El viaje sin destino.

Prometo que no pasarán los años
Arrancaré del calendario las despedidas grises
Los días más felices no han llegado
Te prometo olvidar mis cicatrices
Y devolver lo que he robado
A tus dos ojos tristes

– Prometo- Pablo Alboran

Al suroeste de Argelia, un manto de jaimas y algunas construcciones de adobe se empeñan en negar al desierto su terca condición de inhabitable. Son los campamentos de refugiados saharauis, en la región Tinduf. Un vasto asentamiento que constituye el destino del pueblo saharaui desde 1975. Y el lugar donde Jamida, ha podido formar su propia familia, compuesta por seis niñas y un niño, a los que diariamente intenta inculcar los valores de su cultura, sus tradiciones pero, sobre todo, la historia de su pueblo.

Lejos de su tierra, han aprendido a construir ese conjuntos de hogares; escuelas o dispensarios, etc. Que operan bajo un sistema comunitario y que recibe el nombre de Twisa. Todo es provisional, no hay calles ni aceras. Y las diferencias en el nivel de vida entre los saharauis son apenas perceptibles.

Mujeres y niños componen el pilar de la población en los campamentos. Juntos cuando el sol decrece y descuida su vigor van sumándose al compás para hacer posible una realidad contraria a cualquier premisa lógica.

Durante estas cuatro décadas, en el exilio, han moldeado el barro con sus manos, levantado habitáculos y jaimas para sus familias. Hoy en Tinduf sus vidas se adaptan a una vida ordenada y lenta en la que todos tienen asignadas sus tareas, de esa forma, van tapiando las heridas que dejó la guerra y que hoy corrobora la distancia.

Su trabajo y sus vidas son precisamente anónimas, no reciben ningún salario y dependen por completo de la ayuda que prestan los organismos internacionales. Desde esa tierra exigente e inhóspita, han visto crecer sus hijos y con ello un nuevo país que no llega cubrir con dignidad sus necesidad. Con todo, el pueblo saharaui y fundamentalmente sus mujeres, han hecho de un simple fogón, bidones y rudimentarios objetos, un convenio de fe e imaginación que les ha permitido iniciar el dialogo con cada jornada.

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Como las esteras y las alfombras de sus jaimas, las arenas de la hamada siguen viendo nacer a sus hijos. Asisten cada tarde a la ceremonia del té, a la telenovela, a los bailes tradicionales, etc.

Las primeras horas de luz, convocan de nuevo a los saharauis frente a la rutina cotidiana, recoger agua de contendores de metal, ventilar las alfombras, hacer la colada o preparar la comida, no serán nunca titulares de la prensa internacional.

Con la caída de la tarde, afloja el calor, y los saharauis asoman espabilados de sus jaimas para convertir la gigantesca planicie en un lugar habitable. Contra todo pronóstico, lo consiguen. Intercambian sonrisas, dramas, juegan al futbol, y charlan para rescatar confidencias o noticias procedentes del Sahara Ocupado.

Los desplazamientos entre las Dairas se realizan habitualmente a pie, los vehículos son escasos. Al estado decrepito de los vehículos debe añadirse la falta de pistas, y solo la trazada ambigua de otros coches hace suponer que por ese mismo espacio infinito ha podido circular alguien antes.

Han pasado tantos años y tantas cosas que no sabría por dónde empezar, sentencia Jamida, entre lágrimas. Tengo tantas cosas que contar, tantas historias que te sorprenderías al conocer algunas, otras te entristecerían y con las de más allá reirías a carcajadas, seguro. Como me hubiera gustado a veces que no hubiera pasado lo que pasó. Que ese día, ese, sé que hubiera cambiado el rumbo de todo, que hoy no estaríamos aquí y por supuesto que todo hubiera sido mejor. Seguro.

Apenas tenía cuatro años y no recuerdo el día en que dejé atrás a mi madre y mis dos hermanas mayores. Sí recuerdo-y con mucha exactitud- que fue una noche larga, de las que pasarían desapercibidas excepto por eso mismo: porque comenzaron a ocupar todos mis pensamientos. Ansiaba verlos de nuevo, sentirlos; es como si estuviera esperando ese instante viéndolo venir, teniendo la sensación de que solo había pasado, que solo había sido una pesadilla… pero una pesadilla que nunca llegó a terminar.

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Mi infancia fue tremendamente extraña, aunque, en realidad, lo que tengo son recuerdos, memorias puntuales que, probablemente, son los que han marcado mis días, mi conducta y hasta parte de mi personalidad. Desde entonces mi raíz sigue allí, y yo sigo aquí, en medio del desierto más inhóspito del planeta. ¿Lo ves, verdad?

Recuerdo ser muy pequeña cuando con un vestidito negro que me había cosido mi madre, percibí cómo mi padre nos sacaba de casa, casi a escondidas, aquella oscura noche, en mitad de un ambiente totalmente desolador. Todos los vecinos gritaban desorientados, perdidos en mitad de miles de incógnitas sin resolver; niños, mujeres y ancianos corríamos a la deriva sin saber a dónde íbamos, buscando refugio donde fuese. No disponíamos de ningún tipo de transporte y solo pudimos salir con lo puesto. Todo se desarrolló en cuestión de segundos.

Mi madre se quedó en casa, asomándose desde la puerta con su oscura melhfa y allí permaneció, como quien quiere irse y quedarse a la vez. Años más tarde, me contaron que se quedó para reconocer e identificar a mis hermanas que habían desaparecido. Tengo la escena dibujada en mi mente desde entonces.

Esa mirada, esa rabia que se va transformando en impotencia, según quién la reciba, son como puñales que se clavan en lo más profundo de mi ser y, ahora, en el ser de mis hijos. Eso que dicen el tiempo pasa y algún día todo acabará, hasta cuándo ya no me importa, no me preocupa -o, al menos, no demasiado-, ese ni frío ni calor, ni bueno ni malo,…nada. ¿Ves cómo es profundamente triste?

Vivir el exilio con tan solo cuatro años… Puede que suene rotundo e incluso cruel pero la impotencia, en muchas ocasiones, me ha provocado el sentimiento de sosiego más profundo. Una sensación difícilmente explicable, una sensación similar a la de haber superado una prueba, haber llegado a la meta, haber cruzado la barrera de todo tipo de dificultades…Y, de pronto, te sientes por encima de todo esto. Lo ves a otra altura, con otra perspectiva…de otra manera mucho mejor, si cabe.

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Los días pasaban como si tuviesen más de veinticuatro horas, era interminable aquel viaje, no lográbamos ver señales. Algunos ratos íbamos andando, otros nos llevaban entre familiares a hombros para poder avanzar y así, poco a poco, hasta que por fin dimos con el lugar “exacto”.

Recuerdo contarle a mi tía Mariam, que ella se apropió perfectamente del papel de madre durante ese tiempo que yo iba de viaje a ver mis tíos y que teníamos que volver en seguida a casa. Te prometo que esto lo recuerdo con total perfección. Realmente, dudo mucho de que una niña tenga conciencia real de lo que significa tener que separarse de su madre o que nunca más la volvería a ver, como fue mi situación. Pero el caso es que yo lo iba contándolo a quien tenía a mí  alrededor y quería escucharme. Aquello, para mí, solo era un viaje.

Un viaje duro, largo y con escasos recursos. Afortunadamente supieron hacer frente a esas difíciles condiciones, sobre todo para los niños. No había escuelas, ni hospitales, ni nada. Solo arena.

Fueron las mujeres, entre ellas mi tía, quienes se encargaron de realizar las primeras construcciones. Su prioridad era la educación y así, en cuestión de poco tiempo, ya pudimos recibir nuestras primeras lecciones.

Mi colegio tenía unas dimensiones descomunales para los ojos de una niña de cuatro años. Las aulas, rodeadas de arena y de estructura circular, daban a un patio inmenso, donde pasábamos gran parte de la mañana. Recuerdo sus puertas azules y grandes ventanales.

Disponíamos de una especie de salón de actos donde nos juntaban a todos los niños del colegio. Allí aprendíamos canciones tradicionales, cantos a la Libertad e intercambiábamos pequeñas lecciones que aprendíamos horas antes. Recuerdo a la señorita Fatma, profesora de Lengua Castellana: no he tenido una profesora que impusiera más respeto y autoridad que ella, ni siquiera en la universidad.

Fatma interrumpía el descanso en el patio con un silbato para exigir orden: normas casi militares. Una vez en el aula, repetía la lección tantas veces como considerarse necesarias. “Las vocales”, gritaba al otro lado del aula para que algún compañero se pusiera de piey las cantase en voz alta. Era bastante complicado seguirle el ritmo pero también era la única manera de que aprendiésemos las lecciones.

El primer día de clase nos daban una hoja que teníamos que dividir entre ocho niños. Apuntábamos con lápiz las lecciones y las borrábamos semanalmente para tener espacio para la siguiente lección. Otras veces, sin embargo, intercambiábamos los trozos de hojas entre los compañeros y cada uno se encargaba de cuidar el prestado. Evidentemente, una técnica de aprendizaje cooperativo.

Fueron pasando los meses, los años… finalicé mis estudios de primaria y, para seguir formándome, tuve que ir a Mustaganem, una pequeña provincia de Argelia, a unos 1.200 kilómetros de mi entonces “casa”. Allí pude completar mi formación académica, porque mi objetivo era ser maestra de Lengua Castellana pero adaptándome a las innovaciones dentro del Sistema.

Y aquí estoy -justo aquí- y me surge la pregunta, ¿existe una sensación más triste que la indiferencia hacia algo? Creo que es el sentimiento más penoso que hay. El último de la lista, el que nadie quiere. Cuando algo llega a ser indiferente para alguien es que ya no importa, no sirve. Y sí… eso es triste hasta la saciedad. Y no es mi caso. Yo quiero ser libre.

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¿Sabes una cosa? He dejado de contar las veces que hubiera querido que mis hijos no nazcan aquí. Pero siempre me pasa lo mismo en estos casos… no te imaginas lo que me cuesta creer que seguimos en esta situación. Que no veré más a mi madre porque hace dos años falleció. Ese sentimiento de dolor interno, de desesperación en ocasiones, eso no cambia por mucho tiempo que pase. Permanecerá, siempre.

Es esa sensación de indiferencia la que hace que sigas mirando al frente, sin abandonar tu paso firme tan característico, sin mirar atrás. Aquí se viene para ir hacia adelante. Tampoco se trata de caer en el olvido, aunque en ocasiones llegas a rozarlo.

Sin embargo, cada día acudo al colegio “Malik Mohamed Lamin” donde soy maestra desde hace más de diez años y veo a las nuevas generaciones, mis niños, sus ilusiones, metas y sueños. Rápidamente me viene a la mente aquella niña feliz, más bien tranquila, de carita redonda, morena y pelo lacio. De ojos abiertos oscuros, despierta, atenta. De gesto serio por naturaleza pero con la sonrisa dispuesta en cualquier momento. Tímida. Delgaducha. De manos pequeñas. Y es que estoy segura de que esa niña no se diferencia demasiado de quien soy hoy en día.

No hay día que no rememore esos oscuros días y piense en mi madre, en mi niñez. Y en seguida me doy cuenta de lo inocente que se ve la vida a través de los ojos de un niño, como el caso de los refugiados saharauis de mi generación y, ahora, la de mis hijos. Hace poco leí que ser adulto significa saber en qué momentos puedes ser un niño y en qué momentos no. Y es que yo volvería a ser niña…¡Sin dudarlo!

Ese instante justo en el que hablas de historia, ese mismo hay que cogerlo fuertemente y no dejarlo escapar. Ese momento que hay que compartir con todos los niños. Que sepan de dónde vienen pero, sobre todo, a dónde van. Resistencia, suelen llamarlo por ahí. Yo prefiero hablar de dignidad. Y compartirla. Con ellos, porque es de todos ellos, sin ninguna duda.

Mientras tanto, mi cara dibujaba una tímida sonrisa de satisfacción, de orgullo, percibía todas las cosas que habían cambiado desde entonces. De cómo habíamos cambiado en estos años. Sobre todo nosotros, la generación que hemos nacido en el exilio, que no hemos conocido nuestra tierra. Los hijos de las nubes. Todo igual, pero diferente, desde luego.

Es entonces, cuando te das cuenta de que lo que estás dispuesta a compartir, a enseñar pero, sobre todo, a aprender de todas esas emociones, sentimientos o vivencias de lo más cotidianas que deben contener eso, solo eso, magia. Parece sencillo, aunque en ocasiones no lo es del todo. Quieres despertar “algo” en el que te escucha y ese “algo”, a veces, parece estar más lejos de lo que te gustaría. Porque enseñar puede enseñar cualquiera, aprender puede aprender el que se lo propone. Pero enseñar y a la vez aprender…¡Eso es tan solo de los valientes!.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías:  @westernsahara

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