Echo de menos.

Yo he peleado con cocodrilos
Me he balanceado sobre un hilo cargando más de 500 kilos
Le he dado la vuelta al mundo en menos de un segundo
He cruzado cien laberintos y nunca me confundo
Respiro dentro y fuera del agua como las focas
Soy a prueba de fuego, agarro balas con la boca.

Por ti -Calle 13-

Os pongo un poco en situación, que seguro que me entenderéis:

¿Sabéis esos días en los que el sol entra a altas horas de la mañana por tus ventanas, y que las temperaturas son tan altas que parece y tienes la sensación de estar allí?. Sí. ¡¡Allí mismo, en los campamentos de refugiados saharauis!!. Esos días en los que el verano parece querer quedarse una temporada larga, y ha conquistado las calles.

Pues bien, esos días en los que estás fuera de casa y te asalta la melancolía, la nostalgia, porque si algo odio-quiero-odio-quiero así en ese orden de las redes sociales, es que en días como hoy, se llenan de fotos, videos, y quieres, deseas estar allí, pero no… Esos días te echo de menos, hogar. ¡Mi casa, mi gente, los míos!.

Echo de menos aquellas tardes sin nada que hacer, y que el silencio sea el dueño de todo lo que me pasa por la cabeza. Mirar al cielo, que el sol te dé en la cara, y quedarte así durante un instante para disfrutar de su calor. Con tus amigos riendo y charlando y que lo único que pueda interrumpir ese encuentro sea el Imán llamando a la oración.

Echo de menos encontrármelos a todos, con un té entre las manos, y todo el día por delante para no hacer absolutamente nada más que hablar y hablar. Hasta que nos quedemos en silencio. ¡Y qué narices, eso nunca pasa!.

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Echo de menos esos días en los que te levantas, y apresuras el tiempo para preparar el desayuno, que no es más que un poco de pan, aceite de oliva y sopa “ncha”. Esos días en los que tu única preocupación es la de comer, y si vas a tener un guiso o alubias blancas. En los que no pides nada más que eso, tranquilidad. Y de fondo, esta vez, el sonido de la televisión, una telenovela un tanto absurda pero cómica, que te vale para pasar la tarde en compañía de tus hermanas, primas y amigas. ¡Y sentirte realmente en casa!.

Echo de menos el reflejo en el espejo, con mis amigas buscando un pequeño hueco para darse los últimos retoques. Echo de menos correr hacia “lidara” en un día caluroso, y el sabor de la victoria al lograr repartir la comida antes de que anochezca. Parece mentira, pero no lo es tanto. Y personalmente el día que lo consiga, os prometo que bailaré sin parar.

Echo de menos volver a casa con las bolsas del zoco en la mano, y un camino que parece interminable pero que con buena compañía, no lo es tanto.

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Echo de menos las cenas familiares alrededor de un mantel, sentados en el suelo, en los que dedicas un momento a observar a los demás y sus caras de felicidad conversando con el resto, y te sacan una sonrisa. Y piensas en lo afortunada que eres.

Echo de menos, volver a clase los lunes y cantarle al profesor los “buenos días”, y ahora que lo pienso bien (qué locos estábamos). ¿Qué es eso de cantarle al profesor los buenos días?. Pues sí, señores. Les cantábamos los buenos días, y así comenzaba la jornada y ahora que me dedico a esto, -soy yo la que los canta- y no os imagináis cómo sube la adrenalina.

Echo de menos el silencio. La generosidad de los míos, de compartir lo poco o mucho que tienen. De ofrecer el té, colonia, invitar a comer o a cenar aún sabiendo que tienes prisa, y que es misión casi imposible, pues ellos lo intentan. Y les queda muy, pero que muy bien. Echo de menos la sencillez con la que viven. El despegarme literalmente del reloj, y no saber ni la hora ni el día en el que vivo.

Echo de menos tumbarme en las alfombras de mi madre, apoyar la cabeza en los cojines, y ver cómo pasa el tiempo, como si de un placer se tratase. Y lo es, creedme. Me estaré haciendo mayor, pero confieso que cada vez que voy de visita, me tienen que poner una colchoneta porque lo del suelo y yo cada vez nos llevamos peor.

Echo de menos callejear en mi Daira, saludando a unos y a otros, y percibir que todo sigue igual, que la única que ha cambiado realmente, soy yo.

Echo de menos que mis pies se hundan en la arena, el intentar ponerlos al día de mi día a día, quedándome embobada con todas las novedades que me cuentan acompañándolas con aquéllas misteriosas explicaciones que dan de todo. Ellas, mis hermanos y mis amigos.

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Echo de menos, el saludo de dos horas y la ausencia de despedidas, porque como he dicho por aquí muchas veces: los saharauis saludamos durante dos horas, llegando a preguntar hasta por las cabras, pero nunca nos despedimos. El descalzarme nada más entrar en la jaima. Echo de menos lavarme las manos en el magsel, llenar “Bitaka” de agua y ponerla a la sombra para que mantenga el agua fresquita. (Esto, último que no lo oiga mi madre, que no me reconocería)

Echo de menos eso, pero sobre todo a lo que hace que todo eso merezca la pena, y que allí donde la gente no vive, sobrevive. ¡Mi gente!.

Dicen que hasta que no sales fuera no aprecias del mismo modo tu zona de confort. Puede ser. Cada vez que vuelvo siento que algo ha cambiado. Tal vez la que ha cambiado he sido yo. Qué más da. Pero lo que tengo claro es que mis años allí, con sus momentos buenos y sus malos, no los cambiaría. Espero que algún día te pases e intentes sentarte en las alfombras cruzándote los pies, ya me dirás qué tal la experiencia. Yo no sólo soy de los Campamentos de Refugiados. Soy saharaui, que suena mejor.

Benda Lehbib Lebsir.

Fotografías: Fito Álvarez.

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