Podría hablaros de su primer día.

Vayas donde vayas, te seguiré a tu pesar.

                           Podría deciros cómo es. Y dónde es exactamente. Podría. 
 Podría hablaros de sus nervios a lo largo de estos días, de cuando intentan buscar la ropa bajo la tímida luz de una linterna a las 7 de la mañana para ir corriendo a clase.

  Podría pararme a hablaros de esas filas infinitas antes de entrar en el aula, de los 35 compañeros de clase, que en la mayoría de los casos se conocen de toda la vida. Tanto es así, que la primera semana, podría aseguraros que a lo único que se dedican es a ponerse al día, a contarse todo lo que han vivido durante sus vacaciones estivales. 

Podría deciros que su clase es brillante, a pesar de que la falta de recursos se percibe a kilómetros, lo que viene siendo cuatro paredes blancas, y en el mejor de los casos decorada por los propios alumnos, unos pupitres y una pizarra. Que bien se está, allí. Creedme.

Podría hablaros de los niños timidos que se intentan esconder detrás de los compañeros para pasar desapercibidos, los mismos que se pasan la mano por la cara una y mil veces, y que tartamudean cuando se pronuncia su nombre en la lista, de esos que se colocan al final, y también de los traviesos que intentan llamar la atención. Son niños.

Podría explicaros todo lo que sé de su escuela por dentro, de los contrastes emocionales que todo ello conlleva, pero me faltaría espacio espacio para escribirlo. Incluso puede que para explicaros lo de fuera también me falte.

  Podría hablaros de esas madres que se han pasado estos días preparando los materiales, borrando cuadernos y forrando libros para que sus hijos tengan con qué ir a clase. Las he visto. Las mismas que a lo largo de estos días pasaban por el aula de sus hijos y la barrían para que estuviera en condiciones. Incluso podría tratar de explicaros sobre ganarle la batalla al silencio, el ‘¿porqué a ellos?’, ese ruido ahí fuera, esos derechos a la infancia, a la educación en un lugar digno, ese completo bienestar, esos recursos mínimos y básicos, y esos niños. Ay esos niños.

Podría deciros todo esto sobre esos niños, pero lo mejor que podría confesaros, es que a pesar de todo, son felices. Y con eso me basta.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotos: RASD TV.

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