Mi primer verano en España.

Y ahora que pequeño sale a caminar,
No necesita depender de los demás.
Mira al frente y saca todo de su piel,
Es su arma, poder mirar ser quién es.

-Pequeño- Dani Martín.

No sé qué tendrán los aeropuertos, pero me chiflan desde que tengo uso de razón. Será por ese ir y venir constante de gente, cargada de maletas y prisas por llegar a donde sea. Será por esos abrazos que parecen no terminar nunca, tanto para los que vienen como para los que se van. Será por esa cara de felicidad que a cualquiera se nos queda cuando llegas y ves que te esperan en la sala de llegadas.

Pero en ocasiones es difícil de entender. Ese cúmulo de emociones. Una mochila llena de consejos. Una lagrima en la mejilla de tu madre mientras te intenta tapar con su melhfa del sol. Un nuevo comienzo, un día cualquiera de junio. De esos de los que a todos nos gusta recordar. Un antes y un después. De pronto, oyes que te toca coger la mochila, siendo la primera vez que te separas de tus padres. De tus gente. Ahora te toca a ti, vuela. Y lo curioso de todo, es que no sabes dónde vas aterrizar. Te llenas de valentía, y para “lante”.

Y, es difícil por supuesto que sí. Pero si me diesen a elegir: volvería mil veces a ese día.

Difícil, como cambiar de país cuando más allá de la barrera del idioma, te vas sin nada y lo dejas todo. O no, según como lo mires. Te vas tú, con tus 7 años, tus dudas y tus inquietudes, pero también con tus ganas de aprender, conocer y de llevarte el punto del partido, pero sobre todo: de disfrutar. Que lo que se queda está ahí, aunque no lo veas a diario, pero seguro que lo sientes en todo momento. Que si es difícil irse, también lo es volver. Créeme.

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Durante ese verano del 2001.  Aprendí un puñado de cosas que desconocía por completo.

Que el cariño, al igual que la felicidad, repartido crece más. Que se siembra primero. Y se recoge después. Que la tierra ayuda mucho a que germine, pero la semilla importa. La dedicación. Y el tiempo, más aún.

Nadar. Una de mis asignaturas aprobada con notables, desde el día que mi padre de acogida se propuso que lo de los manguitos no iban conmigo, e hizo gala de su maestría en la enseñanza, día sí y día también. Me enseñó, a sumergir la cabeza debajo del agua, hacer largos de ida y vuelta, a perder de vista ese miedo de tirarme de cabeza. Y a ganar la batalla a la hidrofobia. Mejor dicho a cogerle cariño al agua. Si lo pienso hoy, no fue para tanto. Pero para mí lo fue. Y desde entonces, es pura adicción.

Pero también tuve miedos. Muchos miedos.

Al dormir sola. Y de aquí un homenaje a mis hermanas y a mi madre, que se quedaban noches y noches esperando a que me durmiera. Que paciencia tuvisteis conmigo, de veras. Cuando venía acostumbrada a dormir toda la familia juntos a tener mi propia habitación. ¡qué diferente todo y que enriquecedor a la vez!

A las alturas. Mirar por la ventana. Subirme en el ascensor, aunque este último cobró más importancia cuando me di cuenta que subir las escaleras costaba hacer más esfuerzo aún. Y ahí que subía y bajaba al día unas 20 veces sin exagerar. A los perros. Y a mi juicio diré que este miedo tiene su justificación… etc.

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Anécdotas varias que cuento ahora que todo ha pasado y de las que me río a carcajada limpia. Y las hay peores, pero me las guardo. Un poco de dignidad y seriedad, nunca está demás, aunque sigo siendo la misma caótica, despistada, que hace 19 años.

Y luego están las despedidas…

Cuestan. Y duelen. Podemos intentar camuflar nuestra pena bajo entusiastas y falsas sonrisas, bajo nuestros mejores deseos y palmaditas en la espalda. Podemos acompañarlas de palabras tranquilizadoras y de “todo irá bien”, que es lo primero que a todos nos sale. Que nadie se lo cree, no nos engañemos. Pero no vamos a decir lo contrario, ¿verdad?

Despedidas que a nadie nos gustan y se nos hacen muy cuesta arriba. Es fingir estar bien, cuando por dentro naufragas como el Titanic, a toda velocidad. Aunque hay ocasiones en que son necesarias, que también las hay. Y otras que son simplemente irremediables, llegan de pronto y toca asumirlas. Como la lluvia o como la declaración de la renta. Pero eso es otro tema.

En silencio, los aeropuertos son testigos de los más emocionantes reencuentros entre familiares que vuelven a casa, no sólo en Navidad. O de parejas que se funden en un conglomerado de besos y abrazos tras un tiempo de forzosa separación.

¡Que no todo son despedidas, porque un hola en un lugar, es un hasta pronto en otro!  

Benda Lehbib Lebsir

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