Una semana en los Campamentos de Refugiados Saharauis.

Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano.

Martín Luther King.

La experiencia de pasar una semana en los campamentos de refugiados Saharauis en Argelia, para jóvenes provenientes de Europa como nosotros, y por lo tanto de una cultura muy diferente, ha constituido sin duda un hecho muy importante en nuestras vidas por múltiples razones: en primer lugar, la Delegación Saharaui en España nos ha brindado con este viaje la oportunidad de cooperar humanitariamente con un pueblo que nos ha recibido, y esto hay que subrayarlo, con los brazos abiertos. En este punto convenimos todos los miembros de la comisión de Sevilla: la hospitalidad y el recibimiento de las familias con las que nos alojamos, todas ellas emparentadas con Mansur Buseif, que ha sido el impulsor de nuestro grupo, en el que no solamente viajábamos personal sanitario.

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En segundo lugar, poder estar in situ nos ha hecho tomar el verdadero pulso, el nervio diríamos, de una sociedad “traumatizada” y golpeada históricamente desde la trágica “Marcha Verde” en los setenta, hasta nuestros días. Son cientos de miles de personas desplazadas de sus hogares manu militari, y condenadas a la miseria material sin que ningún organismo oficial o ningún país del eso que llaman “el mundo civilizado”- incluido España- mueva un solo músculo para remediar la situación. Nos hemos encontrado impotentes en muchas ocasiones en lo que a la asistencia médica se refiere. Estos refugiados no tienen suficiente con estar como sardinas en lata en aldeas dispersas y mal comunicadas en mitad de un desierto en el que según nos contaban habitantes del lugar, llegaban a alcanzarse unos abrasadores 60 grados en verano, sino que además, están desprovistos del material más básico, elementos que no daríamos crédito que pudieran faltar en cualquier ambulatorio, por pequeña que fuera la localidad, perdida en un entorno rural, o por alejada que estuviera de una ciudad importante. Es, como se puede comprender, muy frustrante poder emitir un diagnóstico sencillo, de una patología corriente, y no disponer de medios para tratarlo.

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En tercer lugar y para acabar: el aspecto cultural. Los ritmos de vida acelerados que sufrimos en las grandes ciudades de Occidente allí no existen: la vida deviene más pausadamente, marcada siempre por la toma del té; todo un ceremonial que congrega a la familia varias veces al día. Los valores y los modos más tradicionales de entender la existencia en su conjunto contrastan fuertemente con los nuestros. Podríamos extendernos mucho más, porque hay mil aspectos que nos dejamos en el tintero. Sin embargo, no podemos dejar pasar el agradecer nuevamente la acogida tan calurosa con la que nos recibieron desde que desembarcamos en el aeropuerto de Tindouf, y admirar esta conducta que es inherente a la personalidad del pueblo Saharaui. Cómo gente tan pobre es capaz de dar tanto debe hacernos reflexionar a nosotros que provenimos de sociedades con más abundancia material.

Nuestros mejores deseos para los hombres y mujeres ejemplares y entrañables que hemos conocido. Esperamos la emancipación más pronta del pueblo Saharaui. Llevaremos siempre el anhelo en nuestros corazones de un Sahara libre.

Testimonio de Jesús Yáñez.

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