol que veíamos. Por el camino hablábamos poco, cada uno se sumergía en su mundo.

Con pasos ligeros entramos al aula, la profesora nos mira de reojo y con un cabeceo nos indica que pasemos, era cariñosa, siempre encontraba las `palabras exactas para hacernos entender el mundo desconocido, era hermosa, esbelta y arrogante al andar, pero yo sabia que en su interior había dulzura, en su mirada se veía la pasión por enseñar que tiene. Rompe con mis pensamientos al decir

  • Hoy hablaremos del corazón, esa maquina que nos mantiene erguidos.

Me cautivo todo lo que dijo esa mañana del corazón, hasta ese momento no sabia que tenia un motor como el de los Land Rover, me asustaba y a la vez me encantaba saberlo, a medida que la maestra hablaba yo iba corroborando que aquel latir que por primera vez siento, no desapareciera y en efecto tengo un motor!!.

Aquella mañana en el colegio fue espectacular, al salir espere a Naffi entretenido con otros chicos, mientras yo seguía explorando mi interior. – vamos a la colina grande, me dijo Naffi, y yo sin contestar seguí su paso, esa colina nos encantaba era enorme y desde ella podíamos ver la linea del fin del mundo, siempre me pregunte que hay más allá de lo que ahora sé que se llama horizonte. Nos sentamos durante horas, hablamos del corazón de motores y otras tantas cosas en las que Naffi nunca creía, siempre afirmaba – esas son tonterías de la señorita, tu que todo lo crees.

Ya empezaba a hacer calor y me quite el jersey y lo puse en la mochila que era mas grande que yo, y seguimos nuestro camino sin un destino claro. Llegamos a unas excavaciones enormes, según una  vez me contó mi padre eso enormes huecos era de donde se hicieron todos los bloques que ahora forman el colegio y el hospital, a medida que íbamos descubriendo cosas nos alejábamos de los campamentos, sin darnos cuenta, movidos por la curiosidad y la aventura.

Entrada la tarde nos dimos cuenta de todo lo que recorrimos y orgullosos de ello seguimos adentrándonos a los desconocido, la colina grande, nos parecía pequeña, divisábamos otras mucho más grandes e impresionantes. El calor insoportable iba pasando sin apenas percatarnos de ello, ensimismados en todo aquel mundo que para muchos era todo igual, para nosotros era nuevo, diferente e invitaba explorarlo.

Mientras en los Campamentos ya mi madre y varias vecinas se percataron  de nuestra prolongada ausencia y empezaron la búsqueda, visitaron a otros amigos y preguntaron a la maestra, a falta de pistas ya había saltado la alarma en todo el campamento.

Desde una pequeña altura divisamos algo que rompía con el colorido y sin reparar corrimos hacia abajo dejándonos llevar por la gravedad, al llegar los ojos se nos salían por  la sorpresa, era un antigua tanque de guerra, corroído, anclado en un mar de dunas, hacia décadas ya, atónitos mirábamos aquello que solo habíamos visto en fotos, embrujados por aquella amalgama de hierro oxidado, empezamos a simular una guerra, guerra que nos llevo hasta la noche y cuando nos dimos cuenta estábamos perdidos.

  • Sidi? Donde estas?
  • Estoy aquí
  • yo creo que nos hemos perdido, que vamos a hacer?
  • No, no nos hemos perdido solo es de noche y no vemos el camino de vuelta.
  • Ya, y ahora que vamos a hacer, yo tengo hambre y sed.
  • Venga vamos, que ya es tarde.

Estaba tan asustado como mi amigo, pero era un momento en el que tenia que mantener la compostura, no se como pude llegar a ese pensamiento, pero creía que si nos asustábamos los dos, nada saldría bien, así que tome la rienda de la situación y tiramos a andar, sin saber a donde, pero por lo menos ya Naffi, no se quejaba y pensaba que estaríamos en el campamento rápido.

En el campamento ya se había organizado un grupo de búsqueda, las hipótesis de lo sucedido llovían, mis padres junto a los de Naffi estaban desconsolados, el apoyo de los vecinos no se hizo esperar, con linternas, antorchas, a gritos!! todos se movilizaron, hasta el señor Deh que juro no quedarse quieto mientras no aparecíamos y se montó con mi padre en el viejo Land Rover, a rastrear toda la zona, la tensión que se vivía era máxima y el desespero lo era más.

–  vamos Naffi, que nos falta poco!!!

  • No puedo más, mis piernas me duelen, hace frio…
  • Venga, venga levántate que si no, no llegamos para la cena.

Estábamos débiles, el frío empezaba a sentirse en los huesos y la noche había cubierto el desierto con su espeso manto. Me temblaban las rodillas, no aguantaba mi peso y el de Naffi, que le tiritaban los dientes y estaba a punto de llorar.

  • Creo que mi motor se va a parar
  • No digas tonterías, el motor solo se para cuando somos viejos

Me empece a preocupar, no pensaba con claridad, hacia mucho frío, y no sabia a donde íbamos, nos  sentamos, pegados el uno al otro, apoyados en una piedra, no se veía de que tamaño era, eso ahora no importaba, ya no hablábamos, el silencio se rompía con los gemidos y el tiritar de ambos, yo pensaba en mi chaqueta con huecos, pensaba en mi padre y en la camella.

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Al Land Rover de mi padre se unieron otros coches y más hombres que ampliaron el cerco de la búsqueda, era de madrugada, mi padre no hablaba con nadie, la preocupación lo absorbía. En el campamento no se hablaba de otra cosa, y todos, todos estaban en función de buscarnos y lo peor asomaba en las cabezas de todos.

No sé si Naffi se durmió o realmente se paro su motor, tenia miedo de cerciorarme y quieto sentía los hilos de aire que entraban por la nariz que ya dolía. Me estaba quedando dormido cuando en lontananza diviso un halo de luz, no sabia si era real o producto de mi endeble estado.

  • Naffi, Naffi!!! levántate!! que ya están aquí!!!

Este no se movía, lo deje con cuidado al abrigo de la piedra y salí dirección a aquella luz, corrí agitando mis brazos, intente hacer un amago de grito que nunca salio y de repente la luz se fue en otra dirección, perdida toda esperanza me vuelvo lo andado languideciendo y lamentando una tragedia.

Al sentarme, busco el calor de Naffi que no percibe mi presencia y me entrego al frío, cuando de pronto siento un ruido de coche y no abro los ojos para corroborarlo, no tenia fuerzas para otra decepción, pero el ruido se acerca cada vez más y oigo voces, entreabro mis ojos y veo siluetas acercarse y voces que llaman.

Me despierto y me doy cuenta que estoy en mi casa, confundido oigo una voy que grita

  • se ha despertado…se ha despertado.

Y entonces reconozco el olor de mi madre, acercándose y agradeciendo a Allah, vuelvo a cerrar los ojos y oigo a lo lejos a mi padre.

  • Hijo, hijo? Como estas?’
  • vamos a ordeñar la camella? – se ríen todos.
  • Vaya susto que nos has dado, en que pensabais? Toma

no esperaba respuestas, me alarga una taza con leche tibia y mi madre me arropa.

  • No voy a dormir, tengo que ir a llevarle al señor Deh su leche.

No contestan, se miran y no dicen nada.

  • Hijo -dice mi padre, con tono solemne- el señor Deh ya no esta con nosotros, Allah se lo ha llevado a una vida mejor.

Yo no entendía nada, pero solo sabia que quería llevarle la leche y así fue, esa mañana, no era como las otras, no había olores, ni rocío, ni tan siquiera mire mis pasos, rápidamente llegue a la jaima de Deh y vi muchas caras desconocida y entre ella estaba Metu, que me miraba quieta, con un rosario en la mano que pasaba según sus pensamientos, corrí hacia ella sin entender y la abrace, con la voz entrecortada me dijo.

  • El te quería mucho.

No espere más y corrí, corrí hacia donde no me vieran y llore, llore hasta que bebí mis lagrimas, sentía un dolor nunca antes sentido, era desde dentro, incomprensible.

Y entonces entendí la razón del cementerio, de aquel sitio, tan lúgubre que una vez al mes visitábamos, sentí rabia conmigo por no haber llegado a tiempo con la leche, sentí rabia con el mundo que no entendía y pensé en la vida mejor que me dijo mi padre, en la que estaría Deh, Tendría leche recién ordeñada?.

Testimonio de: Hafdala Mani Luali.

Fotografías; Jalil Mohamed

 

Aroma de inocencia.